El futuro de la poesía es inmenso, porque en la poesía,
cuando ésta es digna de sus altos destinos,
hallará nuestra especie, a medida que el tiempo pase,
un apoyo cada vez más seguro. No hay un credo
que no se haya bamboleado,
ni un dogma acreditado que no se haya bamboleado,
ni una tradición recibida que no amenace
disolverse.
MATTHEW ARNOLD (1822-1888)I
Al poema “Eternoretornógrafo” de Luis Rogelio Nogueras, fechado en La Habana el 6 de marzo de 1969, siempre lo he tenido entre mis favoritos de Wichy y entre los que me gustaría leer en cualquier panorama de la poesía cubana. Esos versos resumen, mejor que estas palabras introductorias, el espíritu del presente libro de Gustavo Pereira, que le rinde tributo a la condición y oficio del poeta: Hasta que el hombre de Pekín, en la húmeda caverna de/ Chou Tien/ viendo arder lentamente sobre las brasas el anca de un/ venado, / gruñó los versos que le gritaba desde el futuro/ un joven poeta que murmuraba cerrando un libro/ de Apollinaire.
Pereira en sus textos nos ayuda a imaginar al hacedor de versos como un personaje principal de nuestra lectura. Y a concebir la poesía como algo al mismo tiempo íntimo y compartido, donde el tiempo remoto y el presente inmediato confluyen en el asombro y la complicidad del lector. Cada palabra del poeta persigue, no importa si “a plena voz” o como “una conversación en la penumbra”, la expresión y el ámbito en que él y el interlocutor desconocido (¿desconocido?) son cautivos de ese lenguaje, ese diálogo integrador y esa condición perturbadora que es la poesía, no importa dónde ni cuándo.
Uno de los varios acercamientos que se propone la presente selección es, más allá de fronteras y épocas, de territorios y circunstancias sociales, mostrarnos los vasos comunicantes y lugares comunes (“poetas comunicantes” llamaría Benedetti) que registra el lenguaje metafórico, y la función del poeta desde la más remota estrofa.
Rubén Darío en Los raros abordó en breves e inolvidables textos a autores tan disímiles como José Martí y Leconte de Lisle, cercanos en ese “desvivir” y “desnacer” que encontramos al cruzar las riberas del tiempo para contar la historia iluminada de la poesía. Alguien tan cercano a Darío como el venezolano Rufino Blanco Fombona, cuya letra y existencia corrieron parejamente heréticas, nos propuso en su Diario de mi vida:
Acabo de escribir versos en los cuales he querido expresar que la poesía está en la vida, y no en las canciones; en lo que otros llaman prosa y no en lo que otros llaman poesía. En la vida de todo hombre superior, en lo que él hace, piensa, goza y sufre; en sus emociones, en sus ambiciones, en sus ideas, y sobre todo en sus actos hay poesía, si es verdaderamente ser de excepción.
Del poema en cuestión recuerdo estas líneas: “El mejor poema es el de la vida: / de un piano en la noche la nota perdida…”
La literatura en sus potencialidades, como la cultura en general, nos da los recursos para ayudarnos a sobreponer cada período crítico de la sociedad, trascendiéndolo. Y esas reservas nos ayudan a compartir lo hermoso, lo terrenal, lo sobrenatural, con la herejía, la rebeldía, la crítica, y todo contra el dogma y a favor, aun desde el pozo de la angustia, del mejoramiento humano.
II
Nacido en Punta de Piedras, Isla de Margarita, estado de Nueva Esparta, con casi medio siglo de quehaceres como poeta, ensayista, crítico, profesor y editor; con una veintena de títulos que incluyen poemarios, antologías de versos, y libros de prosa que se agradecen tanto como su conocida Historias del Paraíso, Gustavo Pereira es una de las voces más genuinas de la literatura venezolana contemporánea. Su vocación de escritor consecuente es una constante en su trayectoria profesional, ciudadana, y esa angustia compartida es la matriz de su literatura.
Esta compilación de breves ¿ensayos, crónicas, artículos?, tiene su origen en una sección fija que el autor tuvo algún tiempo en el diario El Nacional de Venezuela con el provocador nombre de “Poesía cabeza abajo”. Recopilación de notas, apuntes donde la escritura nos descubre la médula de la poesía, el trabajo y el oficio del poeta.
Ese deambular, volver y reencontrarse del texto poético, en cualquier lengua y época, cruzando mapas insospechados, repitiéndose y diferenciándose; esa exploración de la palabra única desde el alma y la voz única, acompañando oficios y contradicciones, rebeldías y plegarias, son los puentes que compartirá el lector con las sucesivas lecturas que le proponemos. Y todo indisolublemente mezclado desde la soledad del poeta (con la condición social implícita en todo creador, otra de las claves sobre las que el autor quiere dialogar con nosotros). Compartir el errante espacio de las interrogantes del escritor, en el discurso dialógico de ficción y realidad, es compartir y recuperar el paradigma emancipatorio de la literatura.
Walter Benjamín dijo que un libro puede esperar mil años sin ser leído hasta que aparece el lector correcto. Los poetas aquí reunidos han tenido la paciencia de siglos para esperar por su lector, en un libro pensado tanto para el interlocutor iniciado como para el debutante en los códigos del poema.
Juan Carlos Santaella comentaría en el suplemento Papel Literario de El Nacional, que El peor de los oficios es un acercamiento “iconoclasta, irónico, que representa el hecho poético como actividad arriesgada del espíritu”. Y añadiría sobre “este oficio que, como la prostitución, sus orígenes son antiguos y placenteros”; y agregaríamos, que igual de los peor pagados y considerados, que es mucho decir.
¿Nos espera un milenio donde el misterio y la sensibilidad están desterrados? A ese posible destino se opone este libro de “ensayos quebrados” (me gustaría llamarlos así por su brevedad), que nos enseñan cómo la poesía puede ser noble y suave, clara y punzante, despedazada por los ecos de cada tragedia nacional y cotidiana, cada guerra, cada diáspora, cada insulto al hombre, cada capital feroz (megalópolis o fortuna), cada árbol sin vida, cada soberbia máxima que se alimenta del poder o la riqueza.
Gustavo Pereira ha sido totalmente transparente en sus intenciones, que armonizan con su vocación humana: “la injusticia social es, ante todo, el peor de los males humanos, puesto que permite reinar a la muerte. La poesía es, como se sabe, el reino de la vida”. “[…]toda cosa o criatura que habite o viva en el universo sobrepuesta a su propia consumación, henchida de germinaciones, todo estallido o iluminación en un cuerpo consciente […] también parte o esencia de esa rara melancolía y esa pródiga alegría íntima que muchos llaman poesía, pero que acaso no sea más que la desconocida e inalcanzable región de un sueño que los hombres hemos inventado para reinar sobre la muerte”.
Cada día se lee el texto sobre el texto, y así sucesivamente, sin llegar al texto original, pues la poesía está hecha de silencio y misterio, y no de la banalización del ruido y el falso conocimiento.
En el prólogo al excelente libro de Pereira Costado indio, Maritza Jiménez expresa sobre El peor de los oficios: “especie de ‘historia no oficial` de la poesía, donde nos entrega sus preocupaciones y reflexiones por etapas, zonas y nombres escasamente abordados en los estudios poéticos occidentales”. Recorrer el imaginario de la poesía, desde sus orígenes sin dejar de incluir ninguna escuela o antepasado, más allá del canon impuesto por “nuestra lógica aristotélica, eurocentrista, y occidental”.
Aunque todos coinciden en llamarlos “ensayos breves” prefiero definirlos como apuntes para un mapa de la poesía universal. Las notas sobre los poetas precolombinos anuncian un libro posterior que dedicara a la poesía indígena venezolana, Costado indio, constituyendo el estudio de la temática aborigen la mayor pasión de Pereira como estudioso y divulgador de la cultura. Otro ejemplo es su apasionante trilogía Historias del Paraíso, visión de los vencidos que nos recuerda otros clásicos como Biografía del Caribe, de Germán Arciniegas, o De Cristóbal Colón a Fidel Castro, de Juan Bosch. De esos orígenes nos da Gustavo una de sus primeras lecciones: “pero si algo han demostrado los descendientes de los primeros pobladores de estas tierras es que la poesía es una praxis, vinculada a una forma de ver y de estar en el mundo con sagrado respeto”. Estos apuntes son, ante todo, un diálogo intenso y sin fronteras con la poesía.
Tal vez la definición que preferiría para estas viñetas que ahora presentamos al lector cubano es la que nos da José Balza: “ardorosas notas”. Y agrega el conocido escritor venezolano, “son homenajes a los poetas de todos los tiempos y de todas las lenguas. Aproximaciones al misterio de la vida que se convierte en palabras duraderas; interrogante a la soledad individual, siempre extendida o moviéndose dentro de una colectividad”. Y continúa: “aquellas notas y artículos, además, nos muestran no sólo la extensa información de Gustavo sobre poetas y artes poéticas, sino también su preferencia y, posiblemente, una manera indirecta de colocarse dentro del vórtice vital que es la poesía misma”.
En estas últimas palabras del comentario de Balza se encierra toda la intención de Pereira. Miniaturas que descubren la plenitud del hecho poético. Aproximaciones como ráfagas a la condición creativa, más allá de lo tangible. Sus estudios de doctorado sobre la influencia de los cronistas de Indias en la narrativa latinoamericana, son antecedentes naturales de los libros antes mencionados y de estas mismas páginas. El deslumbramiento por los orígenes de la palabra poética, siempre hermanada en la angustia carnal y estética: “[…] breves notas sobre poetas y poesía, no sólo pulsan algún rasgo biográfico de escritores remotos y actuales, sino que tratan de ahondar en un detalle técnico de la versificación y en los enlaces de éste con el entorno social y político de aquellos”.
Estas exploraciones convierten al lector en depositario de una voluntad declarada de que “el poeta sepa muy bien que otros escribieron esos versos por él”, como aprecia Balza.
Gustavo nos hace saber en su antología Poesía de bolsillo: “la poesía ha sido un largo camino hacia la otra conciencia, allí donde la existencia humana se descubre, redescubre y arriesga a plenitud [...] Porque la poesía no es sólo una referencia estética, sino también una fuerza moral”.
Esta notas son, igual que se propuso con sus “poemas breves” o “somaris”, “escaramuzas que pretenden conciliar […] la fugacidad del vivir, el humor, el extravío, la insensatez, la insubordinación y a veces, por qué no, un asomo de estremecimiento compartido”.
III
Mi generación agradeció la lectura de un hermoso libro de Jorge Zalamea que es antecedente inmediato de esta conspiración de Pereira, me refiero a La poesía ignorada y olvidada. Testimonio de que “el don de la poesía no tiene límite de espacio ni de tiempo”. La presente antología, como la aventura de Zalamea, también nos enseña que la poesía es más que la resultante del poeta y el lector, es la independencia del lenguaje, la palabra que se burla de su aparente creador y de su seguro receptor o posible “recreador”, al decir del maestro Eliseo Diego.
Compartimos con Gustavo esta interrogante: “¿Cómo ha podido sobrevivir la poesía a través de los siglos cuando con tanto denuedo se viene proclamando en todo tiempo su extinción?”. Los poetas fueron expulsados de la República de Platón. Y después fueron acusados de demoníacos, de inspirarse en Luzbel o de plagiarios, no sé si como secuestradores o copiadores, lo último sería imperdonable. Las citas del Chilam Balam, la canción araucana, el canto navajo o azteca, o el verso quechua, son clara muestra de la voluntad del autor de no renunciar al cordón umbilical de nuestros antepasados. Es una sucesión de culturas y épocas históricas que como anillos concéntricos contemplamos frente al corte de estas páginas.
Desde dos mil años antes de nuestra era, a partir del Imperio Medio egipcio, Lesbos, la primera antología china (Libro de los cantos) y sucesivas dinastías, Grecia, el Mediterráneo, la España romana, el célebre Catulo, la India, el gilgamesh, o el Nuevo Imperio egipcio, el poeta esquimal, las sagas nórdicas, el México antiguo, un proverbio bereber, o la poesía tuareg que en su hermosa caligrafía cuando quiere llamar hermano al amigo lo define con el cálido giro de “hijo de mi madre”, los árabes, el al-andalus, la poesía persa, los japoneses; transitando por la obra de los monjes del Medioevo, el Tibet, los poetas de la Comuna, Rimbaud, La Internacional, la vanguardia, Dadá, una excelente entrevista imaginaria a Maiakovski… con respuestas reales, Cendrars, Tzara, Pessoa, Ho Chi Minh con su espléndido Diario de la prisión, hasta los poetas de nuestra lengua, suman setenta textos, que no persiguen más que la modesta y noble misión de provocar en nosotros lecturas sucesivas.
Gustavo Pereira al llevarnos hasta el amnios de la historia de la poesía nos permite compartir aquello que María Zambrano llamó “sentir el tiempo correr hacia atrás como en un desnacer”; lo que nos enseña, ahora parafraseando a la Zambrano, “a morar en la poesía”.
El Vedado, septiembre del 2004.