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La feria termina, la feria empieza

Antonio Rodríguez Salvador, 10 de marzo de 2010

 Confieso que ahora mismo estoy recordando la famosa frase: El rey ha muerto, viva el rey. El amante de la literatura vive casi una semana de intenso ajetreo: Va de la librería al kiosco, de la mesa redonda a la presentación; pero, en realidad, la verdadera feria empieza unos días después, con el disfrute de los libros adquiridos.

Yo, en Sancti Spíritus, he atesorado una buena carga. Mientras esto escribo, tengo a mi lado izquierdo –también en el corazón, por supuesto—varios libros dedicados por sus autores. Estos tendrán un valor adicional, y no por la tinta vanidosa que me nombra, sino por la felicidad de ese momento compartido, que volverá una y otra vez, mientras viva, al abrir el volumen.
 
Cuando me sacuda un poco de esa embriaguez real que es la feria, y gane entonces el adecuado reposo que permita leer, volverá entonces el dilema: ¿por dónde empezar? ¿Acaso por la antología de la décima cubana, Viajera intacta del sueño, de ese incansable adalid de la cubanía llamado Waldo González López? ¿O por la poesía de ese brillante y siempre animoso joven santiaguero, que responde al nombre de Oscar Cruz?
 
Hojeo ahora la novela Tulio y los elefantes verdes, de mi caro Félix Sánchez Rodríguez; el ensayo, Género, ideología e identidad en poetisas espirituanas, de la joven, pero muy lúcida, Yanetsy Pino Reina; las revistas Amnios y Signos firmadas por sus directores y hermanos míos, Alpidio Alonso Grau y Ricardo Riverón Rojas; el volumen de cuentos En el limbo, de la eterna María Elena Llana…
 
Hojeo un libro tras otro, y no sabré por dónde empezar. Será como el debate entre asistir a una presentación o una conferencia; una feria multiplicada por cada instante, y también la verdadera conversación con el autor. Un libro dedicado es como una sonrisa que de pronto lleva el libro. Una sonrisa real digo. Como un marcador.