Para bien y para mal de la literatura existen las tendencias, o diversidad discursiva. Del mismo modo están las colecciones dentro de los sellos editoriales. Sanlope, de Las Tunas, no es un caso aparte. Dentro de su amplia gama de colecciones sobresale una que mantiene, por lo general, gran seriedad en sus propuestas, en cambio otras veces, está bien lejos de la calidad necesaria para llegar más allá de las fronteras provinciales.
Un ejemplo de lo que planteo son dos títulos publicados en el 2005 dentro de la colección Tarot, destinada a jóvenes que hacen su primera entrega. Debajo de la cuerda, de Edilberto Montecé (Chaparra, Las Tunas, 1970) y Yerba negra, de Yordanis Alonso (Omaja, Las Tunas, 1980), son poéticas diferentes, que sólo coinciden en la brevedad de sus textos, algo contrastante cuando se publica por primera vez.
Quizás el hecho de vivir aislado del mundillo citadino, farandulero y tantas veces estresante de tertulias y eventos, hacen de Yerba negra un cuaderno sin más pretensiones que la de salir a flote desde el verso fragmentado y en ocasiones desprovisto de un lenguaje que deje al lector la posibilidad de meditar. En Yordanis falta ritmo, concentración. Al faltar esos elementos se puede caer en el artificio, la fabricación de poemas y no la creación ingeniosa, tan necesaria. “Isla sin mapa”, es un ejemplo:
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Me pierdo
en las ventanas
del horizonte,
isla sin mapa,
sexo de amapola
masticada por el fuego.
Yerba negra,
arcángel perdido.
Esta vez no voy.
Espejos.
Azules.
El encuentro con la imagen, la necesidad de crear un lenguaje donde el tropo se distinga, le impide a este joven poeta concretar con precisión lo que le interesa decir. No quiero decir la ausencia de una voz poética. En cada verso se nota una intención marcada. Sólo necesita controlar, dejar que el sujeto lírico se adentre en las aguas del texto. Creo que el autor de Yerba negra encontrará la senda, por ahora desconocida, cuando se aleje de los códigos cerrados. Necesita la síntesis, no el discurso mutilado de vida. Debe explorar aún otras formas de hilvanar sus ideas. Por lo demás, celebro la valentía de escribir y preguntarse en un rincón llamado Omaja, cuyo único consuelo es la presencia del poeta Adalberto Hechavarría Alonso, una de las voces más distinguibles de Las Tunas.
No es publicar. Es saber discernir en qué momento y por qué se hace. Pero no todo está perdido. Para el próximo libro Yordanis Alonso deberá buscar la forma de esgrimir con más precisión las armas a utilizar. De entre la variedad de poemas me quedo con el brevísimo “VIII”:
Todo transcurre
bajo las flores
o sobre las piedras.
Creo que este joven autor necesita otra oportunidad para demostrar cuánto se puede decir.
II
Si cuestionaba en mi primera intervención algunas zonas de uno de los escritores más jóvenes, que ha tenido la posibilidad -¬plan editorial mediante- de publicar sus primeras incursiones, ahora me adentraré en una propuesta un poco más elaborada. Se trata de un libro de iniciación, donde el autor entra en un cuestionamiento que muestra un poder de síntesis tal, que lo convierte, de por sí solo, en un poemario de concentración filosófica.
Debajo de la cuerda es una buena carta de presentación para Edilberto Montecé, por la infinidad de lecturas, el nivel de conceptualización en sus páginas y la forma de introducir los códigos sin caer en la frialdad. En “Fuga de ángeles” el poeta se detiene a meditar, lejos del enmascaramiento y la complejidad:
Aquí estoy.
Existo
Por la creación de una sombra.
A veces creo en el destino,
una vida sin adioses,
eterno regreso
a lo que pudo ser.
Añoranza en lugar de pérdidas.
Pasado, presente,
nada encuentro
a pesar del porvenir que huye.
Pertenecer a una de las más recientes promociones del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”, no limita en lo más mínimo el trabajo de llegar, mediante el verso, a crear en el lector infinidad de historias. No hay contaminación de la prosa, ni exceso de elocuencia. Más bien existe perfecta armonía entre el qué va a decir con el cómo lo va a decir.
Puede que Debajo de la cuerda no posea la intensidad de algunos otros libros, ni el desbordamiento que tiende a sorprender a quien precisa de ese caudal de ideas e imágenes. Puede que este sea un libro carente de vitalidad, digamos mejor, de estridencias. Eso puede catapultar a un libro mediocre a la cima de la popularidad. Pero este volumen se aleja con intención de las frivolidades y los ruidillos. Aquí se busca sencillamente comunicar lo que se vive y anhela. Nada más.
Parece difícil que Debajo de la cuerda, llegue más allá de Las Tunas. Pero de lo que sí estoy seguro es que Edilberto Montecé tiene el privilegio de comenzar en la literatura con un libro distinguible, y por sobre todo: iluminado.