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En las proximidades del poeta
Teresa Fornaris , 13 de septiembre de 2007

Todo acercamiento implica un riesgo, la posibilidad de la sorpresa, más si la cercanía ronda a un hombre que en su condición natural lleva al orador incansable, profundo, pensador, al maestro, al poeta. Se intuye que en el disipar las distancias y el tiempo encontraremos confluencias, instantes de asombro, certeza en la alegría del descubrimiento. Por esas razones, escuchar a Roberto Manzano se convierte en hallazgo, en singular y armónico encuentro con la esencia de su especial naturaleza.

¿Es la poesía una manera de conocer al mundo? ¿También viceversa?

El mismo hecho de que nos preocupe revela cómo tenemos hundida en la sangre la superstición de que solo la ciencia es conocimiento legítimo. Desde el siglo XIX hasta la fecha la atmósfera en que hemos vivido ha insistido en ello obsesivamente. Con el impulso de las comunicaciones y la informática se ha acentuado en lo inconsciente colectivo que solamente a partir de dicho venero puede desplegarse con éxito la comprensión y salvación del mundo. En un entorno que alardea de posmodernista, aún lo positivista muestra poderosas instancias de configuración y juicio. Y hasta gran parte del arte actual, que exhibe la extraña vanidad de la diferencia a ultranza y de la trasgresión a toda costa, no hace más que copiar oscuramente leyes que rigen las marchas tecnológicas. Y se asienta como interpretación común de la realidad solo lo que la ciencia experimenta y lo que la tecnología manipula. Pero lo real humano es mucho más complejo, paradójico, desordenado, portentoso, vasto, agregador y poliédrico que cualquier manifestación suya por separado. Lo real humano es una turbulencia simétrica, una entropía que colabora con la identidad, un caos que genera cosmos de continuo. Lo sabían ya los esoteristas antiguos, los dialécticos de todas las épocas, los amantes de la diversidad y la síntesis, los artistas que incorporaron grandes estados de espíritu. Así como hemos vivido siempre corriendo apresuradamente hacia el dogma en filosofía, en política, en religión, corremos también en arte con frecuencia hacia los prejuicios y fundamentalismos, y padecemos desde ya hace buen tiempo el extravío de que muchos artistas se vuelvan cultores exclusivos de atajos ciegos, a los que rotulan como las grandes y avanzadas vías de la imaginación.

También en arte se puede portar una esmirriada visión del universo. Cuando hablamos de la poesía como una avenida cognoscitiva nos referimos a su naturaleza profunda, dada a través de los creadores auténticos, y no de lo que pregonen los pigmeos estéticos, agrupados en sectas para ofrecer cierta imagen de corpulencia social. La poesía verdadera es un laboratorio formidable donde los receptores sensibles pueden captar las estructuras emocionales de una sociedad o una época, las corrientes freáticas de la esencia humana, las fascinantes exploraciones de los cuerpos en el mundo visible y de los espíritus en la creación y gusto de lo intangible. En la poesía verdadera todo lo unilateral se quiebra, y el corazón late en su justo sitio, no debajo del hombro derecho o el izquierdo. La poesía es un doloroso equilibrio del individuo en la batalla tremenda entre lo real y lo ideal, que a todos nos incluye. Y para que esas plataformas de enunciación en que lo público se torna íntimo y lo íntimo en público, resulten productivas, aquel que funda lo que llamamos poesía ha de estar convencido de que su ejercicio es una ofrenda sutil a Gnosis, la diosa del conocimiento. Así, si la poesía es una peculiar aprehensión del mundo, entender bien al mundo es también un modo de encarar lo poético. No visto a modo de insecto, o yendo de costado a costado, o fraccionando los órganos y las funciones, sino entrando en el volumen sinérgico de la síntesis, soldando lo disperso, bajando órficamente a los abismos para recuperar la estrella amada. Subir de minotauro a mariposa, como quería Martí, hasta encontrar en la esfericidad del mundo la espada que ha de clavarse en el Sol. Hay que saber, como él sabía, que el mundo va de raíz a ala, y que los libros de ciencia encierran mucha poesía, y que la poesía es tan necesaria como la industria. Poesía, universo, conocimiento: este es el ascenso trino y uno hacia la más alta escala humana.

¿Se aprende a pensar poéticamente?

Se puede, como se aprende a pensar con lógica, aunque a muchos les parezca absolutamente disparatado. Para que el pensamiento lógico discurra sana y provechosamente hay leyes rigurosas, que son extraídas de su propio seno. Sobre esto ya existe un saber considerable, que incluso se ha formalizado, y en que actúan coordenadas cuantitativas y sígnicas especiales. Los examinadores del pensamiento lógico dominan las vértebras de su fluir: es una turbulencia ya reflejada en un álgebra. Y saben alterar las secuencias, para lograr nuevos sistemas deductivos. Y pueden explicar a otros cómo tener aceitados sus mecanismos de fluencia y desembocadura. Y cuando se transforman los paradigmas, en gran parte es porque incorporan sabiamente pequeños giros que generan, al ser consecuentes con ellos, fuertes rupturas cosmovisivas. Hay que reconocer que sus estudiosos han erigido flexibles y útiles modelos para avanzar en el desarrollo de ese tipo de pensamiento.

El pensamiento imaginal tiene sus leyes propias de coherencia y despliegue. Maneja otra lógica. Se ajusta a otras sintaxis. Su álgebra posee tan descomunal complejidad que se opta por las transferencias fantásticas como modo de aprehenderlo, o se declara que no es aprehensible. Sus propios cultivadores prefieren la más desentendida de las actitudes cibernéticas: el principio de la caja oscura. No quieren saber qué ocurre dentro de la caja: solo que con determinadas entradas sean probables determinadas salidas. Es una actitud de usuario tecnológico. Las interfaces históricas son la inspiración divina o la pulsión inconsciente. A veces, grandes y curiosos artistas dejan testimonio de sus exploraciones eventuales en la maquinaria. Y los que la examinan fuera de las experiencias creadoras, nada más ven delante de sí el código de soporte (la lengua) que muestran sus productos terminados o los nudos imaginales que implican recurrencias, motivaciones, obsesiones. Han sentado como un postulado inamovible, incluso, que la poesía se caracteriza por una opacidad en el lenguaje, cuando ella es la mayor transparencia sintética que conoce la comunicación humana. Las propias metáforas que existen para ese proceso lo evidencian: plasmar, se le llama con frecuencia: vale decir, algo sólido, impenetrable, plutónico, combustible, que el poeta ha necesitado –la demanda que actúa en él es de una complejísima naturaleza– someter a altas temperaturas, llevar a estado de plasma, con lo que, cuando lo logra, alcanza el Poema, ese recipiente audiovisual de la Poesía, que goza de los atributos del cristal y de la llama. Cristal, en cuanto refleja y tiene adentro una estructura simétrica envidiable; llama, en cuanto es también un terrible y hermoso desorden, un acontecimiento ardiente e insólito. El poema altamente expresivo es, realmente, por la extraordinaria neutralización que realiza de lo dispar, un espacio gnóstico donde no se puede permanecer de modo prolongado –es llama–, que genera simultáneamente una fascinación increíble por la permanencia ―es cristal.

Existen escuelas de música, artes plásticas, danza, teatro, incluso de literatura, pero esta última no está incluida dentro de los institutos de arte y no tiene requerimientos de admisión como sucede con otras manifestaciones. ¿Será alguna especie de destierro?

En otras partes lo he dicho: el poeta es un desterrado. La educación facilita, en la enseñanza general, la apreciación literaria desde los grados más bajos hasta los más altos. Incluso las facultades de letras no van más allá de educar excelentes receptores, historiadores o críticos. Correcto, en cuanto son instituciones de la enseñanza general. Pero si revisamos la enseñanza especializada no encontramos como figura de atención al poeta. Podemos encontrar al bailarín, al actor, al pintor, al músico, al cineasta, al arquitecto, al mago, al payaso, al acróbata, al animador, a muchos tipos de artistas. Muchos de ellos son objeto de atención desde temprano. Se les prepara largamente. Se contribuye a insertarlos luego socialmente. Hay gran número de niños que tempranamente dan muestras de vivas aptitudes para la poesía. En los mejores de los casos, cuando acuden a los asesores literarios, se les proporciona algunas ideas desvertebradas y contactos esporádicos con niños semejantes. La gran lección que se les administra, de modo inconsciente, es que los poemas son para competir y obtener premios. Lo mismo vale para las personas de otras edades que sienten la necesidad de recibir una formación más o menos especializada. Como esa demanda existe en el mundo, en todas partes pululan los talleres. Pero en ninguna parte los talleres poseen programas de formación bien estructurados. En los últimos años, en Cuba, se han incorporado aproximaciones válidas. En muchas universidades, sobre todo en el ámbito anglosajón, se incluyen cursos de escritura creativa. He visto muchos programas de ese tipo. Se asientan sobre el postulado de la animación: son actividades que suponen que el asistente a las mismas está aburrido o infértil, y se le proveen inconexas y poco razonadas suscitaciones imaginativas. Son escuelas de cadáveres exquisitos. Están todavía en la pedagogía que generaron las vanguardias. Hay otras experiencias, que aparentan ser más serias: desarrollan un programa que no solo se asienta sobre lo empírico, aunque lo tiene como base. Son los cursos de técnicas. Su orgullo didáctico es que insisten en la práctica. Útiles en la narrativa, aunque también allí ellas solas resultan incompletas y formalistas. Tienden a trabajar el pensamiento del artista a partir de la parte más visible de la obra: el despliegue estructural. Pero las relaciones entre pensamiento creador y obra creada son extraordinariamente complejas. Ellas deben ser priorizadas y, desde luego, mostradas en la práctica. No hay nada tan práctico como una buena teoría, como se sabe desde muy antiguo. Los problemas más generales y profundos de la creación, según el disperso y heterogéneo saber acumulado en una larga práctica humana, deben estar sobre la mesa de trabajo, dispuestos y dosificados sabiamente. El principio es martiano: El genio es conocimiento acumulado. Expresión en la que nuestro educador más alto somete a crítica su herencia romántica, corriente que ya sabemos insistió siempre en que el genio no solamente queda excluido de los exámenes éticos comunes sino, sobre todo, fuera de todo aprendizaje. No se trata de engañar a nadie: tiene que haber una aptitud como base de la enseñanza, y hay que demostrar inicialmente esa aptitud. Ni crear falsas expectativas: el auxiliador (es esto tan solo el supuesto profesor: vale decir, el que provee la sinergia para que cada uno navegue con el mejor rumbo) no puede estar a cargo de su vocación inalienable: ella es un suceso interno, y una demanda de expresión que usted debe llevar adelante. Si al término del proceso de intercambio que debe ser el curso, usted sigue necesitando al auxiliador, fracasó su cometido esencial, y usted tiene en ese fracaso una importante cuota de responsabilidad. La vocación artística verdadera lo interioriza todo vorazmente. Él no lo va a hacer crear, solo le va a facilitar las concepciones y prácticas imprescindibles para que usted pueda entrar en su laboratorio íntimo con un poquito más de conocimiento de causa. Será cuidadoso en no alinearlo a un credo estético: escuela de formación artística afiliada a una tendencia de la vida cultural es una deformación de una generación que no puede permitirse impunemente: está inculcando a alguien que comienza una mentalidad puramente eventual que tendrá que desaprender violentamente apenas entre en la vida artística que le corresponde. En cualquier espacio educacional los educadores poseen una enorme responsabilidad; pero en ninguna parte como en la enseñanza del artista, cualquiera que sea, pues en ella los modelos ejercen una influencia insondable y duradera.

Las categorías “bueno” y “malo”, “poético” o “no poético”, >Roberto Manzano¿quién las dicta? ¿Cuánto coinciden los detectores naturales con los institucionales?

Las dictan todos, con una facilidad inmensa. Como existe el gusto, que les ofrece la posibilidad de opinar, todos los disfrutadores del arte, los que producen y consumen, se consideran facultados para evaluar. Se confunden, más de lo que uno imagina, incluso hasta entre personas altamente especializadas, doxología y axiología. Y sobre el arte siempre pesa una atmósfera de opiniones altamente contaminada que orienta y desorienta, entrega justicia y la quita, encumbra y abisma, fomenta y refrena. Esas nubes pueden atravesar cualquier espacio: un corrillo o un periódico, un individuo cavilando o una institución entera. La cantidad de superchería y de falso conocimiento que circula es cuantiosa e inevitable. Tiene una justificación: verdad que la poesía no nos somete a una intelección fácil. Y el rey puede ir desnudo, sobre todo después de las lecciones del romanticismo y las vanguardias, pues los consumidores siempre tienen un ángulo de temor: tal vez exista un valor allí en aquel adefesio que ven circular. Mira el dubitativo a su alrededor, y aprueba si observa algún consenso o si resulta a todas luces conveniente. Para establecer jerarquías y anunciar públicamente los valores, la sociedad ha delegado en el crítico tan deslizante responsabilidad; pero donde los críticos existen afiliados a tendencias, o no existen, o temen arriesgarse en la producción de última hora, las posibilidades de deslinde o de alta intelección quedan muy mermadas. Entonces dos figuras de la vida literaria ganan protagonismo: el diletante y el promotor de tendencias. Los diletantes expresan la recepción de vanguardia, y crean una caja de resonancia para la novedad, estableciendo un consenso de punta y espontáneo. Pueden estar equivocados en la adjudicación del valor, pero actúan como poderosos vectores de la fuerza interesada en la incorporación de alguna mirada, figura o línea estética. Los promotores de tendencias, que con mucha frecuencia pertenecen a ellas, emergen activamente en los sitios de legitimación. Actúan como los heraldos de una supuesta nueva verdad. Gozan de mayor autoridad que el diletante, y permean a veces los juicios institucionales. Los lectores lejanos oyen los clarines, y pueden equivocar sus admiraciones. Estamos hablando de pura vida literaria, pues si hay fuerzas de otro orden interesadas (económicas, políticas, ideológicas), como las hay siempre, estos vectores influyen sobre los internos y encaminan la atmósfera hacia los horizontes deseados. No queda más remedio para alguien que esté consciente de su valor que incorporarse a la vida literaria, que ha de atravesarse irrecusablemente, con la vista puesta en la literatura, que es donde debe estar siempre. La literatura, a través de posteriores entornos literarios menos manipulados y prejuiciados con los valores desdeñados de ahora mismo, legitimará de otro modo, y entonces cabrá la posibilidad de la anagnórisis colectiva de un valor preterido o disminuido en sus alcances. Si la sociedad humana entera tiene serios problemas en la distribución de la justicia, ¿cómo esperarla espontáneamente en una de sus áreas estructurales más complejas?

La poesía es un acto espontáneo, su promoción, al institucionalizarse, se organiza y expande pero al mismo tiempo pierde naturalidad. ¿Cómo llegar al equilibrio?

En el terreno social la visión de que algo es enteramente natural resulta sospechosa. Todo lo que es objeto en la vida social pasa primero por el sujeto. Siempre hay, se quiera o no, un grado menor o mayor de manipulación. La manipulación puede ser histórica, y como no se ve ya mano alguna, se nos puede presentar como una manifestación natural. La promoción de determinadas figuras o productos poéticos efectuada por un sistema institucional siempre implica un escogimiento y un sentido proyectivo. Si suprimimos la voluntad institucional y damos curso absoluto a la de los autores por sí y para sí mismos, reinarán otras manipulaciones, tal vez más abigarradas y perniciosas. Fuertes grupos de presión se apropiarían de las posibilidades promocionales, el campo literario acentuaría su inclinación tribal y sería pasto absoluto de las fuerzas extraliterarias, que siempre están ahí, actuando vivamente. Solo tendría este último caso unas iniciales ventajas: una mayor rapidez de respuestas y un papel significativo de las iniciativas autorales. Pero los agentes literarios acabarían apareciendo y adueñándose del espacio, como intérpretes especiales de la fuerza extraliteraria que ha copado el campo, y los autores legítimos, no dispuestos a ser mancornados, tendrían que pasar hacia pequeños y oscuros territorios de resistencia. Si suprimimos la voluntad autoral e instauramos únicamente la voluntad institucional sobrevienen otras potencialidades y obstáculos. Detrás de la institución está el Estado, que discriminará y jerarquizará según sus intereses y proyecciones. Si la vida literaria está deficientemente estructurada, y faltan componentes suyos esenciales, como la crítica sincrónica, pueden deformarse las jerarquías y dedicar los pocos recursos promocionales a obras y figuras que son pura pompa. El asunto es muy serio, y exige un espacio que aquí no tenemos; pero precisamente por este punto pasan muchas encrucijadas y coyunturas. El equilibrio hoy día no existe en parte alguna, aunque se hagan grandes esfuerzos por conseguirlo en alguna parte más que en otra. Hay que reconocer que es fenómeno aún no estudiado con suficiente penetración, aunque digan otra cosa algunos culturólogos. Esto en cuanto a los pormenores esenciales de la promoción dentro del eje autor-institución. En cuanto a cómo desenvolver la promoción con modos frescos, eficaces y dinámicos, lo que predomina muchas veces es ausencia de imaginación y un culto irracional al facilismo, más allá del miedo a lo que pueda no ser controlado y enderezar hacia direcciones desconocidas. Tomemos, por ejemplo, una tertulia, uno de los más sencillos mecanismos de promoción. Ya, entre nosotros, circula una concepción estereotipada de qué es y cómo funciona. Son tertulias inerciales y homogéneas. No hay un estudio histórico detenido de esta clásica y poco costosa célula promocional. ¿Cómo eran las reuniones o tertulias de los antiguos poetas asiáticos, de las damas estilo la Pompadour, de los poetas malditos, de los asistentes a Les Quatre Gats, del grupo OuLiPo, de los futuristas rusos, de los intelectuales cubanos de la Colonia y la República? ¿Qué hacer para que estén en condiciones de paridad frente al público los poetas que escriben una poesía conceptualista y deconstructiva y los que escriben otra más cercana a la oralidad como la décima o el soneto? Son muchas las preguntas que puede formularse quien procure conseguir una adecuación promocional exitosa a fenómenos de la vida poética que no pueden perder jamás su vitalidad espontánea y su orgánica necesidad de comunicación con los públicos.

¿Necesita siempre la poesía de la letra impresa? Performance, poesía visual, actuante… en algún momento recurren a una reseña, un manifiesto, una crítica…

La poesía nació con la música y la danza. Su matrimonio con el signo escrito es prácticamente de ayer mismo. La evolución natural de la poesía es de la oralidad a la escritura, de la anonimia a la autoría. Y el regreso a sus orígenes siempre acompaña todos sus movimientos hacia delante. Es cierto que toda nuestra cultura es caligráfica y visual. Poemas hay que fueron escritos en la soledad, impresos y distribuidos para consumidores que jamás los han pronunciado. Pero nunca se pierde totalmente el juego entre lo oral y lo escrito. Y aunque lo oral es primario, ya lo escrito forma parte inalienable de nuestra interacción sensible. Más allá de las literaturas ágrafas, o de los sectores orales dentro de las culturas gráficas, generalmente de base popular, dentro de las propias esferas letradas siempre hay fuertes anillos de expresión oral, o zonas fronterizas, o de proyección escénica, que insisten en las búsquedas sonoras. Es válido que una exploración oral elabore paratextos escritos, que los ponga al servicio de la experiencia fonética. Necesita preparar las circunstancias para su intelección en una sociedad que se encuentra signada por la escritura. Así como la rueda es un enlace entre el origen y el destino, la página impresa es un eslabón entre un emisor y un receptor diferidos. La oralidad puede ser grabada, pero adquiere en la grabación el carácter diferido propio de la escritura: es una inscripción sonora. Adquiere la misma secundariedad del grafema respecto al fonema: son sonidos de segundo orden. Falta el trasiego inmediato de lo puramente oral. Un poema escénico verdadero no se fija nunca: el receptor obliga al emisor a continuas y sutiles transformaciones de todo tipo. Como bien dices, la reseña, el manifiesto, la crítica, textos supeditados a la experiencia artística propiamente dicha, cumplen cometidos importantes en nuestras sociedades de la impresión, y el experimentador oral no tiene por qué renunciar a ellos. En este toma y daca de todas las facetas comunicativas crece la sustancia interactiva de la poesía.

¿Podríamos hablar de poesía generacional? ¿…de género? ¿…de negros? ¿…de homosexuales? ¿…de habaneros? ¿…de provincia? ¿…de poesía cubana?

Podemos, en cuanto el ser humano es una criatura sujeta a determinaciones. Muchas son las determinaciones, y un gran número de ellas se encuentran en relación directa con la identidad y el ejercicio del sí mismo. Como la poesía es un arte esencialmente confesional, las determinaciones siempre estarán presentes, de una u otra manera. Si la determinación no conlleva una discriminación, y es solo una propiedad que distingue, ella será expresada sin razonamiento alguno. Si la determinación ha sido objeto de exclusión, asiste al poeta la mayor razón para enarbolarla enfáticamente. En términos de derecho y dignidad el gesto es de absoluta validez y posee carácter necesario para una actitud desalienante. Pero hay que estar atentos, para no permanecer definitivamente constreñidos a una determinación que ha habido que acentuar coyunturalmente, pero que es solamente un elemento de nuestra identidad. Allí donde hemos sido aislados, situaremos los arietes de nuestra lucha, pero será para abrir las puertas de la plenitud a una emancipación verdadera. La libertad legítima necesita, como el bosque la luz del sol, de la dignidad más vasta. La poesía de más alta escala humana es la que dialoga con todos los seres dentro de la compartida semejanza de lo digno.

La poesía puede ser entendida como un fluido, cierta liquidez transportadora y transportable. ¿Cuáles han sido para usted los orígenes de tales manantiales? ¿Qué diferencias de presiones lo han movido en los distintos momentos de su vida?

Pienso que toda metáfora justa es un modelo del mundo. Y la asociación hidráulica representa bastante bien la naturaleza del talento y de la vocación. En efecto, en algún sitio la vida nos apretó con dedos de hierro nuestro curso interior, y comprimido de ese invisible modo se hizo más veloz y potente en las válvulas inconscientes, en nuestros inefables vasos comunicantes. Debo contarte que en mi primera juventud estuve muy cerca de estudiar para ingeniero hidráulico. Solicité esa beca, me armé de libros, comencé a prepararme por mi cuenta. Nunca me llegó, y mi vida tomó por otros afluentes. Pero ya me quedó para toda la vida un reservorio metafórico de carácter líquido, de manejo de aguas, de conducción y drenaje soterrados de analogías. Y he de reconocer con honradez que tengo una idea muy vaga de mis manantiales, y que no me alcanza ni la intuición, que siempre corre delante de la mirada, como una exploradora incansable, para verbalizarte algo de los orígenes de esos supuestos veneros. Como poeta, he vivido adiestrándome en la introspección, y cuando he visto en mí una salida me he ido solitario y punitivo a visualizar la entrada, pero rara vez he dado con la nuez de donde brotó, como una flor transparente, el agua originaria. No lloré al nacer, como los otros niños, según me cuenta mi madre; pero luego la vida, en presiones sucesivas, me ha ido exprimiendo los cauces profundos, y la vicisitud y la alegría han sido los grifos permanentes de mi canto. Heráclito supo qué es tener el tiempo entre las manos, y Manrique hacia dónde conduce la corriente del destino. Poetas todavía prístinos y frescos, como el agua, que no envejece. La poesía es una ciencia oscura, que suelda en una síntesis centelleante el árbol prolijo de las ciencias.

Roberto ManzanoEn Pensamientos libres asegura: “La poesía no es la vida, pero es su más honda cisterna, su museo más extenso y su atalaya más alta”. ¿A qué se refiere?

Pensamientos libres, como muchos libros míos, posee una editez sospechosa. Se publican, permanecen en alguna que otra librería un tiempo, y desaparecen en el mismo silencio e incomunicación. Los lectores comunes no se aventuran con libros desconocidos de poesía, y los poetas no leen a los poetas, no sé si como una actitud de desdén o como una equivocada beligerancia profesional. No es el caso de Synergos, cuya desaparición posee una causa evidente: recibió un premio importante. Los libros de los poetas actuales, para ser medianamente leídos, necesitan una añadidura bulliciosa. En Pensamientos libres intento una poesía conceptual, no exenta de temblor, de sensación viva; pero bajo el laconismo y la elegancia de la idea bien volcada. Como siempre, defiendo a la poesía, entre otros asuntos, y como la poesía está muy necesitada de defensa varios poemas insisten en ello obsesivamente. Para alguien que piensa en la poesía, una de las primeras relaciones que salta a la vista de la mente es la de la poesía y la vida, de tan larga data en la historia del género. Precisamente a esa relación me refiero en el pensamiento que copias. La poesía es el lenguaje de lo subjetivo permanente, explicó José Martí. La cisterna, el museo y la atalaya, imágenes llevadas a grado exponencial, cubren las dimensiones simbólicas más palpables de la realidad. En esas tres direcciones la poesía está presente como una extensión invisible que pone el corazón humano.

La décima, catalogada por algunos escritores como la «estrofa nacional», ha sido defendida de quienes no la consideran siquiera dentro de la poesía. Para reconocerla se han creado concursos exclusivos, encuentros de decimistas, eventos de relevancia nacional… ¿No cree que esta forma de «salvarla» es también una manera de aislarla del resto de las voces poéticas?

En efecto, el problema no está en la décima, sino en los que no la consideran de manera alguna dentro de la poesía. Otros manejan su desdén de otro modo: si es poesía, ¿por qué ofrecerle un espacio particular? Son variantes del mismo gusto: la décima no les parece atractiva desde ningún punto de vista. Antes que defender la décima, detengámonos en sus detractores. Dime qué rechazas, y te diré quién eres. Pensemos en los poetas que viven comidos de un ansia de novedad: los autores de éxito en otras lenguas (las europeas en específico, excluida la española, y el inglés, sobre todo el de Norteamérica) no cultivan ahora mismo nada semejante: estos poetas, fascinados por sus modelos, de quienes quieren ser émulos entre nosotros, tienen puestas sus brújulas muy lejos de la décima, que les parece rebasada en cuanto norma, y abominable en cuanto producto estético. Pensemos en los poetas que solo escriben en verso libre, sin la menor noción de despliegues rítmicos, tal como el renglón les viene a la mano: la décima les parece una cárcel antigua y un almíbar sonoro. Pensemos en los poetas que ya han abandonado el verso y nada más frasean, distribuyendo los grupos fónicos bajo la dirección única del progreso ideotemático, y que poseen una baja visualidad gráfica del poema desenvuelto: la décima se les antoja un jardín inglés, con sus arbolillos reciamente podados, y una cohorte de soldados todos de la misma estatura y con las mismas recortadas lanzas. Pensemos en los poetas que ya consideran retrasado hasta frasear, y que entran a saco en la página y en la lengua, torciendo y destorciendo los textos, hasta que lo ofrecido parezca como una traducción oscura de alguna lengua desconocida, de la cual ellos son sus celadores y garantes: la décima les parece una reminiscencia de la oralidad, un ejercicio cultural de muy bajo glamour, una estupidez estética que asombra ver en activo todavía. Pensemos en los poetas que tienen como secreta utopía (a veces ellos mismos no lo advierten) plasmar lo suyo en un modo escriturario de carácter internacional, o en una especie de constructo expresivo que se aproxime idealmente a un estilo semejante: la décima les parece un animal endémico, cuyas fronteras de sobrevivencia son muy ceñidas, y una estrella relicta, que parpadea todavía en el cielo después de muerta. Pensemos en los poetas que no albergan prejuicios contra ella (estos son los más respetables de los mencionados), pero no reconocen en esa estrofa potencialidades expresivas para ejecutar los movimientos de su espíritu: no la cultivan jamás, pero saben cuándo alguien ha conseguido autenticidad artística en ella, y absolutos conocedores de los desafíos que la décima implica, saludan el triunfo de su prójimo poético. Por este inventario de prejuicios, de anteojeras estéticas, de deficiente distribución de los valores, de manipulaciones sutiles contra la décima, es bueno, aunque sea coyuntural, que se le atienda en específico (no se le atiende todo lo necesario), pues ella no es solo una estrofa de gran valor para nuestra comunidad histórica, sino sobre todo un espacio de viva contemporaneidad y fuerte exploración estética en que están trabajando ahora mismo excelentes poetas.

¿Tiene el poeta necesidad de legitimarse? ¿De ser inmortal? ¿Trascendente? ¿Cuál debe ser la meta?

Escribir para que lo lean a uno mañana tan solo, de espaldas a nuestros contemporáneos, es un extravío. Decir que se escribe solamente para los contemporáneos, es una hipocresía. Escribimos para nosotros mismos, y pensando en nuestros abuelos muertos y en nuestros nietos por venir. Un poema es una cápsula informativa que se arroja a la mar del tiempo, para que alcance el corazón de nuestros próximos, lejanos, simultáneos y sucesivos semejantes. Un lector no es nunca un hipócrita o un enemigo que agredir, sino un hermano con quien dialogar en el silencio. La gente sencilla incluye siempre en sus ruegos, además de la salud y el desenvolvimiento, la larga vida. Decía Eluard: “Durar no es ser inmóvil”. Escribir es también un anhelo de intercambio y prolongación dinámicos. Escribir no significa siempre ansia de legitimación. Es un placer en sí mismo: el inmenso placer de crear. La capacidad de crear para bien nuestro y de los demás es de estirpe divina, que es como llamamos a lo óptimo humano. ¿Hay que ser inmortal? No, que llegado cierto momento es necesario cerrar los párpados: todos nos merecemos un descanso. Sí creo que es bueno que nuestra utilidad sea permanente, y rebase el espacio donde caminamos, y sobreviva el tiempo en que nacemos y morimos. Puede que eso no sea posible, pero basta intentarlo. La primera contribución consistirá entonces en luchar porque se preserve la vida que nos rodea y la especie a que pertenecemos, y porque esa preservación sea armónica y digna. En esa tarea no hay Juana de Arco como la poesía, ella es la doncella a que debemos servir, la insignia que hemos de alzar contra la incomprensión, el olvido, la injusticia, los límites. La poesía será la última batalla que libre el ser humano antes de entrar en la barbarie de la catástrofe. En cada ser humano vive Noé, el que juntó alrededor suyo a la pareja humana, a la familia, a los animales, a las plantas, y entró en la noche procreadora de su barca hasta que vio sobre el Ararat regresar la paloma en el aire fresco de la cumbre.