A
MIS HUESOS
Dislocados, sin rumbo ni
destino,
rotos de acá hasta allí,
de sur a norte,
dejando el cuerpo inútil -sin soporte-
negándome el andar y hasta el camino.
Así vino a mis huesos,
así vino
este ser y no ser cruz o resorte,
esta inmovilidad, este mal porte,
este confiar en yesos y platino.
Solícita la muerte,
vigilante,
anduvo tras de mi hasta mi caída.
Me acompañó -solícita
y amante-
En los amargos días
y en la calma
del Hospital... Mas regresé a la
vida
con terquedad de sol o agreste palma.

|