El buen gusto es algo que el teatro tiene o no tiene. La puesta en escena de Bernardo Menéndez sobre QEPD (Que en paz descanse) del guayaquileño José Martínez Queirolo, con Teatro Ensayo Gestus, demuestra que no siempre ese buen gusto, o esa belleza que desearíamos perenne en las puestas en escena, necesita del estallido de colores o de la fanfarronería al idear un montaje con mucha escenografía o abundantes movimientos físicos. La respuesta de este grupo ecuatoriano ante la palabra serena y punzante del autor seduce en su irrupción directa, en el cuidado de la imagen y en la agudeza con que gesta una teatralidad desde la inmanencia textual, sin concesiones que abaraten la relación con el auditorio o con el momento histórico que acoge al espectáculo.
Ya en la pasada edición del Festival de Teatro de La Habana este colectivo, bajo la dirección general de Virgilio Antonio Valero, había impresionado al público capitalino con La lección, cuidadoso ejercicio de estilo a partir de la pieza de Ionesco, no sólo abocado a las márgenes de la absurdidad sino inquietado por pulsar los terrenos de la incomunicación contemporánea y los mecanismos de intoxicación del didactismo. Gracias a Gestus ahora el espectador cubano puede conocer la impresionante dramaturgia de José Martínez Queirolo, merecedor en 2001 del Premio Eugenio Espejo por la obra de toda su vida. Nacido en 1931, Queirolo representa en Ecuador lo que para nosotros pudieran ser Abelardo Estorino o Antón Arrufat, en sus búsquedas divergentes pero marcadas por un afán de cambio y vanguardia. A títulos como Las faltas justificadas, Goteras o Los unos vs. los otros se une QEPD, el relato del matrimonio Ruibarbo (Simón y Enriqueta), quienes, recién fallecidos en un accidente de tránsito, tienen la fantástica posibilidad de «exorcizar sus demonios y encontrar que en vida ya estaban muertos».
Ambos personajes, pertenecientes a la más alta clase social ecuatorina, se hallan al principio de la historia en un estado como de hipnosis post mortem del cual lentamente se recuperan. El asistir a los funerales y presenciar las caras y actitudes de cuantos los rodean los hace ir bosquejando su universo infecto y sórdido, donde la doble moral y la desmedida superficialidad del peldaño burgués arman un retablillo farsesco y macabro. Dentro de este espacio, enmarcado por una escena muy limpia donde el piso cuadriculado en blanco y negro termina en un par de columnatas grises, los actores Virgilio Antonio Valero y Montse Serra aparecen combinando entre sí las gamas de estos colores extremos, como si toda la visualidad descansara en un empaque de lujo que paulatinamente se va deshilvanando. Los trozos de ropa-cuerpo que se arrancan uno al otro van tornando visibles las venas de las piernas, brazos y pechos, artesanalmente colocadas sobre las telas, como para redondear el acento de teatralidad. El ámbito escénico se convierte en un quirófano: desde el «piquete» inicial cuando la relación del matrimonio empieza a mostrarse, la trama va creciendo, va agrietándose, en una acendrada intimidad que da paso al desgajamiento mutuo, violento, de uno a través del otro: no habrá sutura posible, no habrá cicatriz probable cuando los tonos se eleven y se deje atrás todo indicio de amor o bondad, esencias trasformadas en intereses mezquinos.
Las actuaciones se componen desde un minucioso cuidado de la dicción, que al combinarse con el movimiento sobre la escena, cuasi coreografiado y con códigos muy precisos, entregan resultados de altos quilates. La joven Serra nada tiene que envidiar al experimentado Valero: el dueto se hace uno en el tono y el timbre de género, lo cual conduce tanto a la risa como a la reflexión mediante el sarcasmo y la ironía. Uno podría suponer que Valero llevaría las de ganar en esta controversia –por su trayectoria dentro del teatro, sobre todo junto a una actriz de menor edad–, pero es un actor tan elegante, tan conocedor de sus resortes y de que la excelencia del montaje radicará en el engranaje de los tonos, que ubica a Serra, mediante el trabajo con el matiz de las réplicas, perennemente dentro de un estilo de seriedad y contención dramáticas.
Muy importante para el discurso global resulta la pantalla en la que se proyectan a cada rato paisajes donde la realidad del relato se hace manifiesta. Así vemos gente que fuma en el funeral, o pies que avanzan, o la mosca en la nariz de ella, o las rosas cayendo sobre el cristal del féretro, hasta que estas imágenes recrean figuraciones expresionistas muy a tono con la temperatura interna de los caracteres. La combinación del audiovisual con el rico juego escénico conseguido por Menéndez hace de QEPD una estrategia dinámica de alta factura, que por su rigor conceptual y la brillantez de sus interpretaciones se instaló entre lo mejor del XII Festival de Teatro de La Habana.