Guillermo Rodríguez Rivera
(Santiago de Cuba, 1943)

Receta de amor

Tómese un par de corazones,
2 corazones grandes y completos.
2 corazones donde quepan la ternura, la cólera,
la alegría, el dolor, el error,
la pasión más absolutamente desmedida
y todo el desconcierto.
(Parecerá, a primera vista, que se podría prescindir
de algunos de los ingredientes; pero una vez que se
pruebe
el resultado, se advertirá que no hay nada superfluo.)

Mézclense bien;
añádase a los corazones -claro está-
cualquier otra porción decisiva de sus dueños
y póngase a hervir en su propia sangre
sobre un fuego muy lento.
Si los corazones son de primera clase como se recomienda,
resultan francamente innecesarias las especias, pero si
se desea
puede añadirse un pizca de cerveza, una canción o un
verso
después de que la sangre esté caliente.

El tiempo de cocción es muy variable, por eso
el guiso ha de probarse repetidas veces.
Sírvase en raciones grandes pero diseminadas
y cómase de manera despaciosa, lujuriosa, reflexiva e
intensa.
No se requieren peculiarmente favorables condiciones
de ambiente;
al revés, este plato exquisito, caprichoso,
cuece mejor si arde la llama
en dirección opuesta a la del viento.
Protéjase, eso sí, de las miradas de la gente.
Si sus propósitos son otros, sencillamente, espere:
la receta de matrimonio se publica
la semana siguiente.

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