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Martínez Sobrino: Figuras de tormenta
Luis Álvarez Álvarez , 20 de diciembre de 2007

En raras ocasiones, la poesía puede concentrarse fielmente en sí misma, hallar su propio tono en la auto-comunicación, despojarse del hervor de la pasión, tan efímero a pesar de sus centellas. Así crece entonces, de sí misma, hacia sí misma, transfigurada en conversación difuminada entre el poeta y el ser. ¿Poesía filosófica? Quizás. Al cabo, ambas obsesiones humanas surgieron juntas y unidas transitaron un trecho deslumbrante de sus difíciles arterias. En realidad, más que buscar un despliegue reflexivo en poesía de este calibre, de lo que se trata es de aguzar el oído, para percibir ese diálogo secreto entre un ser humano y el cosmos. Esta tesitura tan honda es, sin duda, lo que nutre Figuras de tormenta.1

En este poemario, la palabra se encuentra desbastada de accidentes, ornamentos, entonaciones fáciles. La ausencia de puntuación no responde siquiera a una voluntad de experimento o de pereza: se trata del desasimiento absoluto, que se niega incluso a acompañarse de trasfondo melódico, de ritmicidad simplificadora. No se dispone uno a leer frente a este libro, ni siquiera a escucharlo: es el silencio la base de su significación; en él se deslizan, poco a poco, imágenes entrañadas, visiones, en efecto, de una contemplación inacabable de la totalidad del mundo. Es esta la médula del primer poema, “Figuras de tormenta”: gestos, invitaciones tenues, palabras que apenas relampaguean en su esplendor despojado casi de estallido. Sí, Martínez Sobrino inicia su poemario con la evocación de la tormenta, pero ella está privada de dominio y terror: la ha detenido en los gestos diversos que la acompañan. ¿Qué está mirando este poeta? Tal vez sea la historia misma, no en sus detalles escarpados o hirientes, en su cotidianeidad devastadora: le interesa más bien el torbellino mismo de los seres —nubes, hojas, alientos, espacios, ráfagas— quintaesenciados en figuras de las que él puede disponer. El poema, y por tanto el libro al que da comienzo, se sitúa en la perspectiva de la creación omni-abarcadora, como desde un aleph borgiano que permite avizorar la fluencia danzante de la vida, en la cual las figuras dejan de ser entidades recortadas contra una luz hiriente, para no ser sino estremecimiento vital:

En los bordes de la creación
Removiendo el temblor
Destruyendo límites
Haciendo límites sin fin
Impenetrando
Por dibujos de látigos y de éxtasis
Tajos de eternidad —

¿Cuál es el pino quién es el viento?2

Es esta la entrada a una atmósfera única en sí misma: la meditación individual, irrepetible, propia, en la que aflora como cierre del primer poema la pregunta única que ha venido importando al ser humano tras milenios de tormenta: quién es el pino, quién la ráfaga que trata de abatirlo. A partir de este poema, en el que se contiene, como en ideales figuras holísticas, todo el poemario —idéntico a su totalidad, diverso en cada poema, cada verso que lo integra—, es preciso disponer la percepción, como quien se atreve a violar el silencio profundo de otro.

Uno de las substancias más intensas del libro depende de la construcción espacial: tiene razón el poeta al mencionar el “fin de las formas”;3 él constituye su cosmos interno a partir de la disolución de las figuraciones comunes, que ahora dependen no tanto de su propia realidad, sino de “La mirada que es mirada”, es decir, de la visión personal, que, al transubstanciarse en poesía, se convierte en objeto mismo de contemplación. Los espacios en que se asienta este discurso lírico, están constituidos por las percepciones más extendidas y angustiosas para el hombre: iluminación, expansión, densidad, intensidad, ascensión, ejes todos de la más azarosa construcción que el ser humano debe abordar: la de sí mismo. Así, quien surge de las aguas, esta Anadiómene personal del poeta, no es la diosa del amor lascivo —imagen tan vulgarizada y falsa de Afrodita—, sino el afán profundo del Eros inmenso y trascendente, no agotado en un cuerpo destinado a la ceniza, sino esplendente en su cósmica sed de lo absoluto. Esta Afrodita Anadiómene, entonces, es simultáneamente la belleza, el Eros y la mujer, que se transfiguran una y otra vez en el poemario, y se visten, en su unidad, de uno y mil nombres, incluso uno esencialmente cubano: en “Súyere” de nuevo Afrodita resurge de las aguas, su piel —ese límite impreciso destinado al desasimiento— se convierte en creciente infinito, en absoluta entrega de conocimiento y sensualidad trascendentes: “derrama tu piel / deshaz tu piel en esta piel—".4

Esta cuerda se tensa a través de todo el poemario y estalla en la altiva y dolorosa aspiración que se confiesa en “Orun”, uno de los peraltados momentos finales del poemario:


Vientos desnudez
Imagen sudor
Ciudad noche sola
Bandera sobre mí
Yo en tu luz
En tu clamor mi nombre
.5

Es el cuerpo absoluto lo que se convierte en escultura tenaz de esta poesía, no piel, no perecedera gracia, sino “Explayada / Desnuda / Majestad tendida”.6 Este cuerpo absoluto, por serlo, no es mera abstracción trasnochada: por el contrario, resulta sensualidad también absoluta, precisamente porque está por completo confundido con la conciencia de ser, con una voluntad expresada ante todo para sí mismo, como escucha primero de estos versos. Así, uno de los epigramas más intensos del libro es “Tu nombre”, en que el desprendimiento lírico, orientado hacia la captación de lo esencial, alcanza uno de sus momentos más deslumbrantes:

No has pasado
No vendrás
No existes

No eres sino este verso que te niega
Y el desnudo tenaz que es tu nombre
.7

Esta voluntad de consumada perfección abraza más allá de lo individual, para atreverse a conformar en su silencio un cuerpo también perfecto de la historia. Pues todo el libro trasunta, en efecto, una exultante transfiguración de ella, vista como inmenso mar donde, siempre, se descubren “Nadadores desnudos entre negras arenas”,8 pues, en efecto, el poeta descubre con orgullo que, a pesar de todo, existe con certeza un mundo donde nos estamos esperando. Esa posibilidad, como luz innombrable en túneles de espanto, es su aventura personal, su creencia imbatible en que los cuerpos expanden a los cuerpos en un espacio que, bajo su apariencia feroz, es el ámbito exacto de su sueño: un universo que debe construirse, una total necesidad de conquistar lo que él llama con certeza “la plenitud que soñó la noche”,9 pues “Somos el sentido de los bosques penetrados”.10

Como la tormenta no arrastra a los seres, sino sus límites de sombra, así este libro diluye las líneas externas, las substancias transitorias, las quimeras sin definición. Todo el libro es, como alguno de sus poemas sugiere, una aventura hacia el universo y, a través de éste, hacia lo hondo de sí mismo. Y tal hazaña asumida por un verso con tal fervor quintaesenciado, no es sino la voluntad de doblegar el cósmico fragor, que en su aparente infinitud nos encierra y nos condena.

Notas:

1 Poemario con el cual Mario Martínez Sobrino alcanzó el Premio de Poesía Nicolás Guillén en el 2004.
2 Mario Martínez Sobrino: Figuras de tormenta, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2004, pág. 8.
3 Ibíd., pág. 9.
4 Ibíd., pág. 50.
5 Ibíd., pág. 63.
6 Ibíd., pág. 11.
7 Ibíd., pág. 51.
8 Ibíd., pág. 13.
9 Ibíd., pág. 58.
10 Ibíd., pág. 66.