Qué sucede cuando el lector lee en el Indio Naborí su confesión de que entre el poeta juglar y el poeta de letras no hay ni oposición ni contradicción? ¿Qué sucede en el lector cuando Roberto Valera descubre lo que hay de personal tras la creación de su pieza coral Iré a Santiago? ¿Y qué cuando lee, de la mano de Ticio Escobar, que “el concepto de arte basado en la antinomia forma/contenido ya no puede sostenerse”? ¿Y qué cuando de Fernando Martínez Heredia se traza, para presentarlo, una biografía intelectual —y personal—? ¿Y qué cuando el artista mexicano Juan Soriano no sólo fustiga el muralismo, como dogmático y fulminante, sino arremete contra las ondas destructivas del mercado de arte? ¿Y cuando Guillermo Rodríguez Rivera refuta a Norge Espinosa y a Fulleda León? ¿Y cuando Rendón reafirma que “no se canta en la soledad para la intimidad de un alma solita”, sino que “se canta en voz alta la historia del espíritu humano y de las luchas de los pueblos”?
No necesariamente tiene que suceder algo. Cada lector tiene ante sí —y en sí mismo— sus propias respuestas a los efectos que estas y otras confesiones, declaraciones, profesiones de fe —estética, poética, política— pueden surtir en la lectura de la primera entrega de La Gaceta de Cuba correspondiente a 2006.
Porque he hablado, en el primer párrafo, o me he referido sencillamente a siete de los textos medulares —pienso yo— que conforman el cuerpo de este número. Digo: “Jesús Orta Ruiz: Escudo y estrella”, entrevista de Yamil Díaz al recién fallecido poeta cubano, uno de los más importantes decimistas de la segunda mitad del siglo XX cubano; “Ya te puedes morir”, fragmentos de la clase magistral que el músico y profesor Roberto Valera presentara en el Instituto Superior de Arte cubano; “Zona en litigio”, del crítico Ticio Escobar; “La biografía oficial de Fernando Martínez Heredia”, de Julio César Guanche; “Carta para volver a pasar El Puente”, que le escribiera Rodríguez Rivera a La Gaceta como respuesta (crítica) a algunas consideraciones que se abordaron en el dossier “Re-pasar El Puente” —que la revista publicó en su cuarto número de 2005—; y “Marx, Rimbaud y la Comuna de París”, de Fernando Rendón.
Pero la médula, en definitiva, no lo es todo... La Gaceta no se levanta solamente sobre estas declaraciones, confesiones o declaraciones autorales “medulares”. Pienso, en primera instancia, en otros espacios de este número: el que se le dedica a los poemas de Sigfredo Álvarez, Ileana Álvarez y Luis Manuel Pérez Boitel; y el que ocupan los cuentos de Miguel Vanterpoll, Leandro Estupiñán y Evelyn Pérez.Los primeros provienen del Premio Julián del Casal de la UNEAC, y pertenecen a los libros que obtuvieron el primer lugar —“Born in Santa Clara”, de Sigfredo— y las menciones —“Escribir la noche”, de Ileana, y “Algo parecido a un ciprés”, de Luis Manuel—. Con todos ellos, al decir de otro Luis (Lorente), presentador de este pequeño adelanto en las páginas gaceteras, se muestra “la variedad y la diferencia del quehacer poético de los últimos tiempos en nuestro país”.
Pero los segundos textos, it est, los narrativos, son el accésit y las menciones del duodécimo Premio de Cuento La Gaceta de Cuba —cuyos cuentos ganador y becado se dieron a conocer en el último número de 2005—. Ahora son publicados, en el mismo orden en que mencioné a sus autores más arriba, “Cambio de luz”, “Tsunamis y mesas bufé” y “Ya no llores más”. Claro, ya estos no serán muestra de la variedad y diferencia... del quehacer cuentístico cubano. Sin embargo, son tres sugerentes propuestas narrativas que fueron muy bien valoradas por el jurado. Ya el lector coincidirá o no.
No voy a extender ahora estas palabras. Además de los diferentes textos, propuestas y hasta rutas que he acabado de esbozar, menciono otros textos. Posibles caminos de lectura para el lector
Unos giran en torno a la obra pictórica de El Monje, y la escultórica y también pictórica de Alberto Lescay; otros reflexionan sobre la supuesta superficialidad de la música New Age, o reseñan la puesta danzaria de María Antonia, a cargo del Conjunto Folklórico de Camagüey, y uno de los más recientes libros de Antón Arrufat: El hombre discursivo. Y, finalmente, también hay los que son ecos de sucesos acontecidos —felices unos, lamentables otros— fuera o dentro de la Isla: la entrega del Premio Cervantes al escritor mexicano Sergio Pitol y la entrega del Premio Nacional cubano de Artes Plásticas a Frémez; la inauguración de una exposición en la Biblioteca Nacional José Martí sobre la labor como editor del transterrado español Manuel Altolaguirre; y los fallecimientos del Indio Naborí —de quien la entrevista mencionada es, sin duda, homenaje póstumo—, el ilustrador y calígrafo Lázaro Enríquez —creador del cabezal de La Gaceta— y el dibujante y hombre de arte Constante Rapi Diego.
Y antes de que “El punto” cierre este número de la revista con un breve comentario de Nara Mansur sobre el Festival Internacional de Teatro de Oriente, organizado en la ciudad venezolana de Barcelona, estado de Anzoátegui, la sección de “Crítica” reseña: los libros La visita de la Infanta, de Reinaldo Montero, y Génesis de la poesía de José Martí, de Caridad Atencio; la interpretación de Viengsay Valdés en El lago de los cisnes; las puestas en escenas de La caperucita roja, versión de William Fuentes montada por Armando Morales, Caricias, del grupo Pinos Nuevos, y Tigre, de Teatro de la Fortaleza; la exposición Mundos, de Roberto Fabelo; y, por último, la teleserie Lo que me queda por vivir, dirigida por Mayté Vera, y la serie de aventuras El caballero del rey, dirigida por Rafael Acosta (ambas proyectadas recientemente por la televisión cubana).
