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El día del Kipur
Gina Picart , 03 de abril de 2006

El día del Kipur, novela de David Camps recientemente publicada por la casa editorial Letras Cubanas, es una obra poco común dentro de la narrativa cubana.

Como su título indica, el texto tiene como leit motiv la celebración de una de las más importantes fiestas judías, la Pascua, y su protagonista es un joven descendiente de una familia hebrea de clase media, quien vive una corta y sombría existencia a mediados del siglo XIX.

La elección de un tema alejado de la actualidad nacional y ambientado en un lejano tiempo histórico, de un argumento focalizado en un conflicto religioso, y de una composición narrativa basada en el análisis y desarrollo de la psicología del protagonista, configuran una incursión que, por esos motivos y también por otros, puede considerarse como algo bien diferente de la narrativa cubana de las últimas décadas.

La historia de la locura criminal de Emanuel se inserta en una trama que, en mi opinión, no llega a ser exactamente de novela negra, por más que estén presentes en ella elementos del género en cuestión, lo mismo que del tan gustado y comercialmente funcional policíaco. Creo más bien que se trata de un producto literario concebido en torno al estudio de un carácter, lo cual no es, precisamente, una característica de nuestra narrativa.

El temible asesino aparece por primera vez ante el lector bajo la imagen de un niño aterrado que intenta negociar un supuesto pecado de lujuria con la Divinidad de su pueblo y de sus padres, por la que se siente inclementemente observado, juzgado y sentenciado. Un infante tierno, desolado y mortalmente asustado, presenta ante Yavé una ofrenda disparatada con la cual su mente infantil cree poder sustituir los ricos presentes que los sacerdotes del Templo de Jerusalén consagran a su dios. Como bien define la nota de contracubierta al referirse a un compulsivo deseo de purificación, es el sentimiento de la culpa y el temor al castigo lo que mueve a Emanuel a intentar obtener la absolución celeste.

Al no conseguir su ingenuo propósito, el pequeño Emanuel, convencido de estar maldito, tendrá que enfrentarse a la vida cargando sobre sus hombros el fardo de su inmundicia moral, que se traduce en inmundicia ritual, sólo disipable con el crimen ritual. Emanuel comienza a asesinar sin conciencia alguna de sus actos, como un animal enloquecido que acecha en la oscuridad, una oscuridad tan completa y tenebrosa que no puede verse en ella a sí mismo.

Pero según transcurra el tiempo, Emanuel irá conciliándose con la certeza de estar maldito ante los ojos del Señor. Su propio cuerpo va convirtiéndose en una especie de pantalla donde se refleja la paulatina monstrificación de su espíritu. Del niño endeble, histérico, que se desmaya cuando cree que Dios le ha hablado, surge poco a poco un hombre en su demoníaca plenitud física, plenitud que intenta ocultar vistiendo ropas que no delaten el florecimiento de sus músculos. El autor nos permite asistir a una metamorfosis que recuerda la mutación de una tierna e inocente crisálida en una siniestra mariposa nocturna, anunciadora de desastres.

Resulta interesante seguir la evolución de un asesino que, en tanto desconoce su propia condición, aún tiene esperanza de ser salvo, pero se resigna, y hasta se engolosina con su siniestro poder, desde el instante mismo en que descubre su degradación humana. Su traje es un disfraz que lo protege del ojo del mundo, pero a partir de la adolescencia no lo encubre ya de su propia mirada. Y Emanuel, quien antes se consideraba una criatura rechazada por Dios y, como tal, víctima condenada, acabará transformándose en autodenominado ejecutor de una justicia que no le impone Yavé, sino su propia conciencia de ser un pecador. Emanuel asesina para congraciarse con la Divinidad. Ya que no ha sido aceptado a la vera del Señor, se imagina a sí mismo guardián y verdugo perpetrador de los designios de Yavé, creyéndose llamado a eliminar de este mundo a otras personas presuntamente más pecadoras que él. Así, identifica los impulsos de su locura y su lujuria con oscuras señales acerca de la justicia del cielo, y su condición criminal con la mucho menos defenestradora de justiciero celestial.

La trama avanza de crimen en crimen y las más disímiles mujeres son brutalmente privadas de sus vidas por el matador desconocido. Esta estructura me hizo recordar otra novela: El perfume, del alemán Patrick Suskin. Grenouille y Emanuel se diferencian en sus móviles, pues uno eleva el asesinato en serie a la condición de parte de un arte al que se ha consagrado, mientras que el otro mata para huir de sí mismo, pero los dos tienen algo en común: bien en el fondo de sus naturalezas repulsivas y predadoras, late el ansia desesperada de unirse a Dios.

Y aún comparten un territorio estos personajes: el del amor. Grenouille ama la perfumería y Emanuel ama a Sara, sentimientos cada cual perfecto en su naturaleza, que nada ni nadie consigue corromper ni borrar en sus almas. El último crimen de Emanuel es, justamente, un acto de amor, la única manera que encuentra de entregarse a la mujer que quiere: salvándola de una existencia miserable que le ha destruido el espíritu.

El día del Kipur es una novela breve, cuyas numerosas y nutridas citas bíblicas hacen sospechar si no estaremos verdaderamente en presencia de una noveleta. Su dinámico ritmo, su prosa sin artificios, su profunda reflexión acerca del lado oscuro de la condición humana, hacen de esta obra bien singular una lectura apasionante y grata.

Olga García Yero, 2019-12-09
Jesús Dueñas Becerra, 2019-12-01
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