ESTATUAS
DE SAL
A Pablo Armando Fernández
No se puede volver atrás, dices
y avanzas a ciegas
entre el polvo de la soledad y sus cuervos.
No debemos mirar sobre el
hombro:
podemos convertirnos en estatuas de sal
o yacentes figuras de barro.
La casa ya se deshace y
las paredes caen
con el estrépito de los años
como palomas suicidas en su último
vuelo.
Los grandes puertos no conducen
a ninguna ciudad dorada.
Aquellos puentes fueron destruidos
por la marisma del olvido
y el miedo.
Qué trenes parten vacíos
hacia el centro de la noche.
Todos íbamos a ser
reyes, mandatarios
ilustres, grandes hombres
Qué poco quedó de esos fuegos
fatuos,
qué verdades nos plantó
la vida de pronto
en medio de tantos fulgores.
Hoy tocamos desde aquí
el pecho del mundo
y el globo es mucho menos azul, casi gris,
desde el sepia de la nostalgia.
1987.
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