VIOLET ISLAND
Yo conocí a cierto
hombre, un hombre extraño.
cuidaba cada día y cada noche la
luz de su faro,
un faro en la medianía que no indicaba
mucho,
un faro pequeño para embarcaciones
de poco nivel
y oscuros pueblos de pescadores. allí,
en su isla
él intercambiaba con su faro las
sensaciones
esperando cada día, cada noche,
esa otra luz
que no vigila la persecusión de
algún objeto,
esa otra luz que no ilumina nada,
otra luz reflexiva, que cruza hacia adentro,
la distancia entre el puerto seguro del
sitio
y el ojo que mira volver, por encima y
transparente,
la ilusión provisional que se eterniza:
esa curva del ser tendido junto al faro
sin precaución ni límite,
para ser o tener
lo que imperfectamente somos, nada más,
que soñar lo que sueñe y
estar donde está
sobre las quietas aguas y apagarlo todo
en el cuadro
de un día y ser nuevo otra vez
hacia la madrugada
junto al faro pequeño y perdido
de Aspinwoll,
sin siquiera imaginar que existe algún
deseo
fuera de desear la breve luz que cae,
anocheciendo,
sobre las quietas aguas y los sonidos
muertos ya
de aquellas olas, que en otro tiempo,
fueron su pasión;
su dolor, de gozar y sufrir, un refugio
sincero.
como el guardafaros de Aspinwoll, sólo
en su faro,
yo me quedo dormida, a pesar de la intensa
luz que cae
y sobresale por encima del tiempo, a pesar
de la lluvia
golpeando el espejo de los peces blancos,
a pesar de aquella luz espiritual que
era su alma,
yo me quedé dormida entre el puerto
y la luz,
sin comprender: quería, sólo
quería un tiempo más
para volver aprendiendo, no sobre la resaca
de la conmiseración
donde atan su mástil los desesperados;
no la fortuna auténtica de vivir
sin saber, sin darse cuenta;
no la luz provisional que se eterniza
y finge lo que seremos
o el miedo de poseer la realidad opaca,
intrascendente.
yo quería la vida sólo por
el placer de morir, sobre las quietas
aguas,
junto a los peces blancos y estaba impaciente
porque sucediera todavía la reedición
de mi inconsciente
para que alguien hallara allí lo
no tocado, la otra voz,
no de este ser intermediario, un cuerpo
para medir las grietas
bajas; un cuerpo para la violación
de un yo impracticable:
yo me quedé dormida, inconsecuente,
en la imaginación
de ese otro en la distancia, suficientemente
avanzada
para tener iluminación propia en
Aspinwoll, pero fracasada
también, oscurecida, como el guardafaros
sobre las quietas aguas
de lo que imperfectamente somos, en la
medianía
de un faro que no indicaba mucho, a través
de la lluvia cálida y real de lo
imposible.
soy Fela, no te conozco.
este cuerpo con que vendré no es
mío
la aparición será otra cosa:
como despeñarse, una avería,
un silencio.
y si pierdo? o si gano? o si atravieso
el foso vertical?
me acerco a los animales
como únicos sobrevivientes
maravillados con el ocio de la luz
y estos pastos vacíos que atravieso
con horror
y llamándolos, me acerco, a dónde
van, a dónde van todos?
buscando donde asir lo que hubo de cierto
y sin espejismos del desastre de ser como
únicos sobrevivientes
del faro en su vértigo tal vez
los haga comprender mi intención
de contar todavía alguna sombra,
alguna luz.
no quiero domesticar a nadie más.
que ellos penetren con su sabiduría
en mis voces
y se acerquen sin ser, sin pedir, sin
darse cuenta
pero conociendo desde el doblado ojo enrojecido,
otro lenguaje,
otra profundidad que no marque lo seguro,
ningún término,
ninguna valentía, sólo estar
donde estamos y posarnos
como inteligencias diferentes en la sensación,
prestándonos
dolor, angustia, alguna llama estable.
y ahora dime
gime
al oído
fue una ciudad con puerto.
los nombres de sus barcos profundos
anclaron alguna vez aquí.
nombres raros con esmaltes muy fuertes
y encendidos.
estábamos rodeados de horizontes
y de agua,
porque los puertos permiten olvidar y
recibir
olvidar y volver.
fue una ciudad con puerto
donde ya no se ha ido ni ha vuelto nadie
más.
una niebla permanente cubre la tela del
fondo
todavía azul y humedecida del invierno
y el descolorido ondear de las banderas
agujereadas por las sombra.
si bien antes fue un límite
cuando salías a mirarlo y correr
ahora es sólo la apariencia de
un límite
el sonido de las sirenas muertas
que ya no suenan a través de ti
ni se confunden ni te llaman.
pero en dónde está el puerto?
¿y los barcos?
¿y el faro?
¿y los hombros de los marineros
convidándote
a otros puertos oscuros?