Octubre de 1998 fue el momento en que Ernesto Pérez Chang y yo debimos conocernos. Ambos, sin previo acuerdo, habíamos presentado la solicitud para formar parte del primer curso del entonces llamado Taller de Técnicas Narrativas “Onelio Jorge Cardoso”. Pero no nos conocimos en esa ocasión: él abandonó el curso tras las primeras clases, las mismas a las que no asistí yo, pues tardíamente me enteré de que había sido aceptado.
Un par de años después, invitado por un amigo a bebernos el ron del brindis de la primera entrega del Premio Cortázar, pasé un susto: yo no había concursado, pero en la lectura del acta del jurado escuché muy claro —el ron no corría aún— que el ganador era Ernesto Pérez. Bueno, yo soy Ernesto Pérez... Castillo, y ahí supe que había otro Ernesto Pérez, de segundo apellido Chang, y en ese apellido y en sus ojos, como en los míos, se nos resalta a los dos el chino que llevamos detrás.
Luego, cuando me tocó a mi vez recibir el premio de La Gaceta, nuestros nombres (¿o debiera decir “nuestro nombre”?) nos hicieron otro guiño: una nota publicada en Granma le adjudicaba a Pérez Chang —así, con sus dos apellidos— el premio que acababa de recibir yo.
Ya nos conocemos y más de una vez hemos hablado amigablemente, pero siempre me queda el escozor del nombre repetido, y cada vez que alguien me pregunta si yo soy Ernesto Pérez, respondo sin falta: “sí, pero Pérez Castillo, porque hay dos”.
Ahora, hace un par de semanas, volvimos a encontrarnos, y Chang me comentó de un artículo que acababa de entregar a Cubaliteraria, “para provocar un poco” me dijo él, o algo así más o menos recuerdo.
Ya leí su artículo, y Chang me sigue cayendo bien. Pero eso es una cosa y otra es la pena ajena que siente uno cuando ve a alguien querido hablar de lo que no sabe, y peor si en lo que dice se olfatea un regusto a leche agria.
Algunas verdades valdría la pena apuntar, tras la publicación por Cubaliteraria de "¿A la escuela hay que llegar puntual?", bajo la firma de Pérez Chang. Lo primero es que el Centro Onelio es un sitio donde un grupo de escritores ha encontrado trabajo, y un trabajo que no les exige mucho más que empeñarse, de a lleno, en la literatura, tanto en la propia como en la de los demás. El resto es dar servicios. De nueve de la mañana a cinco de la tarde, de lunes a viernes, de mes en mes, tienen allí acceso a una sala de computación, con cada computadora conectada a Internet, un promedio de 15 escritores diarios. También tienen a su disposición impresoras y el papel necesario —gratis todo ello— a la hora de enviar sus textos a concursos nacionales e internacionales.
Por cierto, de dichos concursos también tienen noticia mediante el servicio de búsqueda que el sitio provee, y coloca en su mural, a dos pasos de una sala de video en la que se ha comenzado un añorado ciclo de filmes que versionan obras literarias. Ya se han exhibido 1984, La naranja mecánica, La última tentación de Cristo y Brokeback Mountain. En esa sala tiene lugar, cada sábado, un curso para guionistas de cine y televisión.
En su azotea está la biblioteca, especializada en narrativa. En ella encontrará, quien la visite, cuentos, novelas, ensayos y entrevistas en torno a este género, y un servicio de referencia y búsqueda, también apoyada por el uso de Internet.
El lugar ha entregado ya 40 becas de creación a jóvenes escritores, consistentes en 300 pesos mensuales, durante un semestre, y desde el 2002 entrega otra de 500 pesos por igual período, como coauspiciador del Premio de Cuentos de La Gaceta de Cuba. Si fuera poco, cada año entrega el Premio César Galeano, de 300 dólares y dos accesits de 100, y organiza el monumental Concurso de Minicuentos El Dinosaurio —que ya este año se convierte en Internacional, con 300 pesos convertibles para el gran premio, un primer premio de 3 000 pesos en moneda nacional, y otros nueve premios colaterales de 1 500. En fin, que ya suman varios los miles que ha invertido este lugar en solventar la creación literaria de los jóvenes escritores cubanos.
Habría que contar, además, con la edición de esa gran obra, tan codiciada por quienes de ella han sabido, que es Los desafíos de la ficción, impresa en colaboración con la Casa Editora Abril. Y tres tomos de minicuentos cubanos, resultado de la selección que han hecho los jurados de las convocatorias del concurso de minicuentos. Ya han visto la luz dos números de la revista El Cuentero, también nacida en el mismo lugar, con entrevistas, reseñas, artículos, y sobre todo, la publicación de obras inéditas tanto de jóvenes escritores cubanos como de reconocidos autores latinoamericanos como Eduardo Galeano, Mempo Giardinelli, Luisa Valenzuela, entre otros.
Ese es el Centro Onelio, que Ernesto Pérez Chang, en su artículo que desafina todo el tiempo y hace aguas por las dos bandas, pretende reducir a “la escuelita”, en alusión al curso de Técnicas Narrativas que también se imparte en sus aulas.
Mas Pérez Chang solo aparenta no saber, pues aunque en su artículo diga que “una buena parte de los egresados padecen de una intoxicación postoperatoria” porque según él: “es muy fácil identificar a un tallerista: regla número uno, quiroguianos hasta el suicidio; regla número dos, adoradores de Hemingway”, lo cierto es que el propio Chang fue jurado del Premio Calendario que conquistó Jorge Enrique Lage por Fragmentos perdidos en La Rampa, premió -el mismo Chang- a Demis Menéndez en el Pinos Nuevos por Cómo le crecen los senos a las niñas y otorgó mención a Yordanka Almaguer por Juzguemos a la Salamandra, además, en la última entrega del Premio de La Gaceta… también integró el jurado que premió Boring Home, de Orlando Luis Pardo Lazo -quien por el proyecto de libro que incluye a este cuento acaba de recibir el premio Dador del Instituto Cubano del Libro. Estos cuatro autores tienen en común haber pasado por las aulas del Centro Onelio, y que venga ahora Pérez Chang a ver en qué categoría -¿quiroguistas, hemingwayanos?- los encorseta.
Claro que la tarea le quedaría grande, pues tendría que vérselas también con la obra de Raúl Aguiar (Premio Cortázar), Ángel Santiesteban (Premio Alejo Carpentier y Premio Casa de las Américas), Alberto Garrido (también Premio Casa de las Américas), Mariela Varona (Premio de Cuento de La Gaceta…), Anna Lidia Vega Serova, Jesús David Curbelo, Susana Haug, Michel Encinosa, Igor Wong, Ahmel Echevarría y así... una lista bien amplia entre lo mejor de la narrativa cubana más reciente, que solo “padecen” de un rasgo común: todos pasaron por el Centro Onelio.
¿Esos nombres apuntalan la idea de que el Centro Onelio ha enseñado a alguien a escribir? No, plantearse eso sería demasiado pretender. Lo que sí evidencian es que un numeroso grupo de autores de talento han optado en su momento por vivir la experiencia del Centro Onelio, por un lado, y por el otro hace ver el cuidado y el rigor que aplica el Centro a la hora de seleccionar a sus cursantes entre los centenares de solicitudes de cada año.
Si algo ha dolido a quienes sienten respeto -cuando no gratitud- hacia el Centro Onelio, es la arremetida contra su fundador y director, el escritor Eduardo Heras León. Este hombre, que en uno de los peores momentos de la cultura cubana recibió el castigo y el escarnio de los extremistas de ocasión y de los dogmáticos que detentaban el poder y la palabra, para decidir a su antojo quién podía escribir y sobre qué, se ha levantado sobre sí mismo y -aún con los recuerdos en carne viva- ha hecho dejación de toda ambición personal y se ha entregado a esa tremenda realidad que es el Centro Onelio, con lo mucho que significa para la promoción de los jóvenes autores cubanos.
El Centro Onelio no surgió de la nada. No puede hablarse en este caso de milagros ni de magias. El empeño, la tozudez, la paciencia y la constancia del Chino Heras -a quien lo de chino se le ve a la legua aunque no lleve el apellido- junto a su laboriosidad y el poner al servicio de una idea noble, de un proyecto soñador más que soñado, su energía, su influencia personal y su reconocido prestigio intelectual, todo ello y no otra cosa ha posibilitado la existencia del Centro Onelio, que es más que nada una obra de entrega generosa de su fundador.
¿Por qué ha de ser Pérez Chang, tantos años después, la punta de lanza de este nuevo ataque contra Eduardo Heras León? ¿Y por qué el ataque al Centro Onelio? Problemas, desafíos, conflictos son los que les sobran a los escritores e intelectuales cubanos. Solo hay que tener la claridad suficiente y la valentía justa para dar la batalla ahí donde es urgente y necesaria. Lo demás es perder el tiempo. O peor, es cederlo al enemigo.