Muchas veces la palabra ‘ensayo’ nos espanta. Sabemos desde el inicio que enfrentaremos, en la lectura del volumen, muchas citas foráneas y pocas ideas originales, aunque en ocasiones el libro venga con el aval de algún premio o el prestigio académico de sus autores. Sin embargo, en algunos momentos aparece otra mirada, un gesto trasgresor del escritor informado y capaz de documentar sus tesis con otros referentes: citas al margen que hablan ante los ojos del lector y la lectora de la erudición y actualidad del pensamiento del autor, avales que cada día resultan más innecesarios. Así, nos encontramos con ensayos que, desde sus orígenes, se estructuran más allá de los límites del canon.
Uno de esos cuadernos ha nacido gracias al ingenio y la lucidez del periodista y escritor Rafael Grillo, quien ahora engrosa la nómina de El Caimán Barbudo y, en estos tiempos postmodernos —quizás un poco más allá del post… en una renovación de sus propios paradigmas—, busca otro lenguaje y se apropia de acercamientos más originales a los autores y libros que enjuicia. Desde el ejercicio del criterio —siempre sale la oreja de Martí en cada oficio—, muestra su capacidad de análisis y la síntesis que enseña la poética del ensayista, nunca un cero a la izquierda.
Así apareció Ecos en el laberinto, publicado por Ediciones Extramuros en el 2005, sello editorial que no sólo cumple la normativa de la risograff de dar a conocer a los noveles autores municipales, sino que busca que en su catálogo aparezcan títulos de interés, más allá del mercadeo o el compromiso del plan editorial.
Rafael Grillo es el responsable de este acierto cuando nos lleva a un recorrido por textos de Poe, Crusoe, Chesterton, Eliseo Diego, Foucault, Amir Valle, los antiguos helenos que siempre son excelentes protagonistas de toda historia literaria —¡Dios nos salve de la cólera de Aquiles, y también de las lágrimas de Patroclo!—, así como cuando se lanza a la polémica desde una mirada irreverente entre las sanguíneas viudas del uruguayo-cubano Daniel Chavarría y el bestseller de Dan Brown —¿cuál otro podría ser que El Código Da Vinci?—. Uno de los momentos más ingeniosos del volumen —y también más exitosos, si en esos términos hablamos— es el de la entrevista apócrifa que sostiene el autor-periodista con Juan Carlos Onetti.
Como apunté, algo está sucediendo en el llamado género del ensayo. Hay gente, como Guillermo Rodríguez Rivera, que se lanza por el sendero de la mar, sin más apoyo que la opinión propia, y el aval de sus reflexiones personales. Y ahora este amigo nuestro, verdaderamente lúdrico en su vuelo, nos invita a recontextualizar obras y autores, a descubrir las secuencias de una letra en la otra, a seguir el curso de la intertextualidad, para perdernos en el laberinto de la escritura, como él, donde el ejercicio de la meditación se encabalga con el juego explícito de la ficción, para producir la lógica ruptura, en beneficio del placer de leer. Gracias a las once mil vírgenes —digo, si es que logramos encontrar a alguna por estas calles de La Habana, mientras las amazonas se vuelven a insubordinar y descienden desde el Indo, o abandonan el Egeo para blandir aceros en medio de este trópico—.