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María Villar Buceta, entre el silencio y el olvido
Mercedes Santos Moray , 05 de septiembre de 2007

Una historia literaria es siempre un tema de gran complejidad, reclama periodizaciones, clasificaciones genéricas, y evaluaciones de tendencias, movimientos, poéticas y autores que no siempre gozan del mismo interés y atención de la crítica, por no decir, del público y de los medios de difusión, siempre tan ceñidos por la actualidad, lo informativo y, también, por la ignorancia, ese desconocimiento que no solo revela carencia de datos, sino que habla de la pobreza y minusvalía de la sensibilidad.

Hay figuras más promocionadas que otras, algunas gozan en vida, y más allá todavía, del “prestigio” autoral y se entronizan —en ocasiones más por méritos coyunturales que por valores intrínsecos— dentro del canon. Pero también hay otras que quedan en escorzo… como si el dibujo y la línea hubieran quedados quebrados.

Ahora, quiero recordar a una mujer sencilla, de natural silencioso, María Villar Buceta, en ocasión de las tres décadas de su desaparición física, y tomo esta circunstancia como pretexto para hablar de alguien que no debe ser olvidado dentro de nuestra lírica. Viene también a mi mente esa biblioteca municipal de Centro Habana, víctima del deterioro, que aún aguarda por recursos para salvar el patrimonio de sus libros y documentos. No hay mejor homenaje a esta poetisa que entregarle su biblioteca al público, ¿o me equivoco?

María Villar Buceta, mujer y escritora tan concentrada como poseedora de un fino sentido de la ironía y del humor, según lo apuntara el ensayista Cintio Vitier, es un hito dentro de la poética cubana de la primera mitad del siglo XX, desde la aparición de Unanimismo, nueve décadas atrás, al darse a conocer su singularidad en 1927.

Coetánea de grandes voces líricas, igualmente transgresoras como la de José Zacarías Tallet, María se desbordó con su filosofía e ingenio críticos sobre una realidad chata y vergonzante, capaz incluso del ejercicio nada fácil de la auto-ironía, que asume también su obra desde los inicios.

Hace unos años, en 1978, Helio Orovio, en su prólogo al volumen Poesía y carácter que reunió la producción lírica y prosa de Villar Buceta, subrayó los vínculos, los vasos comunicantes entre la poesía de María y la de aquellos miembros del Grupo Minorista, desde sus principios estéticos, y en particular, su afinidad con Rubén Martínez Villena, para situar en justicia el lugar que le correspondió a esta mujer dentro del movimiento de nuestras vanguardias.

Muchos de quienes la querían, y pudieron cultivar la amistad de María, siempre subrayaron los méritos literarios de la escritora, su dominio del verso en diversas cuerdas, rimadas y en blanco, así como el carácter recogido, aunque afable, de aquella mujer humilde que tanto nos duele ver olvidada, más silenciosa que su propia imagen, como si pudiésemos darnos el lujo de desconocer los valores de su obra, dentro del corpus de las letras cubanas, sin padecer por miopía de su ausencia. Por eso, no solo le rindo tributo sino que bien desearía que tanto su obra como su nombre nos acompañen siempre, desde la devoción a la belleza y la bondad.