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Un sábado con la poesía de Luisa Oneida Landín
Lázaro Zamora , 17 de abril de 2006

Cada día me convenzo más de que La Habana es una ciudad de poetas. Quien lo dude solo debe darse una vuelta por sus instalaciones culturales y los verá ahí reunidos, rindiéndole culto a la poesía sin importarles la lluvia, el calor, el apagón o la falta de transporte. Esa devoción en medio de los rigores de la vida cotidiana no puede menos que causar asombro.

El Ateneo Cervantes es uno de esos sitios preferidos por los poetas de la capital. Su céntrica ubicación -Obispo y Bernaza, justo frente a La moderna poesía-, sus múltiples espacios -librería, biblioteca, promoción literaria-, las adecuadas condiciones materiales y el empeño de su personal lo han hecho posible. Precisamente allí se realizó el pasado sábado, 8 de abril, el lanzamiento del más reciente poemario de la poetisa Luisa Oneida Landín: La Habana tiene más de un jueves.

Conocí a Luisa Oneida en el año 2001, cuando coincidimos en el jurado de una de las ediciones del concurso Juan Francisco Manzano. Desde entonces hemos cultivado una amistad casi exclusivamente telefónica pero muy cálida, en la que la literatura es uno de los temas obligados. Gracias a esa amistad he podido leer muchos poemas suyos antes de ser publicados, entre ellos los que conforman el poemario que acaba de ver la luz bajo el sello de Ediciones Extramuros después de tres años de espera.

La poesía es una de las grandes pasiones de Oneida, otra es La Habana. Ambas han venido a darse cita en La Habana tiene más de un jueves. La Habana ha sido, desde su fundación motivo de inspiración de músicos, pintores y escritores. Nuestros grandes líricos de todos los tiempos le han dedicado poemas llenos de verdadera devoción, y los novelistas, cediendo a su encanto, la han convertido en escenario de muchas de sus mejores obras. Sin embargo, en buena parte de los libros publicados a partir de los 90 este amor se quebranta: la ciudad que reflejan no es ya la mítica urbe que seduce y se hace querer, sino La Habana de sus ruinas y sus miasmas, la de sus grietas y pesadillas, la que se sufre.

La ciudad que describen los versos de Oneida no escapa a esa devastación (en esta ciudad marchitan mejillas y paredes. / un derrumbe es noticia de algún sitio); sin embargo, su mirada no se detiene en esas cicatrices, signos de lo aparencial y transitorio, sino que va en pos de algo más esencial para ella, como atestigua el verso que sigue a los ya citados: pero vuelan mariposas entre jardines y basureros. Esta urgencia de hallar la poesía en cada rincón del paisaje citadino, incluso tras lo escatológico, es uno de los rasgos distintivos del cuaderno. Es, para decirlo de otra manera, un intento de trascender lo puramente físico y lograr el encuentro con el espíritu de la ciudad, espíritu que se visibiliza a partir de una perspectiva vivencial, íntima, del sujeto poético. En cada poema hay una calle, una esquina, un rincón reconocible; pero también un recuerdo, un fragmento de la vida que ha quedado apresado en el lugar. De este modo se construye la memoria, se fijan las coordenadas de la existencia ante la amenaza de su fugacidad. La ciudad deviene así, como dice la nota de contracubierta, “testigo del amor y el desamor, del tiempo y de la nostalgia”.

Para el poeta y periodista Pedro Péglez, uno de los presentadores del libro, La Habana “es además esa urbe-mujer que nos descubre la poetisa, sin miedo a desnudar su propia sufriente magnitud pero con la necesaria contención para salvarse y salvarnos de las estridencias”.

Según el poeta Ramón Elías Laffita, quien también quiso decir unas palabras de elogio, “lo válido y sustanciador de La Habana tiene más de un jueves está en cómo, desde una perspectiva intimista, la poeta logra apropiarse de lo citadino para ofrecernos un mundo complejo donde la propia ciudad se teje y desteje por obra y gracia de la existencia”.

Cuarenta y siete textos conforman el cuaderno, presididos por unos versos de Pablo Armando Fernández: Ciudades, ¿quién borrará / mis pasos, mis asombros? Las tres fotografías que se incluyen, en diálogo con algunos de los poemas, son obra del artista Adonis Díaz Hernández, mientras que el mérito por el acertado diseño de cubierta -un trabajo a partir del propio rostro de la autora- le corresponde a Rosalina García.

Generalmente son los autores los primeros en advertir las pifias del trabajo de edición, las cuales se han convertido, al parecer, en un mal inevitable. Sin embargo, Luisa Oneida acaba de descubrir algo bien distinto después de revisar en varias oportunidades, texto por texto, el poemario: ¡ni una sola errata! Esto en gran medida se debe a la esmerada labor de Ramón Elías Laffita, según declararon los presentadores, quien, tal vez por su condición de poeta, conoce lo que significa el más mínimo descuido para ese verso trabajado hasta el desvelo.

Así que la autora tiene razones suficientes para estar contenta. “Este sábado ha sido una verdadera fiesta”, me comentó al final, cuando compartíamos con un grupo de colegas y amigos y celebrábamos el nacimiento del libro oyendo cantar a los trovadores -y también poetas- Alfredo Acosta y Julio Alberto Cumberbatch.

Semejantes alegrías quizás hayan borrado los sinsabores de los tres años de espera. Al menos era la impresión que irradiaba el rostro de la poetisa al despedirme de ella.