|
Luisa
Pérez de Zambrana
(Santiago de Cuba, 1835-La Habana, 1922)
A mi esposo
Tendí,
tendí la vista desolada
en mi dolor profundo;
y al hallarme sin ti, desamparada,
me creí sobre el mundo.
Para
mi alma agobiada y dolorida
todo estaba desierto,
y hubo un momento ¡oh Dios! que estremecida
pensé que te habías muerto.
Quise
mirar la aurora, y en mi duelo
la hallé densa y nublada;
alcé los ojos, y empañaba el cielo
una nube enlutada.
A
sentarme, rendida de tristeza
volví con hondo anhelo,
escondí entre mis manos la cabeza
y lloré sin consuelo.
Por
largo tiempo en íntimo quebranto
sollocé desolada
hasta que me sentí de llorar tanto
trémula y extenuada.
El
pensamiento, el corazón y el alma,
te siguen incesantes,
y cruzan ¡ay! con dolorosa calma
para mí los instantes.
Contigo
sueño, sin cesar, dormida,
contigo estoy despierta,
y en todas partes lenta y dolorida
te voy buscando incierta.
Ya
penetro en la sala, mas me aflijo
tu ausencia recordando,
y a tu escritorio alegre me dirijo;
pero vuelvo llorando.
Entonces
se elevó de mi alma triste
una oración sencilla
y a los pies de la Virgen que me diste
me arrojé de rodillas.
A
tu hogar melancólico y sombrío
vuelva tu imagen grata!
¡torna con vuelo de águila ¡bien mío!
pues tu ausencia me mata!
|