En la soledad de su casa, acompañada por su hijo José Luis Fariñas (uno de los más destacados artistas plásticos de Cuba), Juana García Abás escribe de una manera casi compulsiva. Unas veces distraída y otras demasiado absorta como para percibir el paso del tiempo, las horas se le escapan raudas en todo lo que hace, «porque no hago nada sin amor, aunque todo me cueste buena dosis de angustia: soy patológica e inútilmente perfeccionista», confiesa.
Se le ve poco, al menos en lugares públicos. No le interesa para nada acudir a mecanismos propagandísticos, que le permitan ser identificada como la excelente poetisa y ensayista que es. Tampoco lo necesita. Su obra es lo suficientemente sólida como para ser reconocida, incluso, por jurados tan exigentes como el del Premio de Poesía Nicolás Guillén 2006, que falló a favor de su poemario Circunloquio.
De apariencia frágil y hablar sereno, Juanita (como le llaman sus amigos) tiene varios libros de poemas y un significativo número de ensayos y traducciones. Sin embargo, la mayor parte de sus escritos está por publicar.
«Sufrí más de una década el embate de la burocracia, unido a las carencias de papel; mi libro El milagro de las paradojas cayó bajo el peso del ‘colchón editorial’ y diez años después de revisadas las galeradas —a pesar de contar con el incondicional apoyo de Luis Marré como editor en Ediciones Unión— permanecía inédito; solo entonces decidí retirarlo... Es cierto que después me resistí a publicar, pero eso fue en los últimos años. Hace 40 que escribo. Me alegra que Circunloquio sea el primero que vea la luz. No por gusto lo dedico a mi hijo. Le debo mucho: por su infinito apoyo, por su pureza espiritual y por su arte».
¿Cuándo y cómo se acerca usted a la Literatura y qué poetas han influido más en su formación?
Lo impreso me descubrió universos apasionantes, cuando mi abuela materna de nombre alemán —hija de un sefardí converso—, me enseñó a leer la cartilla (¿decimonónica?): «Cristo, A, B, C...» Desde entonces amo el arte tanto como percibir la vida misma — ¿no es una redundancia?—. Siento igual placer al leer ciertos libros, que al crear lo que acaso algún día otros leerán.
«Fui palomera, lectora de tabaquería, y vendí tabacos, desde la ruina de los negocios de mi padre, en 1956, hasta 1959. Mi madre era profesora de Filosofía y dos veces a la semana me daba lecciones en la casa. Mi padre, español y comunista, no me permitía ir a las escuelas. Aseguraba que la mayoría (entonces, claro) deformaban en lugar de instruir.
«Desde los cinco años leía, aun comprendiendo poco, obras de Cervantes, Martí, Guillén, Nervo, Castelar... en los restos de la biblioteca de mi padre. Ignoro por qué nunca me dejaban tener amistades; acaso por los azares de la clandestinidad: mis padres distribuían la Hoja Semanal... De los ocho a los diez pasaba mi tiempo libre en la biblioteca del Capitolio, donde iba a las estanterías que no eran de uso público, escogía ejemplares y los llevaba a casa sin que mediasen papeles de constancia, porque los empleados ya me conocían. Ahí leí a Goethe, a Juan Ramón Jiménez, a Baudelaire... También a Bohr, Hegel, Marx (a este último en libros propiedad de mi padre, clandestinos e impresos en Alemania, en hojas con barbas que, tras las primeras, el resto debía separarlas con un abrecartas filoso (obviamente nadie las había hojeado...). En cierta librería de O’Reilly descubrí a Lezama, a Shakespeare (como el dueño sabía que no podía comprarlos, me permitía leer los ejemplares —de pie).
«Salí de la soledad alfabetizando e incorporándome a la primera graduación de Pioneros, alentada por el maestro y guía Horacio Rodríguez — ¡tantos le debemos tanto!—. Fue la época de leer a otros clásicos y a Casal, la Borrero, Octavio Paz... Posteriormente, la Revolución me abrió las puertas de la ENA, que me parecía un paraíso. Descubrí a Dalton, a Vallejo, a Elliot, a Brecht, a Maiakovski... Luego Silvio Rodríguez me condujo a Testimonios, de Cintio, y esa lectura me llevó a Fina, a Eliseo, a Rimbaud... Pero mi poesía es tan deudora de la buena poesía como de la Literatura en general y aun del resto de las artes, de las vivencias, de los ecos heredados. Ojalá nunca trate de explicarla más allá de comentar ligeramente cuanto he pretendido crear: acaso síntesis incitadoras a una acción que nos libere de esquemas, nos humanice y nos convenza de la infinitud y la complejidad del caos y de lo ínfimo, definiéndonos en contra del desastre y a favor de la misericordia ante la naturaleza, la sociedad y los laberintos del pensamiento.
Mi poética se ha ido organizando en vertientes que se despliegan en los siete cuadernos de Circunloquio, una suerte de ‘architexto’ abierto como el caos”.
Usted asegura que la Filosofía, la Historia, las Ciencias Naturales y la misma vida le acercaron a la Literatura. También estudió Estética del cine y Pintura. Háblenos de esta última faceta.
No conozco esas disciplinas a fondo, pero las he practicado de algún modo, atrevidamente. Tuve la suerte de vivir parte de los años 60 en la ENA, muy cerca de Pedro Pablo Oliva, de Fabelo, López Oliva, César Leal, Isavel Gimeno, Nelson Domínguez y Flora Fong, entre otros; y de haber tenido allí el privilegio de ser discípula de grandes maestros de la pintura cubana: Masiques, Martínez Pedro, Moret, Ñica...; de ver nacer, de la mano de Servando, sus dibujos extraordinarios, en la mesa de caoba de su casa; de deambular próximos a Víctor Manuel, con su silencio gobernando la magia de sus cuadros, empolvados en el desván que abría a algunos estudiantes de arte para que guardásemos nuestros lienzos y cartulinas —en los altos de El Patio, junto a la Catedral—. O de haber disfrutado de la amistad purificadora de un Adigio Benítez. Recuerdo aquellos grupos vitales fotografiados por Luc Chessex, quien aún conserva celosamente los negativos de su paso por La Habana de entonces.
«Agradezco los consejos que recibí de Lezama Lima y Roque Dalton, los comentarios sobre literatura japonesa de un Pablo Armando aún de barba entrecana; la magia de un Félix Pita confiándome que una bruja de los Ródope quizá podría curarle su ceguera y que una voz incognoscible le dictaba sus poemas al oído, y de un Marré que nos enseña a escuchar el alma de la tierra.
«A la luz del arte que mermaría la angustia de no ser ubicuos, buena parte de mi generación emprendimos la aventura hacia la expresión: hacia la pretensión de comunicarnos con el propósito de cultivar la voluntad de transformar el entorno hasta hacerlo más humanitario. No cambiaría mi vida por otra. Ha sido una dura, pero apasionante y esperanzadora época.
«Por cierto, también tuve la fortuna de que un discípulo mío de los tempranos 90, escritor y trovador formidable, heredero de la mejor tradición martiana y de la trova de Cuba, escribiese un libro estupendo que amparó mi fe —debilitada por situaciones personales y por la crisis del mundo—, devolviéndome la confianza en la posibilidad de un futuro mejor para la humanidad: El diablo ilustrado. Pude leer el texto antes de que la Editora Abril lo editase, y ahora, tras leer los originales del tomo siguiente, desearía que ya estuviese igualmente en la calle, salvando almas».
Es usted la representante en Cuba del movimiento humanitario de izquierda Poetas del mundo, fundado por el poeta chileno Luis Arias Manzo, editor de Apostrophe Ediciones y ex preso político.
Participé en una antología urgente que él editó, en apoyo a los presos políticos chilenos y, poco después, me envió la amable propuesta de que representara a Cuba en el movimiento. Siempre este amigo poeta me ha apoyado divulgando lo que le he enviado en función de la campaña por la libertad de nuestros Cinco Héroes, colocándolo en sitios muy visitados de la red, con enlace a su propio sitio de Poetas del Mundo y sus palabras están impregnadas de un gran humanismo. Ya se han sumado a este movimiento poetas de las tallas de Boitel, Premio Casa de las Américas, y de Francis Sánchez, entre otros destacados escritores cubanos, y también el poeta argentino Manuel Lozano, quien recibió recientemente el Doctorado Honoris Causa en Filosofía de la Educación.
¿Hasta qué punto se interrelaciona su labor como poeta, ensayista, crítica de arte y dibujante?
Lo que hago o digo en esos campos, y aún en el resto de mis actividades, siempre lo considero no ya sumamente imperfecto, sino deficiente. Esa condición de crítico practicante (Benedetti dixit) me ha refrenado mucho la expresión en varias artes. Si reeditase dentro de un año este mismo libro premiado, te puedo asegurar que ya sería otro, al menos, formalmente, en ese caso. Y no me atrevo a exponer lo que dibujo o pinto: lo destruyo con la vana esperanza de hacerlo un día mejor.
«Quizá como estudié las artes plásticas con más disciplina, sea en esas artes mi mayor autoexigencia. Más me satisfacen los resultados cuando hago panes ázimos... Al comenzar me preguntabas cuándo y cómo me acerco a la Literatura. (Perdóname las digresiones: son una ínfima parte de los asuntos y esencias que me impulsan a continuar escribiendo en los siete cuadernos de Circunloquio como en capítulos abiertos). Siento la necesidad de crear, pero no es el universo de los productos del arte lo que más me impulsa a hacerlo, a diferencia de muchos artistas: me acercan más las ciencias y la propia vida con los eventos y los textos y obras que los abordan desde innúmeros ángulos pretendidamente objetivos, que el subjetivismo profundo en lo objetivo de las propias obras de arte como objetos. Y, por otra parte: ¿cómo separar el deseo de crear literatura de la necesidad de salir del limbo ideo-político de un Sísifo cuya piedra, ya casi en la cima, regresa inexorablemente a la sima? Pero el ensayo, mientras más lo cultivo en soledad, menos se me entrega; el arte me resulta menos escurridizo.
«Percibo hoy más que nunca una creciente necesidad humana de comunicación. El ciberespacio ‘implosiona’ la soledad: es la paradoja de la soledad objetiva, pero incierta del sujeto aislado pero ‘conectado’. El alma globalizada hace hoy posible el crecimiento del potencial de seres aislados del poder dominador tradicional: el lobo estepario, símbolo de la era del existencialismo ha sido engullido por la pantalla de la Red de redes. Comienza la era de la lucha, acaso final, por la propia existencia de todos y cada uno de los terrícolas. El aislamiento del hombre sumergido en las redes que beneficiaron al imperialismo, hoy corroe al imperio: Ciberia se convierte en otro campo de batalla: pero, ¡ojo!: no puede sustituir al real, sino sustentarlo, apoyarlo. Hoy, y en Ciberia —nombro así a esa ‘tierra’, en parte de nadie y de muchos que es la Red de redes—, la Literatura es un arma de las más eficaces».
Tomado de Juventud Rebelde