¿Y
FERNÁNDEZ?
A los otros Karamazof
Ahora entra aquí él, para
mi propia sorpresa.
Yo fui su hijo preferido, y estoy seguro
de que mis hermanos.
Que saben que fue así, no tomarán
a mal que yo lo afirme.
De todas maneras, su preferencia fue por
lo menos equitativa.
A Manolo, de niño, le dijo, señalándome
a mí
(Me parece ver la mesa de mármol
del café. Los Castellanos
Donde estábamos sentados, y las
sillas de madera oscura,
Y el bar al fondo, con el gran espejo,
y el botellerío.
Como ahora. sólo encuentro de tiempo
en tiempo en películas viejas):
"Tu hermano saca las mejores notas,
pero el más inteligente eres tú."
Después, tiempo después,
le dijo, siempre señalándome
a mí:
"Tu hermano escribe las poesías,
pero tú eres el poeta."
En ambos casos tenía razón,
desde luego,
Pero qué manera tan rara de preferir.
No lo mató el hígado
(había bebido tanto: pero fue su
hermano
Pedro quien enfermó del hígado),
Sino el pulmón, donde el cáncer
le creció dicen que por haber fumado
sin
reposo.
Y la verdad es que apenas puedo recordarlo
sin un cigarro en los dedos que se le
volvieron amarillentos,
Los largos dedos en la mano que ahora
es la mano mía.
Incluso en el hospital, moribundo, rogaba
que le encendieran un cigarro.
Sólo un momento. Sólo por
un momento.
Y se lo encendíamos. Ya daba igual.
Su principal amante tenía
nombre de heroína shakesperiana,
Aquel nombre que no se podía pronunciar
en mi casa.
Pero ahí terminaba (según
creo) el parentesco con el Bardo.
En cualquier caso, su verdadera mujer
(no su esposa, ni desde luego su señora)
Fue mi madre. Cuando ella salió
de la anestesia, después de la
operación de la que moriría,
No era él, sino yo quien estaba
a su lado.
Pero ella, apenas abrió los ojos,
preguntó con la lengua pastosa:
"¿Y Fernández?"
Ya no recuerdo qué le dije. Fui
al teléfono más próximo
y lo llamé.
Él, que había tenido valor
para todo, no lo tuvo para separarse de
ella ni para esperar a que se terminara
aquella operación.
Estaba en la casa, solo, seguramente dando
esos largos paseos de una punta a otra
Que yo me conozco bien, porque yo los
doy; seguramente Buscando
Con mano temblorosa algo de beber, registrando
A ver si daba con la pequeña pistola
de cachas de nácar que
mamá le escondió, y de todas
maneras
Nunca la hubiera usado para eso.
Le dije que mamá había salido
bien, que había preguntado por
él, que viniera.
Llegó azorado, rápido y
despacio. Todavía era mi padre,
pero al mismo tiempo
Ya se había ido convirtiendo en
mi hijo.
Mamá murió poco después,
la valiente heroína.
Y él comenzó a morirse como
el personaje shakesperíano que
sí fue.
Como un raro, un viejo, un conmovedor
Romeo de provincia
(Pero también Romeo fue un provinciano).
Para aquel trueno, toda la vida perdió
sentido. Su novia
De la casa de huéspedes ya no existía,
aquella trigueñita
A la que asustaba caminando por el alero
cuando el ciclón del 26;
La muchacha con la que pasó la
luna de miel en un hotelito de Belascoaín,
Y ella tembló y lo besó
y le dio hijos
Sin perder el pudor del primer día;
Con la que se les murió el mayor
de ellos, "el niño" para
siempre,
Cuando la huelga de médicos del
34;
La que estudió con él las
oposiciones, y cuyo cabello negrísimo
se cubrió de canas,
Pero no el corazón, que se encendía
contra las injusticias,
Contra Machado, contra Batista; la que
saludó la Revolución
Con ojos encendidos y puros, y bajó
a la tierra
Envuelta en la bandera cubana de su escuelita
del Cerro, la
escuelita pública de hembras
Pareja a la de varones en la que su hermano
Alfonso era
condiscípulo de Rubén Martínez
Villena;
La que no fumaba ni bebía ni era
glamorosa ni parecía una estrella
de cine,
Porque era una estrella de verdad;
La que, mientras lavaba en el lavadero
de piedra,
Hacía una enorme espuma, y poemas
y canciones que improvisaba
Llenando a sus hijos de una rara mezcla
de admiración y de orgullo, y también
de vergüenza,
Porque las demás mamás que
ellos conocían no eran así
(Ellos ignoraban aún que toda madre
es como ninguna, que toda madre,
Según dijo Martí, debiera
llamarse maravilla).
Y aquel trueno empezó a apagarse
como una vela.
Se quedaba sentado en la sala de la casa
que se había vuelto enorme.
Las jaulas de pájaros estaban vacías.
Las matas del patio se fueron secando.
Los periódicos y las revistas se
amontonaban. Los libros se quedaban sin
leer.
A veces hablaba con nosotros, sus hijos,
Y nos contaba algo de sus modestas aventuras,
Como si no fuéramos sus hijos,
sino esos amigotes suyos
Que ya no existían, y con quienes
se reunía a beber, a conspirar,
a recitar,
En cafés y bares que ya no existían
tampoco.
En vísperas de su
muerte, leí al fin El Conde de
Montecristo, junto al mar,
Y pensaba que lo leía con los ojos
de él,
En el comedor del sombrío colegio
de curas
Donde consumió su infancia de huérfano,
sin más alegría
Que leer libros como ése, que tanto
me comentó.
Así quiso ser él fuera del
cautiverio: justiciero (más que
vengativo) y gallardo.
Con algunas riquezas (que no tuvo, porque
fue honrado como un rayo de sol,
E incluso se hizo famoso porque renunció
una vez a un cargo
cuando supo que había que robar
en él).
Con algunos amores (que sí tuvo,
afortunadamente, aunque no siempre le
resultaran bien al fin),
Rebelde, pintoresco y retórico
como el conde, o quizás mejor
Como un mosquetero. No sé. Vivió
la literatura, como vivió las ideas,
las palabras,
Con una autenticidad que sobrecoge.
Y fue valiente, muy valiente, frente a
policías y ladrones,
Frente a hipócritas y falsarios
y asesinos.
Casi en las últimas horas, me pidió
que le secase el sudor de la cara.
Tome la toalla y lo hice, pero entonces
vi
Que le estaba sedando las lágrimas.
Él no me dijo nada.
Tenía un dolor insoportable y se
estaba muriendo. Pero el conde
Sólo me pidió, gallardo
mosquetero de ochenta o noventa libras,
Que por favor le secase el sudor de la
cara.