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Estrellas fugaces y piedras del cielo
Bruno Henríquez , 09 de octubre de 2007

Cree a aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado.
André Gide

El trazo de las estrellas fugaces en el cielo despertó el interés de las personas desde el primer momento en que miraron al firmamento, estas presentaban dibujos invariables que se repetían a lo largo del año y los planetas mostraban un desplazamiento a lo largo de los días. Todos ellos se podían predecir, pero las fugaces eran fuegos que aparecían de pronto sin esperarlas y algunas veces en el año aparecían como lluvia de estrellas aunque las tradiciones populares le daban el nombre de aquellas que caían. Sin embargo, después de las ocurrencias de dicho fenómeno, no faltaba ninguna de las ya conocidas y eso causaba más confusión aún.

La creencia popular le asignó a la observación de la caída de una estrella fugaz el valor de un acto de suerte y en muchas culturas se pide un deseo cuando se observa alguna.

La estrella fugaz es el rastro que deja un aerolito cuando al caer a tierra alcanza altas temperaturas en su roce con la atmósfera. En ese momento, su  temperatura asciende tanto que este no solo arde, sino que puede llegar a desintegrarse a pesar de ser una piedra y sus fragmentos se dispersan por lo que muchas veces no pueden ser hallados. Otras veces los fragmentos son tan grandes que llegan a la Tierra. A este fenómeno se le llama meteoro, al cuerpo sólido que lo causa se le llama meteoroide y al caer a tierra se le llama meteorito.

Muchos aerolitos son rocas magnéticas que al calentarse pierden su magnetización, porque en su entrada a la atmósfera alcanzan una temperatura tan alta que desaparecen los llamados dominios magnéticos o micro zonas de magnetización definida y pierden la orientación de las moléculas, con lo que desaparece la magnetización del cuerpo, a esta temperatura se le llama temperatura de Curie. Al caer a tierra y enfriarse, se vuelven a magnetizar en la dirección del campo magnético de la Tierra predominante en ese momento, lo que le sirve a los geofísicos para conocer, según sea el caso, la fecha de caída del meteorito o la orientación y el valor del campo del planeta en el momento de la caída.

La disciplina que se ocupa del estudio de los campos magnéticos en la antigüedad, ya sea a partir de los rastros en las estructuras geológicas o en los meteoritos, recibe el nombre de Paleomagnetismo, con él se puede ayudar al fechado de sucesos históricos y geológicos.

La veracidad de las observaciones es un requisito indispensable en cualquier fenómeno analizado por la ciencia. Los datos deben ser confiables, poderse obtener por otros observadores y, de ser posible, repetirse. Presupone, a partir del análisis de los datos verificados, una hipótesis o sugerencia para explicar lo que se observa, a veces teniendo en cuenta todos los datos, otras infiriendo algunos hechos no demostrados pero que no acostumbran a contravenir el pensamiento científico de una época.

Algunas veces, la ciencia sugiere cambios que rompen los paradigmas de una época y, en batalla contra la inercia mental, presenta una posible solución al problema observado que abre una nueva era en la forma de enfocar el mundo. Otras veces los científicos −no la ciencia−, ante la imposibilidad de explicar lo que ocurre, niegan la veracidad de los hechos por no haber sido reportados por "personas confiables".

Hasta el primer tercio del siglo XVIII, se pensaba que no podían caer objetos materiales del cielo. La muy prestigiosa Academia de Ciencias francesa y la Royal Society de Londres declararon que era imposible que cayeran piedras y que los reportes hechos por los campesinos eran supersticiones de personas ignorantes. A finales del siglo XVII y principios del XVIII primaba la Era de la Razón y los científicos negaban las "absurdas creencias" en objetos celestes que caían a tierra. Entre 1782 y 1794, el físico alemán Chladny coleccionó meteoritos y fue uno de los primeros científicos que insistió en afirmar que caían del cielo, como le habían informado algunos campesinos. En 1794 escribió un libro sobre este tema.

En 1803, un científico de renombre llamado Jean Baptiste Biot, que se destacó en Química y Astronomía, reportó haber observado objetos materiales cayendo del cielo y realizó estudios importantes para demostrar a la comunidad científica la existencia y el origen de los meteoritos.

En 1807, el químico norteamericano Silliman observó la caída de un meteorito cuando estaba en compañía de un colega, lo cual hizo decir al entonces presidente Thomas Jefferson que era más fácil creer que dos profesores universitarios estaban mintiendo, a creer que habían caído piedras del cielo. En aquella época, la opinión científica legitimaba que las historias de objetos que caían del cielo estaban relacionadas con los cuentos de fantasmas.

Una gigantesca lluvia de meteoritos, que tuvo lugar en 1832, conmovió la opinión científica y esta se hizo consciente de la existencia de los meteoritos como objetos reales de origen extraterrestre.

No siempre la opinión arraigada en la comunidad científica tiene que ser cierta, esto no quiere decir que todas las ideas que discrepen con la ciencia oficial serán reales algún día.

Los meteoritos son investigados por los científicos en busca de información acerca de su origen, del origen del sistema solar y de cómo están compuestos los cuerpos ajenos a nuestro planeta. En algunos de ellos, se han encontrado marcas de posible actividad biológica extraterrestre, con lo que se ha reactivado la polémica de la posibilidad de vida en el Planeta Marte.

Los meteoros ocurren de forma independiente en la mayor parte del tiempo, pero durante algunos intervalos ocurre un fenómeno conocido como lluvia de estrellas en la que aparecen cientos de ellos como si emanaran de un punto fijo en el espacio. Las lluvias de estrellas aparecen el mismo día cada año y se llaman lluvias periódicas y reciben el nombre de la constelación de la que parecen venir. Las más conocidas son las Líridas que ocurren en abril, las Eta-Acuáridas al principio de mayo, las Perseidas que ocurren en agosto entre los días 12 y 13, las Oriónidas que ocurren entre el 20 y el 22 de octubre y las Leónidas en Noviembre 17.

Una de las polémicas que se mantienen en pie hoy en día es la que se refiere a la caída constante de meteoritos u objetos cometarios formados por hielo de agua, de pequeñas dimensiones (varios metros), los que se desintegran a alturas entre 15000 y 600 km, por lo que no ofrecen peligro. Esto se reporta, entre otros, por el astrofísico L.A. Frank, quien dice que los ha registrado con las imágenes en luz ultravioleta del satélite NASA POLAR, afirmando que caen varios miles por día y aportan grandes cantidades de vapor de agua a la atmósfera de la Tierra. Otros astrofísicos rebaten estas afirmaciones alegando que, de ser así, los sismómetros situados en la Luna los habrían detectado y que las observaciones hechas por el satélite utilizado por L.A. Frank, corresponden a efectos de interferencia de los rayos cósmicos sobre los instrumentos de detección ultravioleta.

Los meteoritos que se han encontrado en la Tierra se clasifican atendiendo a su composición como ferrosos o pétreos, en función de la cantidad de hierro u otros minerales que predominen en ellos.

Aunque se considera que muchos meteoritos son fragmentos de asteroides o cometas, estudios recientes en la Antártida demuestran que algunos de ellos vienen de la Luna o de Marte y se supone que han sido arrancados de estos astros por el impacto con otros asteroides al caer en ellos o por la explosión de los volcanes, por ejemplo, en la Tierra se tienen registros de explosiones como la del Krakatoa, que han sido capaces de proporcionarle a las rocas velocidad suficiente para escapar del campo gravitatorio terrestre.

El meteorito más grande conocido se estima que pesa alrededor de 55 toneladas, se encuentra en Hoba Oeste, cerca de Grootfontein, Namibia. El que le sigue en tamaño pesa más de 31 toneladas, es llamado Ahnighito (la Carpa), fue encontrado junto a dos meteoritos pequeños cerca de Cabo York en Groenlandia, en 1894. Está compuesto principalmente por hierro, las tres masas fueron utilizadas durante mucho tiempo por los esquimales como una fuente de metal para hacer sus cuchillos y otras armas. El Ahnighito fue llevado a los Estados Unidos por el explorador que lo descubrió, Robert Edwin Peary,  y se exhibe en el planetario Hayden de New York.

Los asteroides de mayores dimensiones han causado la aparición de grandes cráteres. El cráter más grande, que se suponía hubiera producido un meteorito en la Tierra, fue descubierto en 1950 en el Noroeste de Quebec. Es un pozo circular de 4 km de diámetro que contiene un lago y está rodeado por lomas de granito fragmentado. Sin embargo, el más famoso de los cráteres producido por un meteorito es el Cráter Barring situado en Arizona, tiene un diámetro de 1.2 km y 180 m de profundidad. Ha sido escenario de películas y documentales y aparece en todos los libros de Geografía física y en casi todos los de Astronomía.

Se considera que la desaparición de los dinosaurios fue causada por la caída de un gran meteorito en la zona de Yucatán, al que se le da el nombre de Chicxulub, pero ese también es tema de otra historia.

Nota: La imagen ilustra un grabado del siglo XVII que muestra una lluvia de estrellas.