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Un escritor llamado Enrique Arredondo, en su Centenario 
Leonardo Depestre Catony , 05 de abril de 2006

El cómico por excelencia del teatro y la televisión, el hombre de los mil dicharachos y las mil poses, que hizo reír a varias generaciones de cubanos, cumple un siglo de nacido en La Habana este 2 de abril de 2006. Y aunque seguro estoy de que la fecha no pasará por alto, viene al caso recordarlo, además, como escritor, como autor de una autobiografía amena, instructiva y útil que lleva por título La vida de un comediante y que fue, también, para colmo, un best seller cuando se editó por Letras Cubanas en 1981.

No pretendió el autor escribir una obra de valores literarios, pero consiguió en cambio escribir una narración de lenguaje preciso, directo y de excelente comunicación con los lectores, a través de la cual recorre no sólo la historia del teatro y la televisión en Cuba, sino que se compenetra con varios de sus personajes y personalidades más importantes. En los finales de su obra, apunta:

Con este libro intento llevar un mensaje fiel para todos los jóvenes de mi patria, que emprenden el largo camino del arte en condiciones que ninguno de nosotros imaginó jamás. A ellos, pues, van dedicadas mis palabras; que sirvan como ejemplo, si ejemplo puede llamársele a mi larga jornada.

De manera que no sólo el actor nos dejó momentos gratos; también el escritor merece un recuerdo agradecido.

En Arredondo primero fue el teatro. Después, la radio y la televisión. Difícil es seleccionar de entre tantos artistas cubanos a los más queridos, los más simpáticos, los de mejor desempeño... porque han sido muchos. Pero es indudable que en Enrique se reunieron tres características primordiales: carisma, simpatía y calidad.

“Monarca del disparate y del absurdo, y soberano de la risa”, lo calificó el periodista Mario G. del Cueto. A diferencia de otros actores con marcada aceptación para una generación y no para otra, Arredondo se embolsilló a grandes, medianos y chicos. Creó personajes en los que su voz y estilo, su gestualidad y fisonomía, encajaron a la perfección. Cheo Malanga, Bernabé, el doctor Chapotín formaron parte de Enrique Arredondo y, a su muerte, marcharon con él para nutrir el recuerdo de tan singular comediante.

Hizo mucho teatro, pero antes pasó por otros oficios: conserje, fundidor, mensajero, descargador de ladrillos, pelotero, vendedor de ropa, zapatero... Fue hacia mediados de 1925 —tenía diecinueve años— cuando dio sus primeros pasos como aficionado en el teatro. Pronto se le vio en el papel de negrito y consiguió un contrato por la irrisoria cifra de tres pesos, que incluyó giras por el interior del país.

Algo después los teatros Shanghai, Alhambra, Molino Rojo y Martí vieron subir a su escenario al negrito Arredondo, una de las mayores atracciones del vernáculo. También realizó incursiones por el continente americano y su rostro quedó en unas pocas cintas.

El más simpático de los “guapos” de la televisión cubana, Cheo Malanga, apareció como personaje esporádico en el Show del mediodía y, desaparecido por un tiempo, regresó con San Nicolás del Peladero. Otro personaje popular, Bernabé, llegó con Detrás de la fachada, junto a los animadores del programa: Consuelito Vidal y Cepero Brito.

Cuenta Arredondo en su autobiografía que “un día, caminando por el parque que está frente al antiguo Ayuntamiento, coincidí con la salida de un colegio y sin saber cómo y por qué, ¡los niños se abalanzaron sobre mí! Unos decían Cheo Malanga, y el resto, en su mayoría, Bernabé.”
Algunas de las expresiones típicas de Arredondo han devenido parte de la fraseología popular: No puee seee, ¡Ah, bueno, así sí! y ¡Atrevidooo!

Murió el 15 de noviembre de 1988. Vivió, pues, ochenta y dos años: la mejor prueba de que la risa y el trabajo son adecuada terapia para conseguir la longevidad. Libro útil, que se agradece, La vida de un comediante, la suya, tuvo tal éxito de venta que del día de su presentación Arredondo contó: “Yo calculo que allí se congregaron más de 3000 personas. Tuve que estampar mi firma en cientos de ejemplares. Creo que los 100 000 de la primera edición volaron a la semana...”

¿Quiere usted prueba más convincente de eso que llaman popularidad?