VIDA DE FLORA
Tu tenías grandes
pies y un tacón jorobado.
Ponte la flor. Espérame, que vamos
juntos de viaje.
Tú tenías
grandes pies. ¡Qué tristeza
en el aire!
¿Quién se mordía
la cola? ¿Quién cantaba
ese aire?
Tú tenías
grandes pies, mi amiga en seco parada.
Una gran luz te brotaba. De los pies,
digo, te brotaba,
y sin que nadie lo supiera
te fue sorbiendo la nada.
Un gran ruido se sentía en tu cuarto.
¿A Flora, qué le pasa?
Nada, que sus grandes pies
ocupan todo el espacio.
Sí, tú tenías, tenías
la imponderable amargura de un zapato.
Ibas y venías entre
dos calientes planchas:
Flora, mucho cuidado, que tus pies son
muy grandes
y la peletería te
contrata para exhibir sus hormas gigantes.
Flora, cuántas veces
recorrías el barrio
pidiendo un poco de aceite y el brillo
de la luna te encantaba.
De pronto subían
tus dos monstruos a la cama,
tus monstruos horrorizados por una cucaracha.
Flora, tus medias rojas
cuelgan como lenguas de ahorcados.
¿En qué pies poner estas
huérfanas? ¿Adónde
tus últimos zapatos?
Oye, Flora: tus pies no
caben en el río que te ha de conducir
a la nada;
al país en que no hay grandes pies
ni pequeñas manos ni ahorcados.
Tú querías que te tocaran
el tambor para que las aves bajaran.
las aves cantando entre tus dedos mientras
el tambor repicaba.
Un aire feroz ondulando
por la rigidez de tus plantas,
todo eso que tú pensabas cuando
la plancha te doblegaba.
Flora, te voy a acompañar
hasta tu última morada.
Tú tenías grandes pies y
un tacón jorobado.
1944.