No hay nada más silencioso que un cañón cargado.
Heinrich Heine
Mucho antes de que en Europa se tuviera el dominio de la pólvora, ya existía un arma capaz de sembrar el pánico entre los enemigos de Grecia y cuya fabricación se mantenía en secreto para evitar que cayera en manos ajenas.
Hay múltiples descripciones de batallas en la que el fuego griego determinó el curso del combate. También se narran las formas de emplearlo en la tierra y en el mar y antiguos métodos de protegerse contra sus efectos.
El secreto del fuego griego fue buscado por los alquimistas medievales e investigadores de nuestros días. Su inventor, según múltiples fuentes históricas, fue Calínico de Heliópolis. Calínico era un arquitecto egipcio que había huido de Siria durante las invasiones musulmanas.
El fuego griego consistía en un líquido inflamable al contacto con el aire.
Se cuenta en la "Cronografía" de Teófanes el Historiador que en el año 673 de nuestra era, durante el asedio de Constantinopla por los árabes, Calínico entregó al emperador de Bizancio la receta del líquido destructor.
El fuego griego se siguió usando en el imperio bizantino hasta la caída de Constantinopla en 1453.
El compuesto debía transportarse en recipientes cerrados que eran lanzados contra las tropas enemigas. Según se cuenta, al romperse el recipiente el líquido entraba en contacto con el aire y se inflamaba. Una de sus características era que se pegaba a la piel y a los objetos mientras ardía, siendo imposible apagarlo con agua que por el contrario avivaba más el fuego y según algunos solo se podía lograr con la utilización de vinagre.
El uso del fuego griego se fue perfeccionando y surgieron los primeros lanzallamas, con ellos el fuego griego era arrojado a presión por medio de tubos y sistemas de bombas y fuelles.
El poder destructivo del fuego griego
La posibilidad de proyectarlo como un chorro permitía arrojarlo a través de tubos situados dentro de las fauces de esculturas de dragones vaciadas en bronce y que se ponían en la proa de los barcos, así los dragones que arrojaban fuego por la boca pasaron de la leyenda a la realidad.
El poder que le daba a Bizancio la posesión de la información del fuego griego hizo que este fuera guardado como secreto de estado y solo se transmitiera al personal de la más estricta confianza y que tenían acceso a los laboratorios ocultos.
En Las meditaciones sobre el gobierno de Estado, Constantino VII Porfirogéneta, que había declarado secreta la receta del Fuego griego, le escribe a su hijo: "Debes guardar por todos los medios el secreto del fuego griego… y si alguien se atreve a pedírtelo, como lo hacían con frecuencia a nosotros, rechaza esas peticiones respondiendo que el secreto del fuego se lo reveló un ángel a Constantino el primer emperador cristiano. El gran emperador para prevenir a sus herederos, ordenó esculpir en el altar del templo una maldición a quien osara entregar este descubrimiento a los extranjeros…". La misiva fue efectiva pues el secreto se mantuvo por cinco siglos.
En 1210 el emperador de Bizancio Alejo III fue destronado y tuvo que huir a las tierras del sultán de Iconium donde este último le entregó el mando del ejército, y se narra que en el asedio de Damietta (1218) los árabes usaron el fuego griego al enfrentarse a los cruzados.
También corren rumores acerca de la posesión del fuego griego después de esta fecha por otros pueblos, pero muchas veces son solo leyendas de grandes incendios, aunque no se descarta la posibilidad de que, después de dado a conocer el secreto de su preparación, personas capacitadas tuvieron la oportunidad de repetirlo. Al volverse un arma común en las guerras de la mitad del siglo trece y principios del catorce, deja de mencionarse en los anales históricos.
La última mención histórica que se hace del fuego griego corresponde al asedio de Constantinopla por Muhammad II en 1453 donde tanto turcos como bizantinos lo usaron.
La búsqueda del secreto del fuego griego hizo que se probaran muchas mezclas químicas y se desarrollaran otras que si bien no eran iguales daban algunas veces resultados parecidos. Por la línea de la historia esto dio lugar a los modernos lanzallamas y al mortífero napalm.
El investigador alemán A. Stettbacher, quien publicó en 1937 un libro llamado Pólvoras y sustancias explosivas, supone que el fuego griego se componía de azufre, sal, brea, asfalto y cal muerta. La mezcla al entrar en contacto con el agua se calentaba y el calor de la combustión de la cal evaporaba una parte de las sustancias incendiarias que con el aire producían una mezcla inflamable.
Hipótesis más recientes afirman que el fuego griego era un líquido gelatinoso que se componía entre otras cosas de fracciones livianas de la destilación de petróleo, azufre, brea, aceites vegetales y tal vez salitre o cal viva. Dice Asimov en su Enciclopedia biográfica de ciencia y tecnología que el oxígeno lo extraía del nitrato potásico y la cal viva servía como fuente de calor al reaccionar con el agua.
El valor histórico del fuego griego es innegable pues, de no haberse utilizado por parte de Bizancio, la caída de Constantinopla hubiera permitido la extensión de la religión mahometana y toda la influencia política de los árabes por Europa y la historia habría sido otra.