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Historias de la crueldad

Basilia Papastamatíu, 10 de marzo de 2010

La publicación del célebre escritor japonés, Ryunosuke Akutagawa, confirma el interés de la editorial Arte y Literatura por dar a conocer en volúmenes iniciáticos breves, autores y textos clásicos de la cultura universal. Quienes forman parte de ese parnaso literario que es ya patrimonio de todo el planeta,  pueden así aparecer en la colección Ala de Colibrí, creada con este objetivo.

Este es el caso de la edición conjunta de los relatos Rashomon y En el Bosque, dos pequeñas grandes joyas de la literatura japonesa, con cuya fusión, recordemos,  el renombrado cineasta Akira  Kurosawa  compuso un filme laureado y consagrado por la crítica. Titulado por su realizador Rashomon, es una de las muchas obras cinematográficas basadas, ya sea con bastante fidelidad o en una versión libérrima, en textos literarios; y cuyo intento independientemente de que resulten películas memorables o fallidas es válido y muy de agradecer porque estimula en los espectadores la búsqueda del original, los acerca eficazmente al libro y a la lectura. Por suerte la película de Kurosawa no desmerece a los textos en que se basó, por el contrario, les añadió notoriedad y, al menos en Occidente, aumentó el interés por la literatura japonesa.

R. Akutagawa  nació en Tokio en 1892, en el seno de una familia perteneciente al antiguo régimen feudal en decadencia, que terminaría unas décadas después con la restauración del régimen imperial. Gran lector desde niño, sus dotes intelectuales posibilitaron su ingreso en el primer bachillerato de Tokio y, luego, en la  Universidad Imperial de dicha ciudad; allí se especializó en literatura inglesa en momentos en que el Japón reiniciaba sus contactos con Occidente. Entre sus asiduas lecturas figuraron A. France, C. Baudelaire, J. Keats, E.Ibsen, P.Loti, O.Wilde y A. Strindberg. Esta influencia de la literatura occidental supo integrarla a la otra gran inspiradora de su escritura: la cultura  tradicional japonesa y escribió en un momento en que se  enfrentaban  el neorromanticismo, el naturalismo y el neorrealismo; con este último movimiento Akutagawa se  identificó. Ha sido precisamente su cuento Rashomon,  el primero que publicó, en 1915, uno de los que le dio más fama, con el tiempo. Pero fue con La nariz, aparecido al año siguiente, que comenzó a alcanzar el reconocimiento de lectores y críticos.  En 1918 se casó y comenzó a ejercer el periodismo en el diario Mainichi Shimbun, profesión que le posibilitó viajar a China y Corea como corresponsal. Además de relatos escribió ensayos y poesía (compuso haikus). Pero sin duda fueron sus narraciones las que le dieron la gran notoriedad que alcanzó.

Aparte de las nombradas, son de señalar Kesa y Morito, En el bosque, El biombo del infierno. Uno de los últimos que se le conocieron, El engranaje,  parece revelar el estado depresivo que aquejaba al autor en los últimos años de su vida. Vivió atormentado por la enfermedad mental que sufría  su madre, vista como un fatal destino familiar; y él mismo padeció crisis nerviosas que lo fueron ensombreciendo hasta que decidió  dar fin a su existencia, valiéndose de pastillas, en julio de 1927.

No debe extrañar  entonces que en estos dos cuentos suyos editados por Arte y Literatura, la realidad resulte particularmente hostil, agresiva, de una implacable arbitrariedad en su devenir y en el reparto de poderes y privilegios, riquezas y miserias, guerras y epidemias, amor o muerte. Y esta realidad no parece controlable por fuerza moral alguna, ni por quienes asumen la tarea de establecer un orden o impartir justicia, distribuir recompensas o castigos. Los seres humanos parecen más movidos por sus inmediatas e imperiosas necesidades y deseos que por nociones heredadas y aprendidas sobre el deber ser, o por algún solemne compromiso que obligue a adoptar un determinado código ético.

El autor, por otra parte, reconstruye escenas del Japón feudal desde su perspectiva de comienzos del siglo XX, con una  mirada, aunque distante, secreta y hondamente crítica. No hay conmiseración ni indulgencia en su visión: la ferocidad de la ley del más fuerte que impera en el submundo de la marginalidad de aquella  época no merece su piedad ni apela a la piedad de los lectores. La realidad tal cual es no se deja modificar, sean dioses o el ignoto azar lo que la rija. De ahí la esencia perversa que parece gobernarla.

En Rashomon el ex sirviente de un samurai se ve arrastrado por la carencia extrema a una decisión también extrema: abandonar toda contención moral. “…No sólo dejó de dudar –entre  elegir la muerte o convertirse en ladrón— sino que en ese momento morir de hambre era para él una idea absurda, algo completamente ajeno a su entendimiento”.

Es admirable cómo Akutagawa nos sumerge muy convincentemente en Rashomon,  en sólo pocas páginas de un estricto lenguaje que se limita a lo esencial con una clara voluntad de síntesis, en la atmósfera tan densa y sofocante de los excluíbles en la asolada ciudad de Kyoto.

Del mismo modo lo logra en En el bosque, donde además incorpora una técnica que fue muy retomada en el siglo pasado por los narradores: la exposición de varios puntos de vista. En esta historia, nuevamente situada en la antigua China,  se exponen siete testimonios, tanto de protagonistas como de testigos de un hecho criminal –un asesinato y una violación--  sometido a investigación. 

Y, como en Rashomon, los personajes, estando en una situación límite, demuestran su falta, o la pérdida, de todo escrúpulo. Pero el autor se obstina en no pronunciarse abiertamente. Inmersos en una realidad cruel que los sobrepasa, deja a criterio de los lectores su absolución o condena.

Sin duda, un libro que hay que leer.