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Entre Sinatra y yo
Algo pasó corriendo
Sigfredo Ariel , 04 de mayo de 2006

Para Eduardo Hernández

A los siete u ocho años tenía a mi entera disposición un tocadiscos marca Gilbert. Ningún otro aparato me ha aprovechado tanto, ni siquiera el ordenador. Jamás se ha vuelto a fabricar en el planeta equipo más resistente y agradecido. Mi Gilbert era capaz de mejorar el sonido de la pasta más abyecta, de la grabación más antigua y rudimentaria. Era un noble animal. Y entre los primeros discos que cayeron definitivamente en mis manos, en un pintoresco grupo integrado por coplas españolas, Duke Ellington, 101 Strings, Libertad Lamarque cantando a María Greever, Leonard Pennario tocando a Schumman y a Arensky junto a un insufrible Carnival in Jamaica, Orlando Vallejo y Olga Guillot... estaban los de Frank Sinatra.

En la sombría portada de No one cares, aparecía el hombre acodado en la barra de un bar ante su vaso de whisky a medio consumir, con cara de preocupación, el sombrero puesto, como acabado de llegar de la calle o del desierto. Mi padre decía invariablemente al verlo: “Ese es el hombre del brazo de oro. Lo vi una vez, ahí en la calle 21. Estaba como desorientado. También vi a George Raft, en la puerta del Casino del Capri lanzando al aire una moneda, como hace siempre en las películas. Llevaba unos zapatos especiales de grandes tacones que lo hacían ganar algunas pulgadas. Lanzaba la moneda y la capturaba con una sola mano...”.

En una vieja revista O’Cruzeiro, sorprendí el esplendor del Capri. Era un reportaje repleto de fotografías. Allí triunfaba en 1960 la descomunal Freddy, quien no sólo “cantaba boleros”, sino también algunas canciones americanas a las que alguien había puesto descabelladas letras en español. Night and Day, de Cole Porter, por ejemplo, era trasladada al castellano por Freddy con profusión de tímpanis y saxofones y no con una muchedumbre de violines, como nos parecía más justo: “como los tambores que se oyen en la selva resonar, como el tic tac del reloj que cuenta las horas al pasar, como el repicar de la lluvia en un techo de metal, una voz muy queda me repite “tú, tú, tú...”. Prefería no comprender media palabra.

Los discos de Freddy eran pequeños, de 45 revoluciones, con el centro de papel rojo impreso en plata. Ella cantaba también (entre Bésame mucho, Noche de ronda y Tengo, de Marta Valdés) The man I love de George Gershwin; el mismo buen señor que había compuesto algunas melancólicas baladas que yo le escuchaba cantar a Sinatra sin cesar. En especial me gustaba Embreceable you. Durante mucho tiempo aquella música fue la clara figuración de la dureza del destino y el sentido trágico que debía tener de seguro la vida. Una especie de profecía. El grave piano solo sobre las cuerdas palpitantes narraba una desventura sentimental de proporciones enormes: la secreta catástrofe del corazón solitario de Sinatra.

Reconocí Embreceable you una tarde, a la vuelta de la escuela, en una película que narraba (o pretendía narrar) la vida de Gershwin. Aquel viejo melodrama de la Warner fue una de las primeras grandes conmociones que me produjo el cine. Es decir, «Cine del Hogar» del Canal 2. Para mi fortuna, en los años setentas la televisión repetía con frecuencia las mismas películas. Comencé a rastrear, disco por disco, las canciones de Gershwin. Encontré montones. Con ellas, otras que cantaba Frank. Omara Portuondo hacía “lo suyo” con mi preferida Old Black Magic, convertida en una enloquecida Magia negra (tu voz es como el eco de un bongó que me domina como una obsesión), la orquesta Riverside se atrevía con St. Louis Blues, la Guillot con Stormy Weather (Lluvia gris), Fernando Albuerne con Ebb Tide (escuchad el vaivén de las olas del mar…mi bien) y Orlando Vallejo con Stranger in Paradise y My Reverie, bautizado como Embeleso de amor…).
 
De mi infancia sale Frank Sinatra en tremendos I’ll never smile again, Body and soul, East of the sun (con Benny Goodman) y Try a little tenderness...jeroglíficos que descifraba a trechos con la ayuda de un diccionario milagroso, el Cuyás Appleton’s: No volveré a sonreír, Cuerpo y alma, Al este del sol, Intenta una pequeña ternura. Más que traducir, imaginaba. Por ese camino llegaron Woody Herman, Stan Kenton con June Allinson, los Dorsey, Eddie Duchin (que transformó un estudio de Chopin en algo llamado My Twilight Dream) y Erroll Gardner, (quien hizo lo propio con el Concierto 2 de Rachmaninov) y otra gente del jazz de la que nunca he vuelto a saber nada. La familia mostraba una naturalidad pasmosa al ver cómo me adentraba en aquellos espejismos. No me lo explico aún. Vivía dentro de los discos. Entré en la adolescencia metido en una burbuja que nadie podía franquear, salvo los muy contados que compartieran con tal intensidad aquella fiebre fonográfica, aquel escarbar en lo que parecían yacimientos agotados. No me ocupaba de otra cosa. La distancia entre la bocina de Gilbert y yo prácticamente había desaparecido. Muchos de los poemas que he escrito están mezclados con aquellas líneas de letras o títulos de canciones que podía o creía comprender, frases aisladas que enhebra una oscuridad, hilera de dos o tres palabras que buscan de dónde y de quién agarrarse, una sensación, un tono, un punto extirpado de la narración para recomenzar una narración "otra".

En una tanda de medianoche del teatro Villaclara vi la primera película de Sinatra. La copia misteriosamente había reducido su gama de colores a dos tonalidades, caprichos del Metrocolor: todo era verde sucio o de color ladrillo. Era Some came running, una desmesura total. “Algo pasó corriendo”, saqué en claro del título con el puntual auxilio del Appleton’s. No había título mejor, aunque no fuese demasiado sonoro. Se lo comenté a mi padre, quien desaprobaba que el nuestro Frank hubiese ido a pelear a Corea antes de regresar al diminuto pueblo donde conocería a la descocada Shirley. No sé cómo ponen eso aquí, dijo mi padre encendiendo su breva. Además, lo peor era que Sinatra no cantaba en la película. Cantaba Shirley Mac Laine, poco y mal, borracha, en un club de mala muerte para tratar de olvidar que su héroe acababa de comprometerse con la maestra del pueblo. Al cabo de media hora caía abatida por las balas de un chulo, en medio de un parque de diversiones y Frank quedaba inconsolable y otra vez desorientado. Algo había pasado corriendo. Todo cambiaba de signo repentinamente.

Mi padre releyó El padrino de Mario Puzo muchas veces. Jamás puso en duda que aquel cantante, Jimmy Fontana, era nuestro Frank en cuerpo y alma. Que todo era cierto. Los ajustados vínculos que existían entre La Voz y La Mafia estaban más que claros. El Padrino lo refrendaba. Por si fuera poco, recordaba haber visto en la prensa una fotografía comprometedora de Lucky Luciano y Sinatra en La Habana, hecho que le acarreó a La Voz serios inconvenientes ante la corte federal. Dijo por esa época a propósito de su larga amistad con capos famosos: “Los bares no eran administrados por los hermanos cristianos… Yo era un muchacho. Trabajaba en los sitios que estuvieran abiertos. Te pagaban y en el banco no te devolvían los cheques, eso es todo.” Demasiada llaneza para un hombre como mi padre. Escucha cantar una balada al cínico, atentamente, sonriendo leve: “es un tremendo cabrón, pero es el más grande”.

Habían sido célebres y envidiados, claro, sus amores con Ava Gardner, Judy Garland, Marilyn Monroe, Lauren Bacall, Mia Farrow antes de que se «llamara al buen vivir» y su amistad con Sammy Davis Jr., Dean Martin y Peter Lawford le valiera una alegre reputación de payaso. Pero su premio Oscar y sus Grammys, cuando ya no era un principiante ni mucho menos, levantó permanentemente la moral de muchos cincuentones. Como mi padre.

En las estaciones de radio en que trabajé encontré “maravillas”. Sus primeras grabaciones, cuando parecía un niño huérfano. Hallaba el modo de incluirlo en todo tipo de programa que escribía, encontraba un pretexto cualquiera, aún cuando los espacios estuviesen dedicados a un “público joven”. Lo traía por los pelos. Mis jefes decían llenos de buenas intenciones: “no hay por qué programarlo con tanta frecuencia, tú sabes…” Y el tú sabes tenía una determinada hondura. No estaban lejanos los días en que Frank había figurado en cierta lista negra de quienes no debían salir al aire. Hubo emisoras en que los discos de jazz fueron inutilizados para siempre rayándolos con un clavo, por ser “música del enemigo”. Supongo que el enemigo no era en el fondo otro que el viejo jazz, capaz de alimentar desmesuras en contra o a favor en todas las épocas y algunos, aprovecharon la cruzada para enfilarle los cañones. Más tarde, la lista negra se contrajo notablemente y el jazz, como siempre, encontró la manera de asomar el hocico.

A menudo las prohibiciones de difusión lindaron el ridículo. Llegué a ver algunos discos rayados a propósito en varias emisoras. No totalmente, sino en los surcos que correspondían a autores e intérpretes inconvenientes o letras que simplemente “no se ajustaban a nuestra realidad”. Dos ejemplos: Enferma del alma, de Otilio Portal por Pacho Alonso y Don Galaor, un danzón de Romeu por Barbarito Diez. Nadie me lo contó.

Gracias al más apasionado fanático de La Voz que haya nacido en tierra cubana, Jaime Almirall, escuché en un estudio de Radio Progreso el por entonces «último» disco de Sinatra L.A. is my Lady (1984), respaldado por una vibrante big band digna de mejores días. Jaime sacó como un gran tesoro sus escobillas de drums que guardaba desde que había sido, por muy corto tiempo, baterista de la orquesta del maestro Mulens y “tocó” sobre una mesa mientras duró el disco. Me recuerdo haciendo un lastimoso scat sobre la voz de Sinatra en Mack the Knife animado por el vino dulce o algún otro brebaje barato, ajenjo nacional, por ejemplo, que se compraba enfrente, en el café Las Vegas. Fue una última gran emoción, por llamarlo de algún modo.

Las colecciones de dúos, Duets, en los noventa, eran técnicamente prodigiosas, pero faltas de arranque. El hombre está demasiado preocupado por lucir bien. El I’ve got a crush on you con Streisand no deja de ser una respetuosa caricatura del original de 1960. De cualquier modo es una canción de Gershwin. Muchos de mi edad y más jóvenes descubrieron al viejo Ojos Azules con Bono, con Gloria Estefan, con el inefable Julio Iglesias. Y de paso a Lena Horne y al amelcochado Tony Benett. Para eso sirven, me dije con una sonrisa torcida, de perdonavidas. Luego, el disco homenaje por sus ochenta años contiene un My Way con el obeso Pavarotti, que es, sobre todo, una muestra circense de resistencia casi inconcebible.

Gracias a los compactos reencontré mis viejas canciones, remasterizadas. Les extrañé enseguida el ruido de la aguja en las estrías y cierto empaste nasal que ahora contrasta con el brillo de metales y cuerdas situados con perfección en el hueco (o los huecos) del oído. Pero La Voz queda algo distante, como en un valle, no sé cómo explicarlo, en cierta lejanía. La gente me regala, me muestra, compilaciones Columbia, Capitol, Reprise, Víctor... Tal vez hay demasiado dónde escoger. En los versos de las canciones impresos en plegables de colores, letra a letra, no hay mucho que imaginar, diccionario mediante. Quien quiera podrá acceder al mundo-Sinatra con toda suerte de facilidades. Los viejos long playings son descoyuntados una y otra vez en infinitas series de Grandes Éxitos. Sean felices en Frankilandia.

Los tocadiscos que tuve, se perdieron hace años en sucesivos cuartos de alquiler. No me gustan como antes las baladas sentimentales ni las películas viejas. «Cine del Hogar», o como se llame hoy, me resulta más bien deprimente. Algo pasó corriendo entre nosotros a toda velocidad. A los pocos días de haber comenzado el año 1998, de pronto, ni Frank Sinatra ni mi padre existían ya sobre este mundo.

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