Mujeres agresivas, nostálgicas, cuestionadoras, inteligentes, irónicas y vulnerables habitan Del otro lado del túnel (Ediciones Extramuros, 2005), compilación de cuentos hecha por Nancy Maestigue.
El volumen reúne nueve textos signados por las particularidades estilísticas de Johamna Depestre, Lourdes de Armas, Souleen Dell´Amico y Anna Lidia Vega, autoras cubanas residentes en Alamar, al este de la capital. Un túnel parece distanciar esta urbe del centro de la ciudad pero en realidad es punto de encuentro y retroalimentación de las estéticas y cosmovisiones gestadas a uno y otro lado del viaducto.
“Abikú”, de Johamna Depestre, constituye el cuento que transmite, de modo más explícito, la violencia doméstica. En él la narradora es a la vez, la asesina que argumenta fríamente las razones de su multihomicidio. Dueña de siete miserables losas (el único espacio físico que le pertenece en su casa) que no son suficientes para ganar la participación en el entorno familiar, y excluida de todos sus derechos como mujer, hija, hermana y cuñada, la protagonista decide quitarle la vida a sus parientes como último recurso de autovalidación, aunque luego deba sufrir las siete losas de la celda donde será la paranoia quien continúe marcando su territorio.
En “El hombre canoso”, Lourdes de Armas presenta un personaje masculino que sobresale por su carácter excesivamente obsesivo y esquemático: no se enamora (de lo cual se enorgullece), trabaja sin cesar, hace cálculos de todos los informes que recibe de sus subordinados, no admite errores ni acepta desobediencias de ninguna mujer. Hacia el final del texto él (que habitualmente sometía a rigurosos análisis comparativos a las féminas más cercanas, incluida su esposa), será examinado con aspereza por su secretaria, quien muchas veces sufrió su humillación por no haber llegado, según él, al máximo nivel.
Llama la atención la estructura formal de este relato que en consonancia con la vida rutinaria y esquemática del protagonista, se construye a partir de la reiteración cíclica y ascendente de oraciones, y estas a su vez, como una suerte de retahíla, van creciendo a medida que la voz narradora aporta nuevos elementos caracterizadores de su personalidad.
“La hermandad”, de Souleen Dell´Amico, deviene un elogio al sentimiento de colectividad que puede unir a un grupo de personas, pero el texto deja entrever mientras avanza la narración, que no siempre son admirables y dignas de aplausos las acciones que se realizan en nombre de la fraternidad humana. Sin embargo, están tan bien diseñados los personajes y tan bien construida la relación de amistad (elemento unificador e identitario del grupo), que resulta difícil juzgar a Mirna, quien sobresale por el carácter plurivalente de su conducta. Ella, la única mujer del grupo, es el personaje más humano, y por tanto, más complejo del texto y sus motivaciones constituyen el eje que estructura y da sentido a los hechos narrados.
En “La muchacha que no fuma los sábados” se alternan dos discursos en primera y tercera persona respectivamente que construyen la historia desde perspectivas diversas y dan voz e imagen a un personaje femenino marcado por los miedos, los prejuicios y la claustrofilia.
Anna Lidia Vega presenta a una mujer cuyo cuerpo está cubierto de pelos negros y espesos que alimentan su temor a quedar en ridículo, por lo cual se niega a salir de su casa. Frente a las visitas de Doc, su amante de los sábados, quien la anima a que rompa su aislamiento, se erige el pánico, la soledad y la automarginación de este sujeto femenino que añora, desde su atmósfera de desamparo y desorden, el olor a heno, columpios y aceptación.
Como ha apuntado parte de la crítica, “el monstruo peludo, la muchacha encerrada, es también el elemento paródico, dolorosa y femeninamente lúdicro con que Vega Serova demuestra que el realismo sucio puede ser expuesto –si de cánones y tipologías prefijadas se trata- de manera bien discreta y certera” (1), esto es, a través de las imágenes soñadas y/o recordadas que el subconsciente de la protagonista sugiere y descubre.
Del otro lado del túnel se escuchan voces que van marcando el sendero de la narrativa escrita por mujeres. Alamar es, para ellas, no solo un lugar de residencia sino también el eje creador de historias, personajes y estilos que van conformando, desde el este de la capital, “una literatura más abierta, plural y multicultural” (2) , donde las féminas suben a escena y logran dirigir su obra.
(1) Rodríguez Cuesta, Mabel “Marginalia no. 7, otra dirección para inventar la realidad”, en Temas 37-38, abril-sep 2004, p 100.
(2) Ávila González, Manuel. Prólogo a Del otro lado del túnel.