Lo que ahora viene, pensé con cierta dosis de amargura, es una especie de plano-secuencia donde los hechos podrían adquirir la pátina de lo inverosímil. En realidad lo inverosímil me preocupaba. Mas no por su insolubilidad inmediata dentro de la representación, sino porque lo inverosímil es capaz de ocasionar aburrimientos nocivos. Aburrimientos duraderos, hijos del prejuicio. Y me dije, resuelto: Muy peligroso, pero ahí vamos.
Dejé a Emilia González contemplando el panorama del océano y me fui a mi cita. Sabía que dejarla allí, sin saber o calcular los detalles de su recuperación —cómo hallarla otra vez sin una fórmula de continuidad—, no era una buena idea. Aun así crucé la avenida y apreté el paso.
El Poeta me aguardaba en el sofá de su caserón casi lacustre, buceando en el libro que iba a prestarme —Memoirs, de Tennesee Williams—, y enseguida me saludó con su frase habitual: “Hola, ensayista... el café se acerca a nosotros cautelosamente”. Estreché su mano todavía firme (una mano de casi ochenta años) y noté que en un extremo del sofá una mirada rubia me invadía: era el escritor de la coleta. “Ustedes ya se conocen, creo”, movió el Poeta los ojos con vivacidad. “Hola, cómo estás”, saludé al del sofá. Ni siquiera se levantó el muy zoquete. Menos mal que yo no había extendido mi mano, porque entonces le habría declarado la guerra por grosería.
Mientras me dejaba invadir por una horrible sensación de déjà-vu, ocupé un butacón próximo a los anaqueles donde los libros del Poeta resplandecían polvorientos. Su colección cubana, abundante y selecta al mismo tiempo, contrastaba con la desconsoladora endeblez de algunas bibliotecas de larga reputación. Una señora gruesa, de andar perezoso, entró en la habitación y colocó en una mesita una bandeja con tres vasos de agua y tres tazas de café. Bebí la mitad de uno de los vasos y empuñé una taza minúscula, bastante ahorrativa. Saboreé la bebida... ¿Estarían Emilia y el escritor de la coleta persiguiéndome cada uno por su cuenta? La presencia allí de él me parecía un hecho demasiado casual, especialmente tan sólo unos minutos después de haberla despedido a ella. ¿Obraban entonces por turnos? Parecía como si se hubieran puesto de acuerdo para monitorear mis pasos.
Sin embargo, aunque el camino por el que ya me había adentrado podía conducirme a la depresión, mi compostura no estaba dispuesta a ceder en nada. Al carajo el escritor de la coleta, Emilia y todos los espías del mundo. Yo estaba allí, bebiendo con el Poeta —hombre exquisito— una amable taza de café, y por fin iba a leer las Memoirs de Williams. Agarré con valentía el libro, cuya primera página declaraba una ilustre pertenencia anterior. El Poeta movió la cabeza. Un percutidor de los más alegres que he conocido, dijo satisfecho. Se refería obviamente a Tennesee, sobre quien ya habían dado en la televisión un reportaje biográfico donde el dramaturgo, luego de una cura de desintoxicación, y durante un famoso programa de participación, declaraba su jubilosa tendencia hacia los chicos. Hmm —mugió el de la coleta—. Percutidor y quizás hasta medio carcelario. Empecé a hojear el libro. Pero él era bastante refinado, a pesar de todos los escandalitos, ¿verdad?, me dirigí en voz baja al Poeta. Yo confiaba mucho en sus conocimientos y necesitaba eclipsar al de la coleta de la peor manera posible. Muy refinado —concedió—. Pero cuando veía debilidad y afeminamiento en sus amantes, que casi siempre eran harto menores que él, los sometía a un agotador régimen de posesiones. Quedé pensativo. Vaya, como Pascasio con Andresito, si las cosas no hubieran sucedido como sucedieron, propuso, con gran desfachatez, el advenedizo. Yo no daba crédito a lo que acababa de escuchar. El Poeta se tapó la boca con la palma de la mano.
¿A qué venía aquella incursión en la novela de Montenegro, si nuestro pobre diálogo involucraba a un dramaturgo norteamericano gay, quizás el mejor que había dado su país? Pero al hacer yo esa reflexión, mientras miraba desconcertado a su autor, este hizo algo verdaderamente extraño: zafó la cosita roja que mantenía su pelo en un ordenado haz, metió los dedos de su mano derecha bajo el cabello, lo expandió con pereza y sensualidad y se reacomodó en el sofá con calmosa indiferencia. Pude ver, entonces, la imagen de Pascasio deambulando con Andrés entre las sombras del penal. Pude sentir el pesado aliento del negro Pascasio encima de la delicada nuca de Andrés mientras lo ayudaba con sus trabajos y sus días.
El Poeta alargó una mano, señalando las Memoirs, y le di el libro. Buscó una página —el pliego de las fotos, una iconografía esplendorosa— y marcó con un dedo medio arrugado la foto de Kitty. Recuerdo la escena como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Sin embargo, ¿se llamaba Kitty, o Kit, aquel chico de 19 o 20 años con quien Tennesee se había reunido, por unos días, en una cabaña próxima al mar? El rubito del dramaturgo, observó sonriente. Andresito, alzó la voz el de la coleta.
Volví a mirarlo. El cabello le rozaba los hombros. La pregunta a hacer, desde la perspectiva de Montenegro, es si habrían llegado a tener sexo alguna vez, murmuré casi con distracción. Cien páginas más y se tiran en un rincón, dijo el de la coleta antes de anudarse el pelo otra vez con la cosita roja. No tan rápido, intervino el Poeta. Cerró las Memoirs y añadió: La fascinación que le causa Andrés a Pascasio casi se salta la fase del full body contact, para decirlo elegantemente. Abrí más los ojos. ¿Usted cree?, le pregunté. Y no es que yo no estuviera de acuerdo con el Poeta. Más bien pensaba que saltarse esa fase, construir ese dilema, hubiera sido para Montenegro su aprieto artístico mayor, porque en las novelas de Genet, por ejemplo, si algo de sublimidad aparecía, estaba siempre resguardado por el cinismo y se encontraba bajo el atuendo de las palabras y su exterioridad, como la representación de la representación del sexo, mientras que en Hombres sin mujer ese núcleo de carne y sentimientos, representado por Andrés y Pascasio, jamás hacía contacto con el cinismo y casi eludía la nominación, para que las palabras no malograran una frágil pureza, tan difícil de enunciar... Estoy convencido de que Andresito se habría entregado sin muchas dilaciones a Pascasio, pero también estoy seguro de que Pascasio habría racionalizado líricamente su pasión, afirmó el Poeta.
Antes de hablarme en concreto de las Memoirs, el Poeta me había contado, no sin asombro, cómo el dramaturgo se refería a los primeros días de su etapa con Kit o Kitty —su verdadero nombre era Kip, lo recordaba ahora— con un enorme desenfado, y cómo, además, enarbolaba su regocijo cuando se detenía en el pánico del chico, extenuado por los asaltos sin fin de Tennesee y tan resquebrajado por dentro y por fuera que parecía un muñequito de tela entre las mandíbulas de un perro rabioso. Sin embargo, yo no podía acomodar esa imagen del ardor y la violencia sexual junto a las imágenes presentidas de Andrés y Pascasio, tan distantes del mar y los ocios sensuales de la creación artística. En cualquier caso, había un componente soez y triste, una especie de iluminación nacida en la adversidad, o que era capaz de propiciar hechos adversos. Lo que la novela cuenta, nos sirve para imaginar ciertas cosas —aduje en mi favor—. Pero, a mi modo de ver, quedan sólo dos opciones: o Montenegro contó, sin muchos aderezos, únicamente aquello que vio, y entonces se detuvo ahí, en ese límite, con el propósito de respetar la suficiencia artística de lo real, o, atemorizado por una materia extensible y desequilibrable, más novelesca que testimonial, contó en efecto sólo aquello que vio, es decir, prefirió no acercarse a las posibilidades de ese amor naciente, esa futuridad que incluía, desde luego, los momentos de la entrega sexual. El de la coleta sonrió con levedad. Se sentía incapaz de contar algo que no fuera el infierno y el dolor, dijo: ¡Qué incomodidad estaba produciéndome el escritorcito! ¡Y más ahora, cuando acababa de expresar, con elegancia, una verdad incontestable! Pero me sobrepuse con rapidez. Eso es muy cierto —lo miré con rectitud—. El abismo del dolor posee demasiados atractivos, demasiadas formas.
