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La pasarela de los melindres (Segunda parte)
Alberto Garrandés, 07 de abril de 2006

“A diferencia de lo que se suele pensar, la relación entre la literatura y el Estado es una relación de tensión entre dos tipos de narraciones. Podríamos decir que también el Estado narra, que también el Estado construye ficciones, que también el Estado manipula ciertas historias. Y, en un sentido, la literatura construye relatos alternativos, en tensión con ese relato que construye el Estado, ese tipo de historias que el Estado cuenta y dice.”

Ricardo Piglia, Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)

Al hablar de la metáfora narrativa del erotismo y el sexo durante los años finales de la década del sesenta y a lo largo de los setenta (hasta la aparición, en tanto límite, de los libros donde ya empieza a tejerse el discurso de los años ochenta), cualquiera podría tener la impresión de que, sin transición alguna, se discute lo mismo sobre la literatura que sobre la vida, y que, al aludir en específico a los sujetos sociales y sus actitudes ante el sexo, las palabras no pierden su congruencia en relación con los sujetos literarios. Esto se debe a un hecho: la nueva sociedad cubana y su incipiente política cultural necesitaban, o creían necesitar, una nueva literatura con nuevos personajes. Un correlato mediato que cumpliera, en principio, un requisito básico: la referenciación complacida de la inmediatez, más allá de cualesquiera ramificaciones del megarrelato en torno a la vivencia revolucionaria. La referenciación del éxito moral de un cuerpo feliz.

¿Qué hacer, pues, con el “asunto” sexo? ¿Qué hacer, pongamos por caso, con el cuerpo gay y el cuerpo lesbiano, juzgados entonces “rezagos del pasado” o “vicios de la sociedad burguesa”? ¿Qué hacer con las posibles ficciones que podrían (o pudieron) referirse a las llamadas “sexualidades minoritarias”, una categoría tan hipócrita como imprecisa?

Si, en cierta medida, antes se constituía en una suerte de tabú, después de 1959 el sexo lo sigue siendo, pero de la forma en que he intuido su desenvolvimiento: bajo el escrúpulo de una moralidad y afectado por los tiquismiquis de un deber ser vacilante. Sin embargo, hay que decir que las prohibiciones, muchas veces categóricas, expresaron una alarma. Y gravitaron no tanto sobre escenas supuestamente “descarnadas” (porque, en primer lugar, había que ver quiénes eran sus protagonistas, en qué situación se hallaban, de cuál época o clase social procedían, etc.), sino especialmente sobre el propósito de hacer del sexo y su imaginario un mundo con suficiencia, un mundo separado, constituible en islote. El sexo y el erotismo como polos de un sistema energético autónomo. Este “problema” puede, creo, admitir una explicación. El vínculo anómalo de las ideologías, a través de la historia, con el sexo (y, asimismo, con algunos otros reinos cuya “peligrosidad” reside en su tendencia al absoluto, a la separación de la sociedad, a la disidencia con respecto a los órdenes del pensamiento social), se clarifica cuando comprobamos que el sexo produce un intercambio donde el sujeto se auto-revela como espacio de libertad no transgredible. Acabo de escribir una frase cuya estructura propicia la polisemia y hasta la ambigüedad. Pero dejémosla así...

No estoy queriendo decir, de ningún modo, que en el sexo no cabe la política, o que las relaciones políticas (o los vectores de fuerza políticos) se ausentan de él absolutamente. Pero, mientras acontece, el sexo se proporciona a sí mismo la posibilidad de ser un terreno vedado para cualquier otra cosa que no sea sexo o subordinación rizomática a él. El sexo puede ser violentamente político a causa de su relativo carácter impolítico, una condición en la que subyacen, por ejemplo, ironías ante cuyos efectos o resonancias la Utopía no sabe qué hacer. Observada desde cierto punto de vista, la frase “hacer el amor”, que ya he citado, es uno de los embustes más ridículos y artimañosos de que se tenga noticia. Hasta donde sé, y salvo las excepciones que el lector enterado conoce, no existe en la narrativa cubana posterior a 1959 una obra con esas características, o sea, una historia apresada en la maravillosa sumisión a un lenguaje somatizable que deje constancia de cierto desdén, de cierto hastío, de cierta capacidad para prescindir de aquellas cuestiones que determinados poderes juzgan imprescindibles como ejes del pensamiento común o como trasfondo del pensamiento común. 

Es por esa y otras razones que la imagen del erotismo y la sexualidad nunca alcanza a remitirse a una o varias poéticas durante la etapa anterior a la llegada de lo que se denominó “narrativa del deslumbramiento” en los años ochenta. Allí, en dicha etapa, hay una fatal sobrearticulación de actitudes y flexiones comedidas en torno al asunto eros/sexo. Un asunto manipulado con tanto celo y con tanta discreción que se convierte al cabo en ese tipo de zonas muertas que ni siquiera un narrador decimonónico clásico habría puesto, sin antes pensarlo dos veces, en su lista de “actos ciegos”, esa lista que forma parte de la convención dramatúrgica del mundo novelesco, por ejemplo, y en la cual se incluyen las visitas al retrete y las ventosidades matutinas, entre otras bellezas que sólo aparecen en ficciones de excepción, que toman distancia —de Petronio a Rabelais, de Lawrence Sterne a Joyce— de las mainstreams conocidas. 

Los textos principales del llamado boom narrativo latinoamericano, y algunos que conforman sus antecedentes (en su mayoría novelas aparecidas de 1945 a 1960), ofrecieron de cierto modo la tónica del tratamiento del erotismo y la sexualidad: no como eje, sino como un contexto más entre otros contextos de índole global, como el mítico, el histórico y el lingüístico. No existe, pues, un privilegio de separación otorgado a la conducta sexual imaginal, privilegio que pudo haber sido el origen de obras hipotéticas concentradas en el placer, el deseo y sus laberintos (esas obras aparecerían luego). Hay, en efecto, textos alusivos, episódicamente ligados con energía a la desnudez, la cópula y sus diversas apoteosis (terrenales o con implicaciones metafísicas). El sexo es ingrediente del relato total, de un acontecer asociado a la ficcionalización de la historia, al mito como principio estructurador, a los espacios de un universo humano que debía ser estratificado en sus sinclinales socioculturales para comprenderse (porque la comprensión era también un gesto estético). En la prosa latinoamericana, después de la aparición de esos relatos totales, el imaginario del sexo vino a ejercerse en tanto salpicaduras. Es sólo después, en el denominado postboom, cuando esas salpicaduras devienen una épica menor, minimalista, hasta conformar una lluvia inquieta, persistente y barroca. Lluvia hija de la enumeración, el objetivismo, las culturas populares, la búsqueda de los límites y la idea de que cualquier tradición americana es siempre, primero, una tradición occidental.

La narrativa cubana absorbió maneras y perspectivas, no así la intención de hacer del sexo y del erotismo un abrumador, vertical y tenso despliegue de hechos. Esto no ha sido posible a causa de lo que ya sugerí y, tal vez, también por pura ineptitud. Sin embargo, después de 1959 se abre un espectro (casi un muestrario de citas) donde los fragmentos (y determinadas narraciones) arman una especie de texto vertebrado lleno de síntomas paralelos a los de la historia. Entre esa fecha y los años finales de la década del sesenta, la argumentación erótico-sexual se parece bastante a un combate por la visibilidad de los cuerpos. Ya me he referido a los “cuerpos pretéritos”. Los otros, los “nuevos cuerpos”, nacen a la literatura bajo la mirada, debo repetirlo, de una moralidad oscilante, que apenas le abre camino a esa visibilidad. Se trata de cuerpos tumescentes y coartados. La lengua de la sexualidad queda como acalambrada a lo largo de los años setenta y se produce una especie de escisión, puesto que entonces (es un ejemplo) la mujer seguía siendo mujer, pero era, sobre todo, una compañera, y, vista la cuestión en términos lógicos, casi no se decía marido, sino acaso esposo o compañero. Entre la compañera y el compañero, ¿no hubo acaso un forcejeo embarazoso, un grotesco y mezquino embrollo terminológico?

Pero aún debo adelantar una reflexión: esa “narrativa del deslumbramiento”, incubada muy a fines de los setenta y que empezó a mostrarse a inicios de los ochenta, fue, en efecto, nueva con respecto a la esterilidad inmovilista de la mayoría de las ficciones cubanas de la década del setenta, ya que, en principio, se entregó a varios tipos de fabulación autonómica desde los cuales tanto el cuento como la novela dejaron de ser notas al pie de la historia, o referenciaciones sin ningún poder para intervenir en la realidad y sus sujetos. Sin embargo, ¿la distancia de los años no permite acaso ver allí ciertos falseamientos líricos dentro de la épica de la sexualidad? ¿Y no permite tal distancia ver cierta espumeante algazara (hija de la vivencia preutópica, o de cierto modo postutópica) en torno a ese acto, “hacer el amor”, donde descubrir y practicar el sexo es un acto doble, rodeado de biombos —los de la iniciación y los gestos preliminares (gestos de algo que está como lleno de promesas y misterios felices)— tras los cuales se esconde el lado directo, escueto y ríspido de su lenguaje, que forma parte, qué duda puede caber, no sólo de su desenvolvimiento, sino que es su hacerse y su realidad final?

Nota:

1. “El retrato”, narración de Pedro de Jesús perteneciente a su libro Cuentos frígidos, es uno de los textos de excepción, publicado en la primera mitad de los años noventa, y sin embargo debemos, en ese sentido del sexo y la política, leerlo cum grano salis. Otro texto sería La falacia, noveleta de Gerardo Fernández Fe que se dio a conocer por la misma fecha.