Apariencias |
  en  
Hoy es viernes, 24 de noviembre de 2017; 3:31 PM | Actualizado: 24 de noviembre de 2017
Página

Madrid y los poetas

Virgilio López Lemus, 10 de marzo de 2010

Madrid también vale una misa. Y una mesa, a tenor del banquete que resulta un buen cocido madrileño. La ciudad de la fuente de la Cibeles, la Gran Vía, la Plaza de España, de la Puerta del Sol y las torres inclinadas de Plaza Castilla, esa Madrid de hoy que suma siglos, ha sido a lo largo de su historia una de las capitales de la poesía de la lengua española.

Ni que decir tiene que no voy a hacer aquí una historia de la lírica madrileña de antes del Siglo de Oro hasta después de la Generación del ’27, pero a esta última cifra, año de suma, de encuentros de poetas, me he de referir en un primer momento. Ellos, los de todas las Españas y no pocos de sus colegas de ultramar, se conocieron en plena juventud en la Madrid de los años veinte, y luego se fueron al exilio o a la muerte, o se quedaron «tranquilos» en las calles madrileñas durante la Guerra Civil y sobre todo durante el largo franquismo. Federico García Lorca se hacía amigo de Luis Cernuda; Rafael Alberti abrazaba a Pablo Neruda; César Vallejo llegaba desde París, sin aguacero. Un revuelo de versos competía con el auge creciente de las palomas en las plazas y parques, y los poetas tomaban la vida por asalto, con alegría y furor, cuyo escenario iba siendo ya mítico: un Madrid real y ensoñado. Se deslumbraban los unos a los otros, y le dejaban al idioma una estela de grandeza, una grandeza de alas enormes, que comprenden versos de Antonio Machado y Miguel de Unamuno, pasando por el intranquilo e intranquilizante Juan Ramón Jiménez, hasta los entonces más jóvenes Miguel Hernández y Blas de Otero.
 
Dios mío, qué lujo del idioma: Dámaso Alonso comentaría unos poemas de Gerardo Diego, quien a la sazón leía textos de Jorge Guillén, mientras este bardo conversaría tal vez en una esquina con Salinas –la noche se serena y Madrid viste de luz no usada--. No lejos, una carcajada de Lorca llenaba de revuelo a la gitanería lírica y la gran poesía andaluza se divertía a cielo abierto en una Madrid que bien valía salirse de la misa.
 
Cuando camino Madrid, me parece oír esos ecos. No pudo apagarse tanto fragor de belleza, no pudo aplastarlo la infame guerra, la dura vida de pan racionado, el sistema tropezando e imponiéndose y luego el consumismo feroz que ha traído a menos a la no comercial poesía. Casi se entra al Madrid de los Austrias a ver placas sobre Lope de Vega o aquí estuvo Cervantes, o más allá comió Hemingway, quien se prodigó, parece ser, en las tabernas de junto a la Plaza Mayor. ¿Qué poeta estaría en el sitio exactísimo donde una Sala X abunda en corporalidades exhibidas? Cuántas citas de lecturas se harían en encuentros fortuitos en Leganitos, en Carrera de San Jerónimo o en Atocha, andando hacia el actual Centro de Arte Reina Sofía, donde el Guernica se deja ver como uno de los tristes y sublimes orgullos de España.
 
A mí la calle Leganitos no puedo dejar de recordarme al desaparecido cordial poeta José Gerardo Manrique de Lara. Luego, en el Ateneo, dos o tres veces me vi con el grande de España don Leopoldo de Luis, muerto sin los homenajes y premios que merecía. Algunas veces anduve por el viejo y aristocrático Madrid, pero también por la más burguesa Castellana, con mi amigo el poeta canario Justo Jorge Padrón, quien me hizo conocer al grupo de creadores de la palabra lírica que es la familia de los Murciano, procedentes de Arcos de la Frontera. Aunque el poeta y editor cubano Felipe Lázaro hace mucho que se mudó de las cercanías de Plaza Castilla, al salir del metro en ese sitio, no puedo menos que recordarlo en su afable y bonachona conversación entre libros de Betania. Una extraña mezcla mental me relaciona cierta zona del Parque del Retiro con el que fuera su vecino, don Gastón Baquero, mulato cubano sentando cátedra de poeta culturalista en la Madrid que mucho lo ignoró, y que tampoco llegó a rendirle el tributo que merecía por escoger esta ciudad para vivir casi cuarenta años de su vida. Por allí deambula su recuerdo.
 
Uno de mis sitos preferidos de Madrid es el parque de la Montaña, detrás de la Plaza de España, donde se encuentra el Templo de Deboh, traído desde Egipto y lujo de la ciudad, desde donde se puede ver el Palacio Real, la Catedral de la Almudena y, claro, la popular Estación de Príncipe Pío, tan vecina del Campo del Moro. La bella Madrid es una buena sede para la mejor poesía.
 
Parodiando a Lorca, uno diría: si me pierdo, búsquenme en... Andalucía. Bueno, hay que saber ser recíprocos y agradecidos, porque el poeta andaluz llegó a preferir de tal forma a La Habana, que la frase quedó como una de sus boutades deliciosas. Pero no es secreto que Lorca amó a Madrid. Madrid es una ciudad amable, como para perderse en ella. No me figuro al poeta caminando hoy por Goya, cuando esta bella calle se cruza con la célebre Alcalá nada menos que en un Corte Inglés. Las modernas Catedrales del Consumo se yerguen al aire del resplandor, del brillo del capital, del oropel del dinero. Es seguro que el «poderoso caballero» suele ser excluyente con los poetas, uno de los oficios peor pagados del mundo, sobre todo si el autor de bellos textos no alcanza el Premio Nobel, o al menos el Cervantes, o incluso, el Reina Sofía o el Nacional de Poesía... Nada, un potea ya no es nadie. Se puede perder en el laberinto de la Moncloa y quién lo reconocería. Un poeta no es una persona reconocible, hay que esperar a que sus créditos, en algunos casos, suban con su muerte y al menos una calle de dos manzanas, o incluso de solo una pera, pueda obstentar su nombre.
 
Los poetas de ahora resisten, andan Madrid, cruzan por Princesa y se adentran en el Palacio del Libro, se quedan horas deslumbrados pasando páginas de caros ejemplares de arte, que mejor se miran y no se tocan, o se tocan pero no se llevan. Aunque los hay baratos, allá, en los estantes de la poesía...
 
Pero soy injusto aquí con la ciudad que admiro. Lo que quiero decir es que Madrid resulta una fiesta de poesía por dondequiera que uno la mira, hasta en sus suburbios llenos de edificios parecidos, de un marrón parejo, un rojo difuso, un gris contaminado. Es lindo Madrid donde nace la Castellana, en la Plaza de Colón, con la fuente-cascada que le hace ruido leve a la Biblioteca Nacional, asentada en el final mismo del Paseo de Recoletos. Hacia el Prado, uno dobla un poco a ver una editorial de fama en la calle Salustiano Olazaga, saluda y sigue, o vuelve sobre sus pasos, pues al final de Recoletos hay una buena conferencia en la Casa de América, y andamos apurados para mandar, antes, una postal a La Habana desde el bello edificio de Correos.
 
Se acaba la conferencia sobre la obra de Carlos Fuentes y sigo hasta la Iglesia de Los Jerónimos, porque es un sitio muy guapo, un sitio verdaderamente recoleto detrás del vasto Museo del Prado y junto a la Real Academia de la Lengua. En mi primera visita a Madrid, pude ver en esa vecindad el Guernica en el Caserón del Buen Retiro y confieso que me gustaba más allí, seguirlo viendo allí, eternamente, si fuese posible. Pero no lo es, ni siquiera Madrid es inmortal. Más joven que Roma, se ha transofrmado tanto y se sigue transformando, que a veces uno se siente molesto del polvo de las prolongadas construcciones. Los madrileños bromear diciendo que cuando terminen de construirla, Madrid va a ser una ciudad muy bonita.
 
Es otra boutades, y esta no de Lorca, porque ya Madrid es una ciudad de piropo, de salero y gracia, de revuelo de plumas de aves canoras en la placita de Chuecas, de gritos todavía circenses a lo Coliseo romano en la Plaza de Ventas, con los toros dando fama al traje de luces de los mejores toreros, en un estruendo de “Oléeeee” que sublima la bárbara muerte del toro, en tanto los fieros redobles elevan los gritos al cielo. El Madrid de las ferias (incluso del libro) y de las zarzuelas rindió un tributo de rosas en la calle a la diva andaluza Lola Flores, que fue memorable, tanto, como aquel aciago día de trueno en los trenes, cuando la peor de las barbaries terroristas enlutó a la ciudad y a toda España. Valga ahora decir que también la Estación de Atocha regala un raro aliento de poesía: la del movimiento eterno, de jamás parar, de siempre viajar, porque en Madrid no se quedan nunca ni siquiera los más rancios madrileños.
 
En la Cuesta de Moyano nos vemos. Vamos a ver si hallamos el libro viejo que queremos, si no está allí, hay que irse a leerlo a las bibliotecas. Pero sí que está, casi siempre está. Es una Meca de libros. También se venden los de poesía, sí, que a veces es mala fama de los editores, quizás para quitarse de arriba a tanto poeta ofreciente, de oferta superior a la demanda, de donde viene aquel casi slogan: «La poesía no se vende». Claro que no, la poesía no se vende nunca, es algo que brota de la fibra más humana del ser, y esas fibras no están a la venta. Claro que los editores de Madrid, y de casi todo el mundo, se refieren al libro como objeto de venta, como mercancía. Pero la poesía no, ni siquiera la que está en el aire, que uno no puede comprarse un mar de hojas marrones y amarillas del otoño, y vaya que son poéticas.
 
Madrid goza con ofrecer su deslumbramiento de escaparates de lujo, y de otros más modestos, pero sobre todo lo que me importa es ver las cúpulas, las iglesitas lindas, los frontones aristocráticos, las viejas residencias venidas a menos, los edificios estupendos de bancos y museos, o las sedes de diversos gobiernos, academias, hoteles, firmas comerciales. Y luego resulta grato pasear por las calles madrileñas en un día cálido y sin lluvia, uno sirente que incluso la contaminación se hace leve por el tono de la ciudad, por ese ritmo que hace única a Madrid, una urbe para descubrir en ella la poesía urbana. Ojalá se pudiera ser eterno allí.