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EUGENIO FLORIT
(1903-1999)
Habiendo
nacido en España y residente y ciudadano
estadounidense la mayor parte de su vida,
es sin embargo uno de los mejores poetas
cubanos, a cuya nacionalidad nunca renunció
su poesía. Se le ha señalado
como un representante cabal del intimismo
de la dirección de la llamada "poesía
pura", durante algunos años
bajo influjos de Juan Ramón Jiménez,
quien subrayó la calidad del poema
"Martirio de San
Sebastián", uno de los más
bellos de la poesía de Cuba. El riguroso
cuidado de las formas clásicas se
advierte en su soneto "A mi mano".
Es uno de los principales precursores de
la corriente coloquialista de la poesía
cubana, con "Asonante final" y
sobre todo con su poema "Conversación
a mi padre".
Obra referencial: Florit, Eugenio: Obras
completas, 3 tomos, Lincoln, N. E.,
University of Nebraska / Society of Spanish
and Spanish (American Studies, 1982 y 1985).
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MARTIRIO
DE SAN SEBASTIÁN
Sí, venid a mis brazos,
palomitas de hierro;
palomitas de hierro, a mi vientre desnudo.
Qué dolor de caricias agudas.
Sí, venid a morderme la sangre,
a este pecho, a estas piernas, a la ardiente
mejilla.
Venid, que ya os recibe el alma entre
los labios.
Sí, para que tengáis nido
de carne
y semillas de huesos ateridos;
para que hundáis el pico rojo
en el haz de mis músculos.
Venid a mis ojos, que puedan ver la luz;
a mis manos, que toquen forma imperecedera;
a mis oídos, que se abran a las
aéreas músicas;
a mi boca, que guste las mieles infinitas;
a mi nariz, para el perfume de las eternas
rosas.
Venid, sí, duros ángeles
de fuego,
pequeños querubines de alas tensas.
Sí, venid a soltarme las amarras
para lanzarme al viaje sin orillas.
¡Ay! Qué acero feliz, qué
piadoso martirio.
¡Ay! Punta de coral, águila,
lirio
de estremecidos pétalos. Sí.
Tengo
para vosotras, flechas, el corazón
ardiente,
pulso de anhelo, sienes indefensas.
Venid, que está mi frente
ya limpia de metal para vuestra caricia.
Ya, ¡qué río de tibias
agujas celestiales!
¡Qué nieves me deslumbran
el espíritu!
¡Venid! ¡Una tan sólo
de vosotras, palomas,
para que anide dentro de mi pecho
y me atraviese el alma con sus alas!
¡Señor, ya voy, por cauce
de saetas!
Sólo una más, y quedaré
dormido.
Este largo morir despedazado
cómo me ausenta del dolor. Ya apenas
el pico de estos buitres me lo siento.
¡Qué poco falta ya, Señor,
para mirarte!
¡Y miraré con ojos que vencieron
las flechas;
y escucharé tu voz con oídos
eternos,
y al olor de tus rosas me estaré
como en éxtasis,
y tocaré con manos que nutrieron
estas fieras palomas,
y gustaré tus mieles con los labios
del alma!
Ya voy, Señor, ¡Ay! Qué
sueño de soles,
qué camino de estrellas en mi sueño
Ya sé que llega mi última
paloma
¡Ay! ¡Ya está bien,
Señor, que te la llevo
hundida en un rincón de las entrañas!
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