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Juego (no tan) perfecto
EL béisbol en la más reciente cuentística cubana
Félix Julio Alfonso López , 11 de abril de 2006

PLAY BALL (UNA VEZ MÁS)


Aunque no ha disfrutado de toda la visibilidad que merece, pareciera que la relación entre el béisbol y la literatura en Cuba ha existido desde siempre. Es decir, desde que el béisbol entró furtivamente por el habanero muelle de Luz en forma de un bate y una pelota, guardados en el baúl del joven Nemesio Guilló, un día sin fecha del año 1864. Sin embargo, como los estudios culturales sobre el béisbol cubano pertenecen a una fecha demasiado reciente, habíamos ignorado durante más de un siglo aquella intensa y provocadora conexión, soslayando la decisiva influencia que tuvo el juego de pelota en buena parte de los literatos cubanos del siglo XIX, y aun del siglo XX.  Debo reconocer que fue el crítico y profesor de Yale, Roberto González Echevarría, quien primero señaló esta importante cuestión, en un texto revelador en más de un sentido. Me refiero a su brillante ensayo titulado “Literatura, baile y béisbol en el (último) fin de siglo cubano”.1

En este sugerente texto, que tributaría después a su monumental historia del béisbol cubano2, González Echevarria analiza los orígenes culturales del juego de pelota en la Isla y postula la tesis de que:

Deporte, baile y literatura se aliaban (…) en un momento decisivo de la historia de Cuba para, junto con el proceso político que había de llevar a la guerra de independencia en 1895, terminar de dar forma a la nacionalidad. No cabe duda de que la literatura, la música y el béisbol son los productos culturales cubanos de mayor prestigio y circulación internacional desde entonces, y que son componentes fundamentales ―y fundacionales― de la mitología nacional”.3

A diferencia de la política o la literatura, cuya condición de relatos centrales de la nacionalidad es evidente desde principios del siglo XIX, el béisbol aparece como un relato “periférico” que, junto al baile, la música o las comidas, comienzan a ser articuladores de lo nacional en el contexto del proceso modernizador que sigue al final de la Guerra de los Diez Años. Dejando a un lado la música, cuyos estrechos vínculos con el béisbol decimonónico no nos interesan ahora, ahí estaban para confirmar el hallazgo del autor de  La prole de Celestina los nombres de numerosos literatos afines al movimiento modernista,  cuyas firmas realzaban una enorme cantidad de publicaciones periódicas dedicadas a los sports y la literatura.

Figuras ilustres del Parnaso cubano como Julián del Casal, Bonifacio Byrne y Nicolás Heredia se tomaban muy en serio el moderno y gentil deporte; y para demostrarlo escribían artículos sobre la pelota y aparecían en los consejos de redacción de revistas y periódicos dedicados a difundir las bellas letras y el béisbol, junto a otros autores de segunda fila como Wenceslao Gálvez, Manuel Serafín Pichardo, Ignacio Sarachaga, José María de Quintana, Enrique Fontanills o Raimundo Cabrera. De hecho, continúa diciendo el crítico cubano: “sabemos hoy tanto sobre los orígenes del béisbol en Cuba (…) gracias a su estrecha relación con la literatura, que ha preservado la huella de su primitiva historia en revistas, crónicas, novelas y poemas”.4

Sin embargo, a partir de la segunda década del siglo XX esta tendencia va desapareciendo, y su explicación la encuentra  González Echevarría en las siguientes causas:

Después de la Belle epoque, o dicho en términos de la literatura hispanoamericana, del Modernismo, el béisbol perdió su íntima vinculación con la literatura. La pelota dejó de ser un deporte de jóvenes acaudalados y, en la medida que entró a formar parte de los mitos nacionales, dejó de considerarse una forma de asueto extranjera, con lo que perdió el atractivo de lo exótico. Pero, en tanto que elemento de la realidad cubana, siguió apareciendo esporádicamente en obras literarias, como la novela de Carlos Loveira Generales y doctores y la de Alejo Carpentier ¡Ecué-Yamba-Ó!”. 5

A continuación, el profesor de Yale se refiere a un puñado de “apariciones” del béisbol en la literatura cubana, hasta donde alcanzaba su conocimiento, y enumera las siguientes: los poemas de Nicolás Guillén “Tu no sabe inglé” y “Elegía por Martín Dihígo”; el texto de José Lezama Lima titulado originalmente “Sucesiva o las coordenadas habaneras, 3”; el poema de Roberto Fernández Retamar “Pio Tái” y las analogías sobre el lenguaje beisbolero que realiza Eliseo Alberto en su libro Informe contra mi mismo. 6

En el presente ensayo, pretendo abordar esta relación desde una nueva perspectiva, ofrecida por un conjunto de relatos contemporáneos que toman al juego de pelota como referente para reflexionar sobre temas de la realidad cubana actual, y que no atañen solo, ni siquiera principalmente, al béisbol. Entre más de veinte narraciones disponibles, he seleccionado menos de la mitad, pero es significativo que tan fecunda producción, en su mayor parte inédita hasta el presente, nos habla de un resurgimiento del tema beisbolero en la literatura insular, y una de sus novedades, en el orden formal,  radica en el desplazamiento del discurso de la poesía hacia la prosa. Si durante el siglo XIX y buena parte del XX, el verso fue el recurso privilegiado, y muchas veces  también manido,  para expresar las más variadas situaciones sociales o existenciales referidas al juego de pelota, asistimos a una preeminencia de la narrativa en el panorama actual.

Ello no significa que no se pueda realizar una buena selección de versos contemporáneos sobre béisbol, y ahí están los poemas de Emilio García Montiel o  el libro de José Antonio Taboada para demostrarlo, pero tengo la impresión de que el verso, por su brevedad y fuerza dramática extrema, no alcanza ya la misma eficacia de la prosa en el tratamiento de un juego como el béisbol, cuyas derivaciones sociales rebasan con creces la anécdota de los partidos. Con esto quiero decir que observo cierta tendencia descriptiva y didáctica en muchos poemas actuales sobre béisbol, lejos del tono épico o elegíaco de un Guillén o un Retamar. Otra cosa es que los buenos poetas ya no escriban sobre pelota o, como señala el relato de Enrique del Risco, que estamos viviendo en un mundo “posépico”, más atraído por la ironía, el desengaño y el desenfreno, que por la lírica de los homenajes.

Muchas cosas tienen en común estos relatos que, como en la consabida sentencia, se parecen más a su tiempo que a sus autores. Advierto en ellos, en primer lugar, una voluntad consciente de imbricar el juego de pelota con los problemas y conflictos más acuciantes de la sociedad cubana actual, incluyendo la extraña situación del béisbol cubano “amateur”7 en un mundo de competencias internacionales totalmente profesionalizado, y sus frecuentes deserciones hacia la pelota profesional. En segundo lugar, es notable el abandono de los tópicos más manoseados alrededor del béisbol como “deporte nacional” u otras alusiones de índole nacionalista, y su reivindicación como zona existencial, íntima, más ligada a los compromisos personales de cada uno que a las retóricas colectivas. Por supuesto, tratándose de relatos escritos en la Cuba de los 90, y más acá, abundan las referencias a la crisis de valores, el desencanto y el derrumbe de antiguas ilusiones.

Por un inevitable silogismo beisbolero, he escogido para esta exposición nueve cuentos, a manera de un juego completo, donde la literatura se juega el todo por el todo en su inefable pasión beisbolera.

 

VIII
Orestes Kindelán, El Tambor Mayor de la Conga santiaguera, era un receptor de mediocres facultades hasta que se consagró como el mayor jonronero en la historia del béisbol cubano de todos los tiempos. Su marca de 30 jonrones en la Serie Selectiva de 1986 está próxima a cumplir veinte años, y es el récord absoluto de vuelacercas en un torneo insular de primer nivel. Sus 487 jonrones, que pudieron ser más de 500 si un retiro apresurado y arbitrario no los hubiera cancelado, son una cifra demasiado lejana para cualquier bateador cubano en activo. Pero de Kindelán no solo se recuerdan sus jonrones, sino también su fuerte temperamento y su proverbial negativa a conceder entrevistas.

Alberto Garrido, en su relato “El hijo del Tambor Mayor”,  utiliza la figura del icono beisbolero para contar la anécdota de un niño desafortunado, hijo de un padre alcohólico y violento, y de una madre torturada por la vida.  Este Kindelán del relato no solo es el jugador favorito del niño, sino que se convierte, en la conversación con unos mataperros apodados Los Mellizos, en un ser mitológico en la mente del infante:

Los Mellizos cambiaban la voz para contarnos que en las noches de luna llena enterraban a niños acabados de nacer, porque nueve meses antes dos primos Kindelanes se habían puesto a hacer cositas y allí estaba el escarmiento, un rabito enroscado en el recién nacido. Tenían que enterrar a los fenómenos y taparles los ojos con tierra de cementerio antes que el sol les alumbrara la cara. Los Mellizos me habían dormido con el cuento de los fenómenos y el apellido, porque la verdad es que Kindelán era el Tambor Mayor, y menos mal que no nació con un rabito enroscado.

Pero para el padre, perteneciente a otra generación y con unos horizontes deportivos que se extendían más allá de las fronteras de la Isla, el mejor bateador no era Kindelán, sino Rafael Palmeiro, un zurdo que jugó durante años para los Orioles de Baltimore y los Rangers de Texas, y que en veinte temporadas (1986-2005) acumuló la cifra de 569 jonrones, entre los diez primeros de todos los tiempos en ese importante departamento. En este punto, la admiración por el pelotero sirve de leit motiv para un desplazamiento hacia el tópico de la imposibilidad que muchos aficionados cubanos padecen, de no poder seguir normalmente los acontecimientos del campeonato de béisbol de Las Grandes Ligas.

Recuerdo a mi padre dándole para acá y para allá a la agujita del radio Vef, buscando La voz de las Américas, con la oreja pegada, que seguro juegan los Marlins contra los Yanquis y los Marlins se van a sacar la espina aunque los Yanquis sean el mejor equipo de la Liga Americana. Pero después de muchos intentos mi padre es una bola de sudor, y no ha podido sintonizar el radio y lo tira y dice, se ve que el muy maldito es ruso; por eso no se coge ninguna emisora norteamericana, que en Rusia hasta los radios fueron comunistas y hubieran seguido siéndolo si el gordito calvo de la cagada en la frente no los hubiera puesto a cagar pinol. Y se veía que su rabia contra los comunistas y los aparatos rusos era porque no había podido oír su dichoso juego de Las Grandes Ligas y no sabía nada de su ídolo, Rafael Palmeiro.

Para el niño, sin embargo, si Palmeiro era el mejor pelotero de las Grandes Ligas,  Kindelán era el mejor del mundo, pues una tarde de domingo le había regalado, sin saberlo, un pequeño tesoro: una pelota que había traspasado los límites del estadio por uno de sus descomunales batazos. Su ilusión más íntima era la de tener un padre famoso y querido como Orestes Kindelán, en lugar de uno borracho y anónimo, al que:

Nunca lo llamarían por su nombre para que fuera a la caja de bateo. Nunca se escupiría las manos ni se arreglaría los guantes y la gorra. No metería una tiza por encima de tercera, ni se tiraría fuerte en jon para que el ampaya cantara seife. No se pondría en el conteo de tres y dos, ni miraría al pitcher con cara de ponla por ahí, pendejo. No la botaría por encima del techo del Guillermón, ni le daría la vuelta lentamente al cuadro con un puño levantado, bajo el trueno dulce de los aplausos.

Luego, la violencia explícita en este relato continúa, con una pelea entre los Mellizos y el muchacho, provocada por la necesidad de demostrar si aquellos mentían en lo relativo a su filiación con Kindelán, y si era cierto lo de los rabos enroscados de su descendencia. La prueba suprema de que uno de los dos bandos tenía la razón, era poder enseñar algún atributo relacionado con Kindelán que les perteneciera, y aquí el muchacho recurre a su pelota. Para que no quedaran dudas, falsifica la firma del pelotero y se autodedica la bola. Sin embargo, el desenlace de esta historia se complica cuando  la pelota golpea el auto de un hombre con cara de “jefe”, quien exige una compensación y provoca la desesperación de la madre. Esta termina pegándole fuego a la casa con el marido adentro y la escena final es de desolación y desamparo, juntándose la desgracia del muchacho con la pobre actuación de su ídolo:

y me acordé de la pelota del Kinde, el único regalo que me habían hecho en mucho tiempo, y uno de los policías le preguntó a un vecino que tenía un radio pegado a la oreja cómo estaba el juego, y el vecino escupió y dijo que las auras estaban perdiendo y, para colmo de males, al Tambor Mayor lo habían ponchado dos veces.

Garrido, en esta evocación desesperanzada, parece decirnos que a veces no basta con la “magia” protectora  del béisbol para evadir los problemas de la vida cotidiana. El refugio momentáneo en los placeres del juego, también puede traducirse en desgracia.

 

EXTRA INNING

Si algo tienen en común estos relatos, inspirados en el juego de pelota, es la representación paródica de una mitología que identifica al béisbol con las narrativas nacionalistas (no olvidemos que se trata de uno de los elementos fundamentales del arsenal simbólico de la Nación: es el pasatiempo o deporte nacional); el uso de la ironía y el carnaval para desacralizar ciertas zonas de la reproducción cultural del béisbol, y la presencia en ellos de un erotismo trasgresor, satírico, que pone en solfa estereotipos sociales muy arraigados, como el de la supuesta “hombría” de ese macho por definición que es el pelotero.

Este último punto, el de las (re)visiones del Eros desde el escenario beisbolero,  nos parece uno de los acercamientos más originales y provocadores posibles, pues se trata de abordar de manera alegre y desprejuiciada el machismo, los equívocos sexuales, el narcisismo y la homofobia, entre otros tópicos que rebasan los límites del estadio y se insertan en los pliegues más profundos del tejido social.

Otro asunto de enorme actualidad que abordan los narradores, es el que se refiere a la violencia en sus múltiples manifestaciones, social, individual  o familiar, que encuentra en el béisbol una capilaridad comunicante. En estos cuentos, por último, no hay aplausos, ni discursos cálidos, ni medallas olímpicas o mundiales. Tan solo quedan las sonrisas y el retintín de la pelota que retoza en el diamante, mientras el juego eterno, y su alter ego, la literatura, continúan…

 

La Víbora, diciembre de 2005

NOTAS

1 Roberto González Echevarría, “Literatura, baile y béisbol en el (último) fin de siglo cubano”, en Josefina Ludmer (Comp.), Las culturas de fin de siglo en América Latina, Rosario, Argentina, Beatriz Viterbo Editora, 1994, pp. 65-79. Este ensayo fue reproducido en la revista Encuentro de la cultura cubana, Madrid, 8/9, primavera/verano de 1998, pp. 30-42;  y antologado en el libro Crítica práctica/práctica crítica, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 2002, pp. 244-262.

2 Roberto González Echevarría, The Pride of Havana. A History of Cuban Baseball, New York/Oxford, Oxford University Press, 1999. La segunda edición en español de este libro, corregida y aumentada, lleva por título La gloria de Cuba. Una historia del béisbol en la Isla, Madrid, Editorial Colibrí, 2004.

3 Cito por: “Literatura, baile y béisbol en el (último) fin de siglo cubano”, Encuentro de la cultura cubana, Madrid, 8/9, primavera/verano de 1998, p. 31.

4 Ídem, p. 36. Entre estas publicaciones, que en su mayoría  incluían en su presentación el aviso de que se trataba de “órganos de sports y literatura”, tenemos las siguientes: La Habana elegante. (La Habana, 1883); El Fígaro. Semanario de sports y de literatura. (La Habana, 1885); El Sport. Semanario de sport y literatura. Órgano de la Liga General de Base Ball de al Isla de Cuba (La Habana, 1886); El Pitcher. Semanario de sport y literatura. Órgano oficial del Habana Base Ball Club. (La Habana, 1887); El Álbum. Semanario ilustrado. Órgano oficial del Liceo y del Matanzas Base Ball Club. (Matanzas, 1887); El Score. Semanario de sports y literatura. (La Habana, 1888); El Comiquito. Periódico de teatros, literatura, música, bellas artes y sports. (La Habana, 1899); El Petit Habana. Semanario de sports y literatura. (La Habana, 1900); El Petit Almendares. Semanario de sports y literatura. (La Habana, 1902); Arte y sport. Semanario ilustrado de sport y literatura. (Santiago de Cuba, 1902); La Cancha habanera. Semanario de sports y literatura. (La Habana, 1902); Cuba literaria. (Santiago de Cuba, 1905); Revista deportiva. Semanario ilustrado de sports y literatura. (La Habana, 1908) y Hojas cubanas. Revista de actualidades, literatura, arte y sports. (La Habana, 1913).Este registro hemerográfico no pretende ser exhaustivo, pues no hemos podido revisar otras publicaciones periódicas de provincias con gran tradición beisbolera, pero si resulta  representativo de un “espíritu de época” en que era original, atractiva y elegante la estética beisbolera —amén de sus implicaciones como narrativa política anticolonial—, y por tanto no eran casuales sus imbricaciones con la estética modernista.

5 Roberto González Echevarría, The Pride of Havana. Nota 5 al Capítulo 4, pp. 410-412. Cito por su traducción en La Gloria de Cuba, ob.cit., pp. 172-173.

6 Idem.

7 Me refiero al hecho, para muchos incomprensible, de que los jugadores estén adscritos a la nómina de un centro de trabajo y cobren por ello, dedicando la mayor parte de su tiempo a entrenarse y jugar béisbol.