Enrique Nattes y Arredondo
(1866-1936)

A Emma

¡Mírame, por piedad!, no, no, perdona;
deja ya de mirarme,
¡que hay hielo en tus miradas y yo ansío
una hoguera, un volcán donde abrazarme!

Los que nacemos bajo sol de Cuba,
de ardientes rayos rojos,
cuando amamos tenemos, Emma, el alma
asomada al cristal de nuestros ojos.

Aquel silencio es elocuente; expresa
cuanto el hombre anhelara;
plácenos la pasión que se adivina
más que aquella vulgar que se declara.

Digan menos tus labios lo que sientes,
siente más lo que dicen,
y deja adivinar lo que amor llamas,
¡eso que tus miradas contradicen!

¡Qué distintas corriesen nuestras horas
de amor, y qué serenas,
si yo en las tuyas infiltrar pudiese
una gota de sangre de mis venas!


 

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