De confesiones de poetas ya debe estar agotado el asiduo a las páginas literarias cubanas. Aún cuando parezcan sinceras las respuestas siempre habrá quien le reproche al redactor de las líneas el estar haciendo lo mismo de hace más de cincuenta años. Tal vez esta sea mi principal razón —por algunos, acto perfectamente condenable— para que demorara tanto una entrevista que debió haberse publicado a finales del pasado año cuando fue premiado el libro que la motivó: Born in Santa Clara de Sigfredo Ariel.
Sin embargo, me salva de la penitencia el que esta sea una entrevista que todavía no sucumbe, ya por los temas que trata, ya porque está respondida en el tiempo de la poesía que supo darle el entrevistado —imagino que por gajes del oficio— ya porque, quizás satisfaga un poco los reclamos del autor de Manos de obra y Hotel Central quien considera que la crítica en su insuficiencia, lo ignora.
Alguna vez dijiste refiriéndote a Manos de obra que era un libro diferente, coloquial que “no busca una densidad metafórica”, y en otra más reciente dada a Marilyn Bobes comentas que no le temes al cambio cuando de poética se trata, ¿le espera al lector alguna nueva faceta de Sigfredo Ariel? ¿qué crees que caracterice este nuevo libro?
Tengo una idea inexacta –podría decir vaga– acerca de términos como “densidad metafórica” o “lo coloquial”. Posiblemente los haya utilizado de manera irresponsable en varias ocasiones. Manos de obra es, me parece, un libro desigual, porque en él encuentro textos que encubren o confunden lo que me gustaría haber expresado con mayor nitidez junto a otros que a mi juicio tienen menos desviaciones y ¿por qué no decirlo? adornos. No es el que hubiera querido encontrar para leer de una vez, completo, de pie, en una librería. Hay en él páginas que se acercan a la poesía que me interesa escribir y leer ahora, otras, lamentablemente, no. Escrito en Playa Amarilla, publicado en Matanzas en el 2004 se parece más al cuaderno que quisiera haber encontrado en esa librería, aunque haya sido impreso en una humilde máquina Rizoh. Y creo que Born in Santa Clara va por ese camino, no el de la Rizoh, sino en el de menor dosis de fascinación por el idioma (para mí, siempre tiránico) y un poco más de concentración en los asuntos que tratan los poemas. Eso, logrado después de muchas redacciones, de llenar el cesto de papeles varias veces y comenzar de nuevo por la primera palabra. Es probable que los temas en lo fundamental sean, al decir de Somerset Maugham, la misma mezcla de siempre, qué le vamos a hacer, pero me siento más dueño ahora de lo que pasa en mi escritura, o así me lo creo, o me conviene creerlo.
Tus títulos logran aprehender el espíritu de los libros: ejemplo en Los peces y la vida tropical, se respira el salitre sin apenas leer la palabra mar; en Hotel Central hay varias voces que remiten al mundanal ambiente de un hotel; ¿cómo logras esta conciliación tan difícil? ¿Crees que esta vez lo hayas logrado?
Los peces & la vida tropical fue un intento de escribir un libro de poesía –que no de poemas, al menos en su primera parte– que a poca gente que yo sepa le interesó, aunque escribirlo me costó mucho tiempo y trabajo. Tal vez por eso, porque no se le ve el impulso o como se llame. Propósito tal vez. Es mi testimonio sobre días de errancia y desorientación, de aventuras sin happy end y el trabajar sin provecho. Hotel Central también quiso tener un centro, bio–fabulación, o fabulación biográfica en las cosas cubanas, me dijo un amigo. Es una tentativa de bucear en historias personales, distintas, antagónicas y complementarias, por experiencias y sucesos que cambian las rutas, esas encrucijadas que aparecen de improviso, esas metamorfosis que uno comienza a experimentar sin darse cuenta apenas. Como estoy convencido que en una sola edad cada persona puede vivir varias vidas, la noción popular de la reencarnación no me parece necesaria en el sentido filosófico. De vidas sucesivas que compartimos (he compartido, comparto) en las actualidades trata Hotel Central y a Leyla Leyva le agradeceré siempre haberse detenido en ese cuaderno en un largo artículo que publicó en Granma, en el cual explicó cosas sucedidas en ese hotel que ni siquiera yo sabía.
También decías que no trabajabas en función de un libro sino que escribías y luego lo conformabas; ¿cómo ha sido el proceso para la realización del libro premiado por la UNEAC?
Los poemas vienen. No las ideas, los poemas. Uno los endereza lo mejor que puede con las herramientas que tiene a mano. Entras en un desfiladero, oscuridad casi completa. Un apagón. Hay que interrogar allí qué dice o qué quiere decir el poema. No creo en que te puedas detener a pensar en el libro donde irá a parar el texto porque lo más arduo es la línea próxima, nada hay más importante que ese renglón que a menudo se te resiste y del que, para colmo de males, no sabes gran cosa. Por ejemplo, Born in Santa Clara salió casi completo en una página grande, cuadriculada, creo que de un modo narrativo, igual que Los peces... en los años ochenta y Playa Amarilla. Después de esa primera tirada sobre la página uno debe redactar (bien o mal) en castellano, graduar (bien o mal) la luz, o la intensidad, si lo prefieres; escribir un enlace, tachar, poner comas, partir versos, labores que exigen una postura más vigilante, de escritor o mensajero. Es en ese trámite decisivo que el texto se convierte en poema o se vuelve alguna otra cosa, por ejemplo, un poema fallido, que es un objeto inútil y absurdo. Una cosa triste. No hablo de un mal poema, sino de un poema fallido, que es un elemento malformado nacido de la poesía sin esperanza de sobrevida. Es mejor escribir un pequeño buen poema intrascendente que un gran poema fallido. Así lo creo, por eso, si el texto ha llegado con demasiadas ínfulas, con demasiada música y lleno de ambiciones, es preciso ver cuáles son de verdad y cuáles vanas. Podar y bajarle los humos, domarlo. Cuando el texto llega en cambio, pobre y casi susurrando, hay que animarlo, darle un poco de confianza, ponerle por ejemplo una palabra en el medio, una palabra misteriosa y poco manoseada que le sirva de punto de gravitación. Tal vez no sea el mejor modo en que se deba escribir los poemas, sino el que tengo. Mis mejores o peores textos poseen autonomía a mis ojos y eso impide que tenga sobre ellos una mirada de conjunto. Nunca he trabajado series, pero hay que procurar acoplar un cuaderno con trabajos afines, no queda otro remedio. Los cajones de sastre suelen ser muy peligrosos. Mi segundo libro, El enorme verano, editado en 1996, tras casi diez años sin publicar, fue una experiencia terrible, pues obligué a que en unas cien páginas convivieran textos de épocas y tonos diferentes. Cuesta trabajo leerlo. Los textos dan tumbos en ese espacio. No es un libro malo ni bueno. No es un libro, sino una confusión. Era entonces muy joven y pensé que era la oportunidad casi única de mostrar casi todo cuanto había escrito. Nadie se acuerda de él, aunque contiene algunos textos que considero atendibles, o por lo menos no desdeñables del todo, como Mapa del país y algunos más.
El referente bíblico es casi una constante en tu poesía, también hay otros libros no menos clásicos y un componente importante de filosofía; ¿de qué fuente universal bebes para tu creación?
No abro un libro mientras escribo. En realidad, casi nunca tengo a mano alguno cuando lo hago. Leo, he leído, leeré mucho. No busco la Biblia, sale a mi encuentro donde yo esté. En las conversaciones sale, aunque no salga de la boca. Hay lecturas sin vencimiento, ríos cambiantes, heraclitanos. Ese sedimento aflora, como también cierta música. Anoche fue Erick Satie, Ravel, el jazz, una frase musical –divinas cautivas, dijo Proust. La expresión de una voz, tal vez la que voy a escuchar mañana y de la cual no tengo noticia aún y que cantó en el año 20 del siglo pasado aparece para ir contigo siempre, igual un libro, muchos libros.
Sigfredo Ariel afirma que “no existe la poesía institucionalizada”; ¿cómo se puede afirmar esto cuando se han ganado tantos premios? ¿no son los premios un modo de institucionalizar la poesía?
No. Esa es la única suerte de ganar premios y premios y que no pase nada contigo como escritor. Por eso vivo en un cuarto en La Habana Vieja y subsisto de ruinosos contratos como redactor intermitente de notas y artículos. El destino de la poesía no tiene qué ver con casi nada de lo tangible. Sí con la honradez personal y la honradez de la escritura. Que alguien desconocido se sepa de memoria una página que escribiste hace veinte años te hace verlo así, sin reediciones, sin atención de las instituciones en el sentido de la difusión. La poesía encuentra la ruta de llegar a su lector, aunque pase el tiempo. Lo he comprobado, me envanezco a veces cuando me sé leído, aunque casi siempre siento vergüenza de no escribirla un poco mejor.
