YUAN PEI FU DESPIDE
A SU DISCÍPULO
Cuando un pájaro
está a punto de morir,
sus notas son tristes; cuando un hombre
está
a punto de morir, sus palabras son buenas
De los diálogos del Lun Yu
¡Oh discípulo,
por vez postrera alcánzame la pipa!
No la de jade;
Aquella amarillenta de suave marfil viejo.
La que junto conmigo en lejanas mañanas
escuchara el gorjear de las aves cantoras;
la que vio florecer cien veces mi ciruelo;
la que te vio crecer como un arbusto tierno,
la pupila asombrada
y el alma ingenua, simple, como un libro
de cuentos
¡Oh, discípulo,
por la vez última, alimenta mi
pipa!
Como claro arroyuelo tu niñez yo
vi alegre
saltar entre las piedras.
Todo cantar te hacía:
la luz, la lluvia, el aire, las viejas
porcelanas,
las linternas, la música, los perros
de ojos tristes,
el vuelo de los pájaros por sobre
los pinares,
el color y el perfume en flor de los duraznos,
el andar y el gozoso reír de las
muchachas
¡Ah, discípulo,
por la vez última alcánzame
la pipa!
No la de plata;
aquella, la que guarda color y olor de
tierra
y sabor más amargo;
la que siempre conmigo junto a la lamparilla
vio pasar hombres, días, como volutas
vanas;
la que me vio aspirar en prisas impacientes
los afanes más puros;
la que engañosa me hizo ver fulgores
de auroras
donde tan sólo había gris
opaco de humo.
Deja ahora, hijo mío,
que acaricie tu frente.
Has crecido, has amado, has soñado
y vivido;
mas tu fruto de vida es todavía
amargo:
porque el fruto más dulce no ha
de ser árbol joven
sino aquel que rugoso ya ha florecido
en años.
Pero en tanto, oh discípulo,
goza del sol, del mar, del aire y de la
tierra:
ámalo todo y nada odies, nada te
asombre,
que en toda dicha hay pena,
que en toda risa hay lágrimas,
y en todo lo creado, junto a la gris arcilla
hay también lo divino.
Y nada contra el cielo tu
mano nunca arroje.
Nada tanto te inquiete que tu paz dulce
amargue:
corrí, llamé, busqué,
sueños forjé, grandezas
Mas desnudo cual vine la gran sombra me
espera.
Mientras más logra el hombre más
parco se hace en dones:
nunca más rico se es que pobre
de riquezas
Y sé humilde, hijo
mío, sin inútil orgullo;
la humildad da la dicha.
Sé como esas piedras de los ríos
que cantan al saltar en la corriente,
pulidas, lisas, llanas
de tanto naufragar, rodando siempre.
Y si barrera alta tu camino
detiene,
nada intentes forzar, bordea la muralla;
nada derriba el hombre que después
no levanta.
Y no preguntes, nada interrogues, discípulo;
nada responde a nada.
Prudente en las palabras
y cauto en la conducta,
cual pez de muchos mares
bajo aguas diversas procura ser distinto;
mas vario, multiforme, sé uno en
la existencia:
todo cambia en lo externo, no en su naturaleza.
Hoy despiertan tu mente
tempestades de llamas
-monzones de palabra que ruedan por los
días-,
yo también, hijo mío, rodé
con la tormenta;
y almas extrañas vi, conocí
cielo y tierra
como la mar sus perlas, vivir me dio experiencias,
y rico en dones ácidos encontré
mi ciruelo
Mas el fruto maduro de la
sabiduría
no es el que milagroso en huerto ajeno
alcanzas,
sino aquel que en dolor del propio vivir
nace.
Aunque un día sabrás que
nunca nada sabes.
¡Ah discípulo,
por vez postrera alcánzame la pipa!
Deja ahora por último
que apure aquella leve
de espuma y luz de ensueños.
Y escúchame, discípulo:
si un alba clara y limpia ve un día
tu mirada,
salúdala con júbilo y ama
esa hermosa aurora.
Tal vez si hay sueños ciertos
¡O quizá qué milagro
puede hacer la esperanza!
¡Ah discípulo.
Por la vez última alimenta mi pipa!
Ahora dame esa caña
quemada por los años,
la que ya sólo tiene sabor leve
a ceniza;
la que más sol ha visto morir tras
la colina,
y bajo el cielo ancho
vio perderse en el viento como nubes fugaces
el río de los hombres y los días
estrechos.
Con ella en paz serena
mis ancianas pupilas seguirán tu
partida;
aunque lejos estés te verán
cerca siempre.
Y cuando helado el viento tu tumulto ya
apague
y en tierra ingrata, estéril, secos
rueden tus sueños,
contigo llorarán sus lágrimas
más íntimas
Pero si en un prodigio cantando
tú regresas
se alegrarán al verte, y de nuevo
contigo
el vuelo de los pájaros verán
en los pinares
en las tardes de oro, cuando cantan los
sauces.
El vino estará fresco debajo del
ciruelo,
perfumado de rosas y flores de cerezo.
¡Oh discípulo, todo, todo
será lo mismo!
Mas si acaso ese día
no respondo, discípulo, a tu dulce
llamado,
es que el sueño infinito llegó
sobre mis párpados
Entonces, hijo mío, sin lágrimas
estériles,
con manos amorosas búscame tierra
leve,
de verdes hierbas cúbreme y déjame
que duerma.
Pero nunca tan hondo que
en esa paz no escuche
el vuelo de las aves,
una canción que sueñe.
Reír la primavera,
llorar el triste invierno y el afán
de los hombres.
¡Porque en todo estaré despierto
eternamente;
porque todo aún lo amo!
¡Ay, discípulo,
no obstante sus tristezas, vivir, vivir
es dulce!
No hay, como la muerte, un pesar más
amargo.
Ah, discípulo amado, humano he
sido.
Más que otro mortal, hijo mío,
a mí ámame;
mas no pienses que he sido ni mejor ni
más alto:
hecho de arcilla y luz tuve también
flaquezas,
y como humano supe de virtud y pecado.
Mis pupilas se apagan.
Mi mano apenas puede sostener ya la pipa.
Calienta en esa llama
esta postrera gota que por mi barba corre
¡Ay!, recuerda y ámame, amoroso
discípulo!
En tu memoria guárdame,
cuando leve del agua, de la tierra y del
fuego,
cual la mies a la siega ya estén
tus largos años;
cuando ya no te turben tumultos de palabras,
ni las voces del viento,
ni un rumor de hojarascas
Anda, anda ya, hijo mío.
Levanta, vive, sueña, niega, afirma,
destruye.
Y cuando de tus fiebres adiós,
fe, ni amor queden,
al ciruelo regresa.
Aquí estaré esperándote,
debajo de sus ramas,
en la sombra sin sombra del camino más
largo
¡Oh discípulo,
baja ya esa esterilla, y parte
!