ISLAS
Me convertiré en isla, isla
como suelen ser todas las islas.
Virgilio Piñera
El horizonte es una navaja y nadie ha
de escapar entonces
de la herida, de su fuego redondo que
nos muerde el costado.
Nadie ha de dudar que la vigilia, el miedo
y la ciudad,
nos van volviendo islas con sus tardes
de otoño, acorralándonos;
con sus acantilados y sus mordazas de
humo premeditadas,
necesarias al salir de las casas
y recorrer el viejo paisaje, los hierros
retorcidos,
el mínimo espacio de la muerte.
Nadie ha de dudar entonces
que estoy muerto.
que morí de silencios ante el mismo
muro frío
que otros se negaron a creer. Morí
ante el mismo disparo
como un pájaro de hielo comiendo
de la fruta,
del rojo corazón que con astucia
el francotirador fue madurando.
Nadie ha de dudar que en
la muerte uno también se queda
al descubierto. En una isla un hombre
es un puñado de tierra
que no alcanza para sembrar sus ojos dispersos
entre los dienteperros.
En este mismo instante yo me convierto
en isla,
estático y nervioso como suelen
ser todas las islas.
La sal irá borrando mi nombre,
mi sexo,
las líneas de mi mano y puede que
hasta mi voz
Se acostumbre a ser noche entre las pocas
tablas de la muerte.
Me entregaré a ese mar desconocido
que envuelve a toda isla
empujándola un poco más
allá de sus mentiras.
Me quedaré sin lámpara,
sin pájaros, sin huesos.
Sólo tendré la fiebre que
me impone el silencio
y el pecho oscuro redoblando como un tambor
bajo la blanca y movediza arena de mis
manos.
El horizonte es una navaja.
Girando sobre él, descubro
que también yo pude ser el fusilado,
la piedra del ejemplo,
la roldana del pozo, el cubo que te lanzan
contra la superficie.
No tengo otra salida que apacentar mis
bestias al sol del mediodía,
guardar las más íntimas
sombras de mi espejo
en el mimetismo de las olas, irme volviendo
isla
mientras llueve mi muerte.
Ser una isla es ser un hombre
que se encierra en su cuerpo para escuchar
el canto subterráneo
de los peces. Un hombre que acomoda el
silencio
entre sus heridas.
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