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Así que nuestra pareja de enamorados
puede gozar de una obra de siglos al tiempo que siente de
nuevo las pasiones que despertó Venus, o el agridulce
Amor, en tantos y tantos autores que gracias a la lectura
queda, gracias a la muchachita que copia en su libreta un
par de versos olvidando el nombre del autor, gracias al adolescente
que adapta sus expresiones para emplearlas en una declaración
en que le va la vida, pueden acceder a lo que, llenos de aire
los pulmones, llamamos la gloria o la eternidad. En cambio
la eternidad no deben ser los siglos sino ese instante irrepetible
en que la soledad se revierte en el placer de la justa compañía
y a la orilla del mar, bajo la fronda de una uva caleta, la
pareja de enamorados desanda la lectura de un libro de versos.
Luis
Rafael
(La Habana, 15 de julio de 2001)
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