PÁGINAS DE
VIDA
En la popa desierta del
viejo barco
Cubierto por un toldo de frías
brumas,
Mirando cada mástil doblarse en
arco,
Oyendo los fragores de las espumas;
Mientras daba la nave, tumbo
tras tumbo,
Encima de las ondas alborotadas,
Cual si ansiosa estuviera de emprender
rumbo
Hacia remotas aguas nunca surcadas;
Sintiendo ya el delirio
de los alcohólicos,
En que ahogaba su llanto de despedida,
Narrábame, en los tonos más
melancólicos,
Las páginas secretas de nuestra
vida.
***
Yo soy como esas plantas que ignota
mano
Siembra un día en el surco por
donde marcha,
Ya para que la anime luz de verano,
Ya para que la hiele frío de escarcha.
Llevado por el soplo del
torbellino,
Que cada día a extraño suelo
me arroja,
Entre las rudas zarzas de mi camino,
Si no dejo un capullo, dejo una hoja.
Mas como nada espero lograr
del hombre,
Y en la bondad divina mi ser confía,
Aunque llevo en el alma penas sin nombre
No siento la nostalgia de la alegría.
¡Ignea columna sigue
mi paso cierto!
¡Salvadora creencia mi ánimo
salva!
Yo sé que tras las olas me aguarda
el puerto
Yo sé que tras la noche surgirá
el alba.
Tú, en cambio, que
doliente mi voz escuchas,
Sólo el hastío llevas dentro
del alma;
Juzgándote vencido, por nada luchas,
Y de ti se desprende siniestra calma.
Tienes en tu conciencia
sinuosidades
Donde se extraviaría mi pensamiento,
Como al surcar del éter las soledades
El águila en las nubes del firmamento.
Sé que ves en el
mundo cosas pequeñas
Y que por algo grande siempre suspiras;
Mas no hay nada tan bello como lo sueñas,
Ni es la vida tan triste como la miras.
Si hubiéramos más
tiempo juntos vivido
No nos fuera la ausencia tan dolorosa.
¡Tú cultivas tus males, yo
el mío olvido!
¡Tú lo ves todo en negro,
yo todo en rosa!
Quisiera estar contigo largos
instantes,
Pero a tu ardiente súplica ceder
no puedo:
¡Hasta tus verdes ojos relampagueantes,
Si me inspiran cariño, me infunden
miedo!
***
Genio errante, vagando de clima en clima,
Sigue el rastro fulgente de un espejismo,
Con el ansia de alzarse siempre a la cima,
Mas también con el vértigo
que da el abismo.
Cada vez que en él
pienso la calma pierdo,
Palidecen los tintes de mi semblante,
Y en mi alma se arraiga su fiel recuerdo
Como en fosa sombría cardo punzante.
Doblegado en la tierra,
luego de hinojos,
Miro cuanto a mi lado gozoso existe;
Y pregunto, con lágrimas en los
ojos,
¿Por qué has hecho, ¡oh,
Dios mío!, mi alma tan triste?
