CURA DE CABALLO
Para que salga de su melancolía
el animal,
se le baña con ensañamiento
desde los belfos a la luna casi llena
de los cascos.
Las ramazones, los guijarros
trazaron cangilones desiguales
en el trapecio, la grupa, las coronas
y en ellos entró con rapidez el
fuete.
Para el despeje de los agrios olores del
monte,
se le baña de norte a sur y se
le aplica el fuego en sus dolores.
Es una ciencia aguda, una cura bárbara
que despliega una herida grande sobre
las muchas heridas imprevistas.
Sus ojos de gente en agonía ven
llover los ásperos remedios.
Para salvar al animal, para que vuelva
entero a los peligros,
de nuevo a los arroyos, de nuevo a la
rosa de los vientos.
Para que monte en pelo la aventura en
su lomo, para que no haya lejanías
más duras que sus ancas.
La cura es un dolor desnudo
y es un rayo
que alza en dos patas la bestia y le hace
morder y cargar contra el viento.
La cura pone su galope en el vacío
y una creciente espuma tibia en sus ollares.
Para que se enderece el
animal,
para que brillen sus ijares y vuelva entero
a los caminos.
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