Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 7 de diciembre de 2019; 2:39 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Página
El cielo pecador
Una relectura de Al cielo sometidos
Rogelio Riverón , 10 de abril de 2006

En un breve ensayo acerca de la relectura —más comentario que ensayo— Larry McMurray asevera que ningún relector serio relee para complacer al maestro. Pero Sobre la relectura se concentra en el relector que, de vuelta de toda cruzada, se ha convencido de que su personalidad no precisa de otros derroteros que los que tan admirablemente lo han fatigado. Esa postura, fomentada también en su madurez por José Lezama Lima, es culta y es vanidosa, de una lúcida vanidad. Y revela, como de paso, la fragilidad del hombre que lee con más conciencia del hecho que el común de los mortales, según lo deja ver el propio Larry McMurray, quien conviene en que los relectores expertos practican con la vuelta a sus libros una especie de búsqueda de abrigo, de seguridad vital. Tener a Hamlet a treinta centímetros de donde uno reposa es como un talismán para el lector empedernido —sospecho que, sobre todo, para el escritor-lector—, incluso si el libro permaneciera cerrado.

La relectura como ritual es siempre una confirmación, puesto que quien ha conseguido esas alturas no precisa de más experimento que atisbar, en cinco o seis páginas cada día, las briznas que lleva el aliento de aquello por lo que, finalmente, se dejó domesticar. En espera de ese estado que está hecho parejamente de modestia y de sospecha, releo todavía imaginando que algo se me ha escapado de la lectura anterior. Releo, claro, lo que a mi parecer lo requiere, pero gracias a Dios aún siento que la relectura sugiere una brecha allí donde la primera vez se suspendía toda ramificación. Interpretar es, por supuesto, una convención, pero hay que practicarla sin prejuicios.

De modo que planifiqué un retorno a Al cielo sometidos, de Reynaldo González, seguro de encontrar otras combinaciones en sus páginas, otras continuidades escapadas a mis ojos la primera vez. Necesitados de catalogar, hemos dicho que se trata de una novela histórica, lo que no es errado, pero habría que precisar. Se trata, efectivamente, de una etapa concreta, revuelta y decisiva en la historia del mundo, pero en una novela, por mayor que sea su coletilla de histórica, no hay por qué acatar a pie juntillas cada episodio de las versiones oficiales. Este es un libro que se encara con la historia, que la somete a unos cuantos emplazamientos, así como se encara con el melodrama, con la tragedia, con la tradición picaresca y con el lenguaje.

Conocemos su argumento: Antonio el de Ávila, ladrón de un dedo menos, y Antonio el de Extremadura, saco de resabios y malos agüeros, se acogen a un burdel en las afueras de Palos, en espera de que Cristóbal Colón ordene zarpar a las Indias. A ese burdel vienen, y de él parten, los grandes sucesos de Al cielo sometidos, que son los hechos de la España preimperial vistos por la plebe, por ciertos caballeros de nariz perruna y en alguna medida también, por quienes los precipitaron. Los hechos y lo que generaron, sobre todo el miedo, y otras distorsiones de la conciencia.

Habría que sopesar muy bien los significados de esta novela, buscar sus trampas, su lado altanero. La eventualidad de que sus héroes sean dos pillos cuyo fin más elevado es, según propia declaración, granjear el bocado y seguir camino, pudiera hacernos encallar en cierta disposición irónica, en una idea de género que resultaría, ella sí, licenciosa, puesto que nos obligaría a distraernos, a perder la oportunidad de siquiera vislumbrar —para decirlo con una fórmula de Northrop Frye— la cantidad de patrones convergentes de significado con que este libro acierta. Podemos, sin temor a la petulancia, pensar en una sinfonía en la que historia, leyes, moral y costumbres se dejan manipular al único nivel en el que, tratándose de una novela, resulta auténtico: el nivel del lenguaje. Estoy por creer que pocos novelistas cubanos han conseguido el permanente estado de tensión lingüística que se da en Al cielo sometidos, así como su lógica maleable en el plano argumental, cuyo desenvolvimiento es espléndido y de un raro clasicismo, como si aquí todo estuviera, con pleno propósito, al borde de. Al borde porque tensa, no porque escapa.

No es raro que llamemos barroco al discurso florecido, un tanto acalorado, sinuoso, incansable, sin reparar en lo que nombra. Reynaldo González nos recuerda que lo barroco es más bien la exaltación de los sentidos, todos a un tiempo y en una gradación incisiva: la vista, el tacto, el olfato, el oído, el gusto, la presunción. Existe un estado barroco, lo cual no siempre se explica con ese tosco acaparamiento lingüístico de algunos prosistas, porque el barroco es, sobre todo, un cambio de posicionamiento.

Sentidos y presunción serán dos constantes en Al cielo sometidos, dos velas dispuestas a inflamarse como reacción a la necesidad y al Poder. Los dos Antonio, capaces de razonar sus bellaquerías, digamos que de conceptualizarlas, componen, gracias a una sarcástica simetría bilateral, al paria más que al buscón, al perseguido por (su) naturaleza. Más consentidos que Compadre Uno y Compadre Dos, tienen en ellos una especie de advertencia, de reflejo fatal al que no pueden menos que ser fieles. La Reina y Doña Remigia, los Antonios y los compadres, Abundio Centellar y el Hidalgo, el prostíbulo y el mundo son pares simbólicos, por oposición unos, por reflejo los otros, como pares serán la Inquisición y la libertad y también los dos mundos geográficos que, a fines del siglo XV, están a punto del embate más que del encuentro. Según la efectiva metáfora del burdel como reflejo o torcida glosa del mundo, no sería difícil columbrar en Doña Remigia otra metáfora, la de la mater España. Se trata de esa España masona, judía y cristiana de la que nos habla todavía Joaquín Sabina, cómplice, pagana y moruna, blasfema y sacramental: tormento redentor, todo ello concentrado en uno de los personajes de más nítido dibujo de este libro, como nítido lo es el de esa Reina de menguados protocolos, impetuosa y diversionista.

El burdel, Doña Remigia, las Niñas putas y los Antonio son la veleta de un permanente debate implícito acerca del pecado. “La culpa nunca debe ser puesta en duda”, proclama un oficial en La colonia penitenciaria, y lo que en Kafka es pacto con el absurdo aquí cobra vibraciones más de política que de fe, más de hipocresía que de mesura. La irónica oposición sinceridad-pecado se convierte en una de las más brillantes provocaciones de Al cielo sometidos, y es uno de los filamentos que se despliegan a través de la ficción hasta esta realidad vital. Otro es el de la historia como faja de las individualidades, como la gran desechadora de lo pequeño. Digo historia y no devenir, puesto que me refiero al devenir catalizado por el poder, el dogma y la política.

Lo que sucede —aleccionaba Miguel de Unamuno a Rubén Darío— es que usted trata de decir en español lo que en esta lengua jamás se ha dicho, ni puede serlo. Homo, que no Deus, olvidaba el ilustre a Quevedo, a Góngora, a Sor Juana Inés de la Cruz y a su bien conocido José Martí. Reynaldo González tiene que saber que sobre el hombre todo está dicho, pero sabe además que hay que decirlo de modo que parezca una revelación. Eso me parece Al cielo sometidos, gracias a su argumento, su lenguaje y su sentido novelístico. Por ese gallardo entrecruzarse de voces, de hipótesis, de gestos culturales; por ese careo con la tradición, más sobrio cuando más prolijo parece.