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¿A la escuela hay que llegar puntual?
Ernesto Pérez Chang , 04 de mayo de 2006

Soy verboso, no mido palabras, pero hoy sólo dejaré rodar la bola mientras me deleito con la nieve en la montaña. Como sometidos (a gusto) por una especie de suplicio de Tántalo una gran parte de nuestros críticos literarios obstinados en la tarea obsoleta de dar cuenta sobre nuestra narrativa más reciente, por falta de tiempo sólo sabe echar mano a un par de comodines: el primero, secular, mesiánico, el segundo, crítico (en el sentido de crisis); este como una consecuencia del primero, aunque a veces he llegado a creer que el comodín mesiánico es parido, oportunamente, por los propios gestores de la crisis anunciada (inventada, imaginada).

Hablemos claro: en determinado foro piden, a los escritores, una disertación sobre la narrativa cubana actual, y, por no pecar de mudos, respondemos con patrones al uso, es decir, o nos referimos a la supuesta crisis que, además de darle de comer a unos cuantos parloteros de universidades atraviesa nuestra literatura desde hace más de tres décadas (con lo cual sólo demostramos al auditorio cuán limitada es nuestra lectura de una producción con grandes aciertos pero muy pocas miradas inteligentes sobre ella); o cantamos un desafinado aleluya ante el advenimiento de un Mesías que nos promete dar un jonrón con las bases llenas sólo proveyéndonos de unas cuantas recetas que ni él mismo puede aplicarlas para su dudoso ejercicio literario.

A este papel de redentor-descubridor nos hemos acostumbrado. Unas veces como consecuencia de la lectura de ciertos ensayos, dizque oportunos, que muchas veces funcionaron como prólogos o epílogos de algunas antologías. Pero los prólogos y las antologías no descubrieron ni fabricaron a nadie, simplemente llamaron la atención sobre ciertas voces, disímiles, plurales, que se asomaban, sin necesidad de un mentor, al panorama de nuestras letras. En los inicios de los 90, si no hubo una crisis literaria, entiéndase del “texto literario” (excelentes propuestas aparecieron en aquellos años) sí sufrimos los azotes de un estremecimiento económico que estuvo a punto de hacer desaparecer nuestro aparato editorial. Durante esta etapa sí hubo descubridores, como Salvador Redonet quien no era un “catequista” (como han querido presentarlo en ocasiones) ni fabricaba escritores sino simplemente, como a jovencitas de quince, los presentaba “en sociedad”, les daba la oportunidad modesta de aparecer en un inventario. Me permito decir que los autores que Redonet alistó en su antología del 93, no aspiraban a convertirse en escritores, sino que ya eran escritores (sólo por eso Redonet reparó en ellos) inéditos, no por una voluntad institucional sino por las carencias de una etapa que todos sufrimos de algún modo. Tales sujetos no eran meros adiestraditos salidos de un escuela redoneteana, y aunque sí eran, casi todos, participantes de algún que otro cursillo délfico, ninguno era formado (adaptado para) en la estética estrecha y clásica de un mecenas, y esto es posible verificarlo –a pesar de que en cierta ocasión alguien intentara una clasificación provisional de “violentos” y “exquisitos” o “roqueros” e “infladores de zeppelines”– en la diversidad de las propuestas aparecidas a finales de los años 80 y principios de los 90. Los escritores que luego una mayoría (a pesar de reparos, por razones de índole diversa) llamaran “novísimos”, ciertamente es un coro tan inclasificable como lo ha sido toda nuestra literatura desde que fuera escrita esa cosa rara y sospechosa que alguien titulara Espejo de paciencia (sería posible, aunque de académicos aburridos, empeñarnos en la tarea inútil de clasificar a cada productor de texto en particular, pero nadie podría atreverse a fabricar conjuntos: ¿quién formaría grupo con José Martí?, ¿acaso Julián del Casal, o Juana Borrero? ¿Y a Carpentier, en qué grupo de escritores cubanos lo colocamos? ¿Y a Lezama?, ¿con el grupo Orígenes?, ¿Eliseo y Vitier amarrados con la misma cuerda?)

Sin embargo, algunos se han dado, en los últimos años, a proeza semejante, y lo han logrado. He leído cuentos, centenares (por exagerar y no por penitencia), salidos de ese molde de yeso que alguien se ha dado en llamar “Taller de técnicas narrativas” y, lo peor, he escuchado frases como estas: “un cuento al estilo del taller del Chino Heras”, y no les falta razón, no sólo porque Eduardo Heras León promueva con su polémico taller de técnicas narrativa tales enjuiciamientos, sino porque ciertamente una buena parte de los egresados padecen de una “intoxicación post operatoria” que les impide librarse de las más tentadoras fórmulas ejercitadas en la escuelita (debiera decir “instituto”, pues, vivir para verlo, pronto entregarán diploma y anillo de graduado). Quien ha sido jurado de algún premio nacional en los últimos tres años ha podido comprobar que es muy fácil identificar a un tallerista: regla número uno, quirogianos hasta el suicidio; regla número dos, adoradores de Hemingway y fabricantes de iceberg hasta convertirse en esquimales del trópico o en patéticos pescadores de sardinas; y no mencionemos una tercera, el afán paleontológico cuando les da por imitar la broma no entendida del dinosaurio de Monterroso. Y mientras se trate de uniformidad, iremos bien entonces.

No sucedería lo mismo si escucháramos decir de boca de un ex alumno (he conocido a algunos de Granma y Santiago de Cuba), que “gracias al taller del Chino, ellos (los de provincia) han podido darse a conocer porque siempre se les había negado la posibilidad de ser publicados en revistas como La Gaceta de Cuba o de participar de ciertos foros”. (Y ahora lanzo mi bola) ¿Realmente Heras León ha venido a resolver un problema, a llenar un vacío? Una respuesta positiva a mi pregunta podría llegar a convertirse en una ráfaga (mortal) de verdades irrefutables. He escuchado algunos “sí” en varias ocasiones, incluso con argumentos que me hicieron creer que la realidad era así de sencilla: el Chino llegó y todos fueron felices y comieron perdices.

En opiniones como esta, el verbo del mal crítico –la verbosidad– se habrá hecho carne. Sería una prueba de que el comodín que han fabricado ¿ingenuamente? nuestros críticos más perezosos, ha comenzado a hacer efecto, puesto que, en un grato análisis, en principio habría una crisis (oportuna crisis), la de siempre, donde no existe la narrativa joven cubana o, si existía, lo hacía de un modo precario con tendencia a la extinción; y, para el final feliz se reserva la llegada de un Mesías, Eduardo Heras León, quien colocaría en nuestras manos las herramientas y la táctica para el gran salto, con el cual, dentro de unos 15 años (cálculo conservador) podremos aspirar a un Nobel, aunque nos conformaríamos con otro Cervantes, aunque fuera así de pequeño.

¡Por favor!, ¿de qué materias ridículas estaríamos hablando? No tengo nada en contra de los talleres, los celebro y los canto, pero coloquemos el de Heras en el lugar que le corresponde, ni más arriba ni más abajo. ¡Dejemos de pensar la literatura cubana como un proceso de extinción-resurrección donde un San Jorge nos libera de las fauces de la bestia, y donde, ante una crisis dibujada, irreal (sabrosa y bendita crisis que nos hará escribir cada día mejor) erigimos como respuesta un taller supremo (dotado con “todos los hierros”)! Tal mecanismo (el de la resurrección por la voluntad de un mesías literario) pudiera ser muy excitante para una conferencia en Turquía, pero dejémonos de tanta modorra intelectual y pensemos, sobre todo eso “pensemos”, que nadie ha venido a salvar nada. Todo ha estado ahí (como el dinosaurio de Monterroso), y el taller del Chino, de no ser por la alharaca que lo promueve o por la cobertura y el apoyo que ha tenido en detrimento (¡qué pena!) de otros (provincianos o no), sería uno más y no precisamente de los mejores en cuanto a propuestas reflexivas sobre el acto escritural.

Otros espacios similares, pero no tan famosos, a pesar de carencias económicas, esplendores o crisis, se han mantenido, a la sombra de una modesta casa de cultura de un municipio modesto, orientando lecturas, despertando el interés por la literatura (sí, por la LITERATURA, y no por el mero oficio de redactor de relatos). (Literatura es pensar el mundo, no hacer pasarelas como Naomi Campbell.) La técnica entrará por los ojos mientras leemos como posesos, y esta fórmula la he tomado –y no hay otra verdad– de otros profesores de talleres literarios que, hoy, ignorados o despreciados por discípulos amnésicos y por un periodismo y una crítica ciegos, tautológicos, irreflexivos (¿por ignorancia o por voluntad?), parecen extinguidos.

P.D.: Otras propuestas para reflexionar o discutir: el taller de técnicas narrativas, ¿forma o deforma escritores? La participación, ¿es necesaria por su metodología o por su imaginado o real poder legitimatorio? (Es decir, si no “vienes”, no “eres”.) ¿Todos ven con buenos ojos que “profesores” y mecenas que promueven una estética determinada funcionen como jueces y parte de certámenes diversos, más allá de los promovidos desde el amplio jardín de Academos de su escuela? ¿Nuestro sistema de talleres literarios era tan malo que necesitábamos de un “Instituto Superior de Técnicas Narrativas”? ¿A la escuela hay que llegar puntual?

Un consejo que tomo del Tao Te King: “No hagas nada y todo estará hecho.”