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RAFAEL
ALCIDES PÉREZ
(1933)
Comienza
a publicar su poesía tras el triunfo
de la Revolución, y en seguida
se incorpora al coloquialismo, al que
añade una peculiar manera expresiva
entre emotiva y elegíaca. Se ha
mantenido fiel a esta línea, incursionando
en temas sobre todo autobiográficos.
A veces gusta de la poesía ingeniosa,
como en "La doble imagen", "La
cita del señor" o "La
nariz", pero su tono central está
en "Agradecido como un perro",
en el que lo emotivo, sentimental, trae
reminiscencia del neorromanticismo. Alcides
tiene un trasfondo afín con la
expresión de tragedias familiares
o sociales, como testimonian sus poemas
"La bayamesa desconocida" y
"La liquidación del siglo",
respectivamente. Es asimismo un notable
narrador.
Obra referencial: Alcides Pérez,
Rafael: Nadie, Editorial Letras
Cubanas, La Habana, 1993.
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LA
CITA DEL SEÑOR
Un señor que va a
morir esta tarde
a las 4 y 53 minutos cuando se cayó
el ascensor
del edificio donde reside su cuñada
Emérita Rondón viuda
de Arteaga, miope, costurera de oficio,
se ha detenido con su paraguas
al pasar bajo la sombra de un árbol
junto al muro de la acera.
¿Intuición? ¿Presentimiento?
¿Una especie
de revelación? ¿Se quedará
allí
un minuto más de los debido
hasta ponerse fuera de peligro?
Me inclino a creer que no. La sombra pasa,
el reloj apura y al señor apenas
le quedan en este instante
los catorce minutos justos, imprescindibles,
para, tomando un taxi, llegar en punto
al ascensor. Y
de todos modos, dentro de dos minutos,
a las 4 y 39
con cincuenta y dos segundos (GMT) un
ómnibus de la ruta 27
se proyectará contra ese propio
árbol de la meditación del
señor,
causando la muerte a un menor con un aro
que pasaba por allí sin ninguna
razón
y se detuvo a contemplar un paraguas olvidado
junto al muro,
no mencionándose en los periódicos
de la mañana
al reseñar el accidente, ningún
otro hecho de importancia,
ni testigos junto al árbol que
presenciaran el siniestro.
Sorprende que entretenido en disfrutar
de su sombra
el señor (ya de cierta edad) no
parece tener apuro. Incluso
acaba de determinar tomarse una cerveza
al pasar por la taberna de 16 y 23.
Sin embargo,
¡cosa extraña en estos tiempos!,
ahí está un taxi de repente
frenando con estrépito. Y más
extraño aún,
el hombre del taxi (cuyo rostro no se
divisa bien)
se ha desmontado con una gorra de almirante
en la mano,
y abriendo la portezuela cortésmente
lo invita a subir.
Aunque el señor, como se dijo,
le sobra el tiempo
y ha visto llegar el taxi como en un sueño
mientras pensaba con deleite en su cerveza,
distraído consulta la hora:
"¡Dios mío (se sorprende)
las y 39!"
y apresurado y misterioso,
como quien de repente recuerda algo,
olvidando su paraguas
entra el señor definitivo en el
taxi
con una sonrisa muy blanca.
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