Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 25 de noviembre de 2017; 2:52 AM | Actualizado: 24 de noviembre de 2017
Página

Camino de la media rueda, o saga del compañero Manuel Sosa

Antonio Rodríguez Salvador, 19 de enero de 2010

En estos arranques de año, el poeta Manuel Sosa me ha recordado que, en el 2010, cumplo 50. En su blog ironiza con canturías en Taguasco, y de antemano “lamenta” perdérselas; pero yo, más que evocar festejos que en verdad no creo merecer –ni sobre vidas en las que tampoco merezco creer–, de antemano confieso mi escalofrío. De pronto me acordé de Edgar Allan Poe; o más bien de su cuento “La carta robada”: esas cosas que están a la vista y, sin embargo, permanecen ocultas.

 Uno dice “la media rueda”, y hay en la frase bastante de irracional optimismo. Primeramente, porque imagina que montado sobre cajas de bolas llegará feliz a los cien años. Si hasta hoy ha sido así, mañana tendrá que ser igual, uno se dice, y sin embargo no tiene en cuenta que las tozudas estadísticas de la OMS indican que solo con buena suerte los hombres alcanzarían a cumplir los setenta y cinco. Naturalmente, hablo de los hombres que viven en algunos países del Primer Mundo –no en todos–  y vean qué sorpresa, también de aquellos que viven en Cuba.

 De modo que la verdadera media rueda para un cubano debería celebrarse más o menos cuando cumpla 37 años y nueve meses y once días, pues en realidad las estadísticas para Cuba expresan una esperanza de vida masculina de 75,4. Manuel Sosa, que ahora vive en Atlanta, goza en cambio de más suerte, y celebró su media rueda un poco antes de cuando vivía en su natal Meneses –nació en 1967. Lo hizo a los 37 años, seis meses y diez días, en tanto la esperanza de vida de los hombres que ahora mismo viven en los Estados Unidos es un poco inferior a la de Cuba: está por los 75,1 años.

 Bajo esta óptica, imagino que a un poeta de Suazilandia, por ejemplo, habría que hacerle su homenaje cuando cumpla los 16, mientras los de Sierra Leona  tendrían que esperar un poco más: su media rueda la estarían celebrando a los 19. Obviemos, claro está, el simple hecho de que un Rimbaud no se da todos los días.

 Hay un segundo factor que también uno pretende ignorar, y es que la primera media rueda no camina igual que la segunda. Por Internet circulan chistes en relación con el tema: Si a los veinte años no consigues orinar es porque seguramente tienes una poderosa erección; pero si el hecho ocurre a los setenta, con absoluta seguridad es porque necesitas tratamiento de la próstata.

 La garantía de la próstata expira a los cincuenta años; después, por lo común, esta comienza a crecer y a crecer, y algunas veces llaga a comprimir la uretra. La buena noticia para los poetas de Lesotho, y de otros 25 países de África Subsahariana, es que en su segunda media rueda no se les augura problemas para orinar. Puede, incluso, que no consigan entender muchos de los chistes que hoy circulan por Internet, sobre todo teniendo en cuenta que la garantía de la cervical se vence a los 45 y que también entre ellos son desconocidas muchas enfermedades, como por ejemplo, las cataratas, la osteoporosis y la demencia senil. Se mueren con mente clarita, huesos duros y visión de 20-20; lástima que sus cuerpos no consigan acostumbrarse al no comer.

 En fin, quiero decir que tampoco podemos hablar con exactitud de una primera media rueda, cuando la segunda es, en verdad, un cascajo lleno de chichones y parches. El otro día un amigo de mi generación me decía: El problema no es que las muchachas de veinte años no nos miren; es que no nos ven.

 Otro amigo, que igualmente es un bromista insumiso, paradójicamente suele decir que a los setenta goza de más vigor que a los veinte. Cuando tenía veinte no podía reducir la erección ni empujando el miembro con las dos manos; a los setenta, sin embargo, apenas le basta con emplear una sola. Sin dudas, mi amigo está más fuerte que nunca.

 Esto último le pasa también a Manuel Sosa. Niega el tiempo, aunque no lo haga con la maestría de un Borges; menos aún con la ingeniosidad criolla de mis amigos bromistas. Años atrás escribió un libro titulado Saga del tiempo inasible, y por elemental secuela de la construcción gramatical no hay dudas que para él habrá cierta clase de tiempo que puede ser asible: quizá un par de meses que pueden guardarse de reserva en el bolsillo, o vaya usted a saber si un tiempo de reloj roto. En cualquier caso, si la combinación “tiempo inasible” no expresa una sosa redundancia, puede que entonces sea otro afeite para su ya un poco decrépita, aunque obstinada pubertad.

Creo que el oxímoron se develará un tanto si explico que quien ahora se burla de los probables homenajes a otros poetas como el avileño Francis Sánchez, o los espirituanos Pedro Mendigutía y Hermes Entenza, paradójicamente un par de años atrás se gestionó un homenaje a sí mismo cuando cumplió los cuarenta. Lamentablemente no halló patrocinadores para la canturía entre los señores de Atlanta, ni tampoco para sus libros entre los señores dueños de editoriales en este u otro continente, y entonces debió voltearse otra vez para la Isla de sus antiguos compañeros. La coña la introduzco, en tanto mi artículo “Apología del compañero”, publicado en esta misma columna de CubaLiteraria, ya vemos que no le asentó muy bien. 

 Nada menos y nada más que por el periódico Granma me enteré de su antología de toda la vida publicada por