TRENINO
Trenino, hijo mío,
mi perro:
quisiera tener tu corazón
tanto como quisiera tu cerebro;
un corazón humilde y un cerebro
sencillo
que llevar dentro del cuerpo.
Y un cuerpo como el cuerpo tuyo: fuerte,
ágil, rudo a la vez ¡eso
yo quiero!
Odio el hablar, que es privilegio triste,
prefiero tu ladrido: es más sincero
y más noble y más claro
que la inútil palabra
con que hablo y con que pienso.
La burra de Balaam quedó asombrada
al hablar y aunque fue sin entenderlo
con la palabra le brotó una lágrima
que hocico abajo le rodó hasta
el suelo.
Trenino, mi perro, mi hijo:
tú eres el mundo todo entero
puesto que eres inocente y fuerte
como el mundo en que creo.
Como el mundo que Adán no hubo
manchado
con el pecado y con el sufrimiento.
Para ti Dios lo sabe
son inútiles
el Infierno y el Cielo.
Por eso cuando mueras es posible
que te tome en sus manos un momento
y quede pensativo
¡Sin saber
cuál es tu sitio en todo el Universo!
1936
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