Puedo ser un animal doméstico, una pequeña bestia que sueña con los daguerrotipos, con la patria, con la plebe de Alamar cuando atraviesa el túnel de La Habana en ese desequilibrio casi medular; puedo confundirme con el canario de Martí y tener el corazón así de grande, o decirle a la walquiria de Línea y 19, a la mujer de rojo, que soy un negro equivocado y fino, una bestia que sale en la mañana y pone su pelambre al sol para tener ese fuego orgánico y musical con que vive. Puedo escribir un poema y ser a la vez un asere. Puedo nombrarte mi terquedad cuando camino por entre los muros del Morro, o subo de un tirón la escalinata de La Loma de la Cruz. Vivir en provincia me da un leve amargor, unos sueños distintos. Me quedo con los poemas últimos. Con ese libro que tiene en la cubierta, una bestia fea y delicada, que me regaló el Choco. Quisiera ser uno de esos personajes que viven felices entre la tinta oscura del Choco. Ilustración buenísima, ¿o es que todo lo que hace (ese otro negro como yo) es buenísimo? Choco, Choco, diría mi novia a las tres de una tarde, rompiéndome el sol de La Habana todas las palabras que uno tiene para regarle a la mujer que se cree que soy un negro equivocado. Me gusta ese libro dice un socio, y ahora será el socio el que hable:
Puede que sea un animal o un poeta. Luis Felipe Rojas (San Germán, 1971) es, ante todo, un poeta, porque los poetas somos animales de la palabra, animales extraños que casi nadie comprende y que un grupo detesta como por encargo. Quiero escribir estas palabras con una complicidad que me acerca un poco más al negro de San Germán, porque sus tres últimos libros me han hecho que insista y crea en la poesía de las entrañas, hecha desde el hígado alcohólico de la supervivencia.
He tenido la dicha de conocer el libro mucho antes de que la Editora Abril lo publicara, y desde el primer momento me sorprendió toda esa rabia que lleva uno dentro y, a veces, por temor o descuido, no grita.
Anverso de la bestia amada es un libro rabioso, nostálgico, con una dulzura extraña que solo es lograda por esos poetas que depositan una parte de su carne en las cuartillas. ¿Por qué carne y no víscera? Porque yo prefiero la carne y no otra zona erógena del cuerpo. Nada, cuestión de gusto.
Necesitaba leerme un libro que me sedujera y me abofeteara. Únicas cosas que semejan a un libro con una mujer. Una mujer que te seduce y te golpea (no importa de qué forma) es un libro raro que logra que uno se enamore de él.
Hay un solo detalle que está fuera de espacio (diría yo) y es el poema que abre la segunda parte, la que le pone título al libro. Me refiero al poema “Caminos”: entrar en el poema/ como quien arde/ bajo la zarza/ de la noche.// Entrar en el poema/ como si el Averno/ infinito/ eterno/ estuviera en el poema.// Cavar la fosa de los ojos/ abrir la triste zanja del corazón/ decir adiós/ vivir/ morir/ nacer/ entrar en el poema.; “Caminos” es un poema exquisito, que debía estar en el comienzo, como pórtico o introito, abriendo la encrucijada y el desvanecimiento que es Anverso… y, a su vez, “Caminos” define la poética que Luis Felipe ha venido construyendo en todo este tiempo, en todo este camino.
Los poemas están dispuestos para que parezcan un desfile de animales y bestias hermosas. En “S.O.S” está el canario de Martí, animal con un color tierno pero hiriente; animal que sueña con la libertad para ir hasta el sitio donde está la madre, verla llorar, y llevarle unas breves migajas; animal que ha perdido a sus amigos por estar reducido a una jaula donde los ordinarios hombres lo han puesto: h) abriré mis brazos en la puertas del cielo y le diré:/ Dios Mío yo soy un canario de Martí/ tengo el pecho/ así de grande amarillo y solitario dispara/ pon tu bala en mí. O en “Moneda nacional”, donde el animal es el negro, sí, el hombre negro que algunos detestan, el negro simple, no el otro, el otro. O en esos nombres aparentemente tiernos de mujer “Virgine”, “Sarah”, “Martha María”, donde también está dibujado el animal diferente, animales exóticos y dóciles que habitan en la mujer misma. Todo el libro es esa visión grotesca de lo hermoso.
Un libro debe estar de acuerdo con su tiempo, y un escritor no es más que el hombre que deja ciertos descuidos en sus huellas para que los que vienen detrás descubran el camino.
No hace falta vivir en una metrópolis. Luis Felipe vive en un pueblecito al que nadie quiere ir, un pueblecito frío y desolado, como la mayoría de los pequeños pueblos, donde el mayor orgullo son los sueños, pero esos sueños tienen la virtud de no estar contagiados con los sueños citadinos. El mundo lírico no lo determinan ni la cantidad de edificios altos, ni los Mercedes que circulan por la calzada principal, ni los teatros, ni los cines, ni las mujeres que esperan en una esquina por la oferta deshonesta de un turista. No. El mundo lírico está en toda esa caterva de libros que nos hemos leído con desgano, en las conversaciones junto a los socios cuando se encuentran al cabo del tiempo, en los sueños que nos convierten y a la vez nos aniquilan. Por eso, elogio a los escritores que desde un lugar desabrido hacen una buena obra, verdaderamente buena: "¿qué yo pudiera decir de las tortillas con arroz/ o las tortillas con cebollas?"
Este libro sangra, descompone con nitidez lo hermoso. Si algo uno descubre en él es que detrás de lo horrendo se encuentra, sobre todas las cosas, la ternura familiar, el amor indefinible hacia los seres queridos. Y algo muy peculiar es el referente de la abuela para comparar la dureza con lo delicado y musical, que la palabra misma encierra: iba a decir yo dije pero me han tapiado el rostro/ y las delicadezas de mi abuela (“Salutaciones del verano: Las mentiras y el fervor”); cuando mi abuela cruza las tijeras en el patio/ y no se mueren las palomas (“Es verdad un jeroglífico”); No sé quién me trajo a este lugar/ donde sorprendo a un prisionero con un pan/ en las manos. Las horribles manos de mi abuela (“Límites”). También están la madre y la mujer repitiéndose a cada momento, cerrando el círculo, abriendo con delicadeza el cristal transparente de las palabras.
Yo también quiero ser un animal de ciudad, caminar por La Rampa, ver el malecón aunque fuese de lejos. Tomarme una cerveza cuando quiera y sin que nadie se asuste o me pregunte cómo está mi madre o mi mujer cuando sale en la ternura de la tarde. Yo también quiero a la bestia, tocar su pelambre, ver en sus ojos el vidrio diferente con que mira. "¿Qué sé yo de la cerveza, las hojaldras, la memoria?"