LA
ESCALERA
Llegas al último
escalón.
Por unas cuantas horas te has creído
que subías, y alcanzabas la luz
que al otro lado de la puerta
rompe la frialdad de la noche,
de la inacabable quietud.
Ahora estás arriba.
La mano se detiene. Hay cerradura.
Miras atrás y ves los cientos de
escalones
gastados por tus pies,
borrosos por la fuerza de tus pies,
que bajan, se precipitan indecisos
hasta hacerse indistinguibles.
Miras alrededor, como al
azar,
buscando a alguien ante un súbito
frío.
Y no sabes bien a quién;
y tampoco preguntas.
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