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Un ángel llamado Pablo Armando

Virgilio López Lemus, 19 de enero de 2010

“Príncipe, príncipe”, me llamaba Pablo Armando Fernández para decirme algo, para saludarme, o sencillamente para hacer notar que me había visto. Yo quiero recordarlo siempre no como lo conocí, de cabellera entre canosa y un poco amarillenta, sino cuando todo su abundante cabello ensortijado se convirtió en blanco intenso, perlado, bellísimo. Una vez, esperándolo en su casa, me fui a la cocina a conversar con su mujer, y allí comprendí de lleno uno de sus mejores poemas: “Suite para Maruja”. Ella me regaló una tarde de conversación sencilla y en simpatía, de un savoir faire que aparece en estos versos: “Diré que amo, y me espera una mujer de nieve, / que me recibe con flores y canciones de nieve, / que se adorna con collares de perlas de nieve, / y entre mis brazos se derrite, y es agua / que gotea en mis ojos.” Debe ser esta la misma nieve ideal de Julián del Casal, una nieve soñada más que real, que se convierte en ideación, sueño de hadas en el país de las nieves.

 Y mirando sus cuadros, en su atiborrada biblioteca, o en el portalón de la calle 20 de Miramar, sentía vivo aquel poema suyo que tengo por antológico: “Aprendiendo a morir”, cuando el poeta se desplaza por un hogar poblado por fantasmas, o él mismo el el fantasma que no se puede ver, pero está allí, inmaterial y a la vez existente. He conversado con el poeta sobre la transvida, él cree firmemente en ella, el espíritu se eleva, alcanza otra manera de vivir y deja su presencia entre los vivos con un desplazamiento de fantasma y a la vez de espíritu libre, que acompaña a los que, vivo aún, amó intensamente. Pablo cree en un Más Allá más poético que de razón teológica, cuya finalidad es el Bien y la Belleza.

 

Pero Pablo Armando-hombre es un relámpago, o mejor una chispa vital que va más allá de la palabra escrita, si bien ella es lujosa, espléndida, llena de finezas y honduras. Él es también un gran creador oral, un creador que a veces nos repite ideas, el mismo cuento, la misma imagen, pero que uno los siente siempre distintos y agradables. Él “padece” de una encantadora dosis infantil de vanidades, habla de sí como de un cuento (de hadas), de su desplazamiento cubano y de sus estancias en los Estados Unidos, como si todo fuese en verdad una leyenda. Su vida en Delicias fue deliciosa. Si Luis Cernuda se desplazó entre La realidad y el deseo, Pablo Armando Fernández lo hizo entre El sueño, la razón. El poeta cubano no quiso edulcorar la realidad, bien ruda en algunos de sus versos, sino ofrecerle un embellecimiento lírico de fondo bondadoso, una eticidad por la poesía.

Lo habré conocido a fines de la década de 1970 y principios de los ochenta, nadie, que yo recuerde, nos presentó, ¿dónde?, ¿exactamente cuándo? Estaba lejos de mí, sentado en puestos directivos de la Uneac y de la para mí esquiva Casa de las Américas, y yo siempre he rehuido a toda persona que ostente cargos, no me gustan los cargos aunque a veces sí las personas. Un no sé qué de timidez, sentido del respeto, distancia prudente o distanciamiento quizás complejo, me ha separado siempre de toda persona que dirija incluso un departamento. Algunos y algunas han sido mis amigos, pero durante el lapso de sus labores ejecutivas, he preferido estar lejos de ellos. Y Pablo Armando dirigía revistas, poseía o era poseído por cargos directivos y asesorías que no me permitieron nunca una mayor intimidad.

Siempre me ha maravillado su extraordinaria capacidad de trabajo y de escritura. ¿Cómo ha podido desarrollar una obra tan extensa en verso y prosa, si se le puede ver en numerosos actos públicos, actividades culturales, homenajes a amigos, lanzamientos de libros, jurados, reuniones de trabajo, y sobre todo viajando. Debe ser uno de los cubanos que más ha viajado en su vida por el mundo. Fue diplomático y viajó, ha sido invitado a certámenes, coloquios, congresos, conferencias, recitales, festivales y encuentros formales o informales sobre todo en Europa y América, pero puede narrar historias de visitas al áfrica y a Asia. Ha representado a las instituciones culturales de Cuba en muchísimos sitios del mundo. Pablo es un gran viajero, un  hombre que ha visto las humanidades vivas sobre la Tierra, que ha participado y dialogado, y que ha entendido a la poesía como una labor ecuménica, universal y de alianza y amistad, de encuentro y amistad, de paz y amor.

Debe ser por eso que sus poemas están fechados en disímiles sitios, no se trata de una marca vanidosa para mostrar dónde ha estado, pues Pablo tiene la grandeza de estar por encima de la mezquindad cotidiana. Si han obrado mal contra él o el celo y la envidia le han clavado sus colmillos de vampiro, si ha habido quien no lo quiera, Pablo se viste del traje de la simpatía, del amor y de la mirada amplia sobre las pequeñeces humanas. Él mira con ojos de poeta bueno, y de buen poeta. No hay notas de odio o de rencores en sus versos.

Lo he visto sonriente casi siempre, triste alguna vez, hablando mucho y sin parar, bebiendo con demasiado entusiasmo su amado whisky, riéndose con alguien, nunca de alguien, viendo a los demás como “príncipes” y “princesas”, llorando por una ausencia, sentado en primera fila y saludando con entusiasmo democrático a los que nos sentamos en las restantes posiciones. Abraza, besa a sus amigos, a las gentes que él quiere y que desea que lo quieran. No es difícil quererlo. Tiene cuatro hijos, pero pareciera tener muchos más. Contribuye a crear su propio mito, se embriaga de versos. Tiene un gran sentido del futuro, del mañana, “volveré mañana”, dice al final de la elegía que dedica a la muerte de su madre. Esa honda fe en la vida como algo que no cesa, lo salvó de la difícil operación de corazón a pecho abierto y, al poco tiempo, de la muerte de su esposa. No puede venirle la fe sino de su hondo amor por la poesía.

¿Cómo es posible que un hombre que ama tanto a la vida, se refiera en sus poemas tantas veces a la muerte? Hay que conocerlo, observarlo filosófico y tranquilo conversar sobre la eternidad y sobre la belleza del alma a la que le “acuden alas” (decir de Lezama). Si yo no lo conociera en cuerpo y espíritu, en carácter y verbo oral, lo estaría recordando  en sus versos: “Vuelvo a ser alegría del otro, / uno consigo mismo en compañía”.