Desde el temprano siglo XIX, por motivos disímiles y con diversos fines, prestigiosos intelectuales cubanos dedicaron su esfuerzo a traducir. En nuestra historia literaria, la traducción siempre ocupó lugar privilegiado; hoy sigue siendo eficaz medio para el contacto permanente de nuestra cultura con los mejores valores del arte y la literatura universal.
Escribir una historia de la traducción en Cuba requerirá una seria y profunda investigación, a cargo de un equipo multilingüe, capaz de unificar los estudios más o menos fragmentarios que ya existen sobre el tema y que están vinculados, casi todos, a la traducción desde alguna lengua en particular al español cubano. Al parecer, por el momento habrá que continuar acumulando esos estudios fragmentarios que algún día se juntarán en una especie de mosaico histórico.
Como un fragmento más para ese mosaico futuro, y sin desconocer núcleos de traducción como los que han existido o existen en la UNEAC, la Editorial de Arte y Literatura y otros, estos apuntes rinden homenaje al trabajo que ha realizado, en sus casi cuarenta años de existencia, el Departamento de Traducciones del Instituto Cubano del Libro.
Creado en 1967 para dotar de una dirección centralizada a las editoriales cubanas, el Instituto del Libro agrupó, en su Departamento de Traducciones, a un equipo de traductores de reconocida competencia, quienes realizarían versiones desde varios idiomas para cubrir las necesidades de las editoriales que formaban parte del ICL. El Departamento tuvo varias sedes y jefes, y en la actualidad se mantiene como Centro de Traducciones del ICL, ubicado en O’Reilly número 4, esquina a Tacón, y dirigido por Daniel Rey Díaz.
En sus primeros años, el Departamento era una pequeña Babel donde se traducía del inglés, el francés, el alemán, el italiano, el portugués, el ruso, el polaco y el checo, y tal vez de alguna otra lengua. Traductores de larga trayectoria en el oficio compartían su experiencia y sus conocimientos con los jóvenes que se iban sumando a un colectivo que en su época dorada llegó a reunir a más de 20 trabajadores, en una plantilla que tuvo el alto honor de contar entre sus miembros nada menos que a Virgilio Piñera. Con él coincidí poco tiempo (llegué al Departamento en 1977), y lo recuerdo como una persona callada, de ejemplar sencillez: ese “hombre distinguido” del que hablara en el poema “Isla”, escrito poco antes de su muerte.
Durante mucho tiempo, la traducción de literatura infantil fue uno de los grandes campos de actividad del Departamento: una ventajosa política de coediciones con editoriales de los países socialistas beneficiaba a la editorial Gente Nueva, y nuestras versiones de obras para niños y jóvenes cruzaban el Atlántico en cuartillas pautadas, mecanografiadas en viejas Underwood o Remington (la era digital aún estaba lejos), para regresar convertidas en coloridos libros, tantos, que es imposible recoger aquí una muestra, siquiera de los más significativos. Sirvan de ejemplo El calesín de Terioja, Las aventuras de Dennis y La buena dueñita, traducidos del ruso por Natalia Labzóvskaya, Mabel Santos y Marcia Gasca, respectivamente; del inglés, Cuentos del mar de ámbar, por Lidia Pedreira, y una versión para jóvenes de la Ilíada y la Odisea, por Daniel Rey; del polaco, Los tigrecitos, por Anna Gadomska Rodés; del checo, Los instrumentos musicales, por Amado Córdova; del alemán, El cumpleaños de Hoyitos, por Fernando Martínez, y Delia se va sola a casa, por Teresita Portuondo, así como Las perlas de la sirena verde, de Rainer Kirsch, y ¿Piensas ya en el amor?, de Heinrich Brückner, por Olga Sánchez Guevara. Publicado también por Gente Nueva, Cuentos y parábolas, de León Tolstói, en traducción de Natalia Labzóvskaya, mereció premio IBBY. La lista, aún incompleta, sería interminable.
La unificación alemana y el derrumbe del campo socialista trajeron consigo el final de las coediciones, y muchos libros bellos e importantes quedaron en un limbo de donde no ha sido posible rescatarlos: así ocurrió con Palomar en la pradera amarilla, novela para jóvenes vertida del ruso por Natalia Labzóvskaya, y con tres títulos del alemán: Fuga a las nubes, dramático testimonio de una madre sobre el suicidio de su hija; El pastor y las tres bellas diosas, un libro de arte para niños con reproducciones comentadas de pinturas de grandes maestros, y la excelente colección de cuentos fantásticos Encuentro en la luz, en traducciones de Fernando Martínez, Olga Sánchez Guevara y Francisco Díaz Solar, respectivamente.
Entre las obras traducidas en el Departamento y publicadas por las editoriales Científico-Técnica y Ciencias Sociales son dignas de especial mención El hombre y la mujer en la intimidad, del alemán, por Francisco Díaz Solar, y En defensa del amor, también del alemán, por Fernando Martínez; los Discursos de Malcolm X, y México insurgente, de John Reed, del inglés, por Lidia Pedreira; La segunda guerra mundial, del ruso, por Mabel Santos, y la biografía El general De Gaulle, del ruso y el francés, por Natalia Labzóvskaya.
Para la editorial de Arte y Literatura se tradujeron en el Departamento la Poesía vietnamita y Un loco en el tejado, de Aziz Nesin (del francés, por Virgilio Piñera); El guardián en el trigal, de J. D. Salinger (del inglés, por Roberto Blanco); Poesía palestina de combate y Chaka, de Thomas Mofolo (del francés, por Carmen Suárez León); El gran Meaulnes, de Alain Fournier (del francés, por Pedro de Arce); Poesía romántica inglesa (del inglés, por Heberto Padilla); El día de la lechuza (del italiano, por Giannina Bertarelli); La casa grande, de Mohammed Dib (del francés, por Mary Cruz García); En busca de Gatt, de Erik Neutsch (del alemán, por Francisco Díaz Solar); Cuentos japoneses (del inglés, por Lidia Pedreira); Escritos sobre arte y literatura, de Rosa Luxemburgo (del alemán, por Olga Sánchez Guevara), y Cuentos, de John Reed (del inglés, por Daniel Rey), por citar unos pocos títulos. Referencia aparte merecen la traducción de la gran epopeya rusa El cantar de las huestes de Igor, por Alfredo Caballero, y la que realizó Gustavo Gutiérrez de Yo, Claudio y Claudio, el dios, de Robert Graves, las cuales se debieron a la iniciativa de sus traductores y requirieron en ambos casos una labor de años.
Ya en fecha más reciente, la probada calidad de las traducciones realizadas en el Centro ha motivado que también editoriales extranjeras recurran a sus servicios. Valgan dos ejemplos: la editorial italiana Città del Sole Edizioni, de Reggio Calabria, publicó en 2000 Astillas del alma, antología poética de David Zoccolan, ganador absoluto del premio Nosside, en traducción de Marcia Gasca, y la Editorial Popular, de Madrid, publicó en 2003 La escuela de la fantasía, de Gianni Rodari, en traducción de Mabel Santos.
No menos importante que el de los traductores de plantilla ha sido el trabajo de los colaboradores de nuestra Babel: entre tantos se destacan Ángel Zuazo, traductor del polaco, y Rodolfo Alpízar, traductor del portugués, a quien por su permanencia casi podría contársele como un miembro más del Departamento. En la actualidad, parte de la labor del Centro de Traducciones del ICL, continuidad del antiguo Departamento, es realizada por colaboradores contratados para traducir de distintos idiomas al español y viceversa.
Para concluir, mi agradecimiento a los que fueron o son mis colegas en el Departamento (Centro) de Traducciones del ICL: a la doctora Carmen Suárez León (actualmente investigadora del Centro de Estudios Martianos), a quien debo la idea de escribir este artículo, así como importantes datos y sugerencias; y también a Daniel Rey Díaz, Natalia Labzóvskaya, Marcia Gasca, Francisco Díaz Solar, Lidia Pedreira, Amado Córdova y Mary Cruz García, quienes me dieron datos sobre su propia obra como traductores, y sobre la de los colegas que ya no están. En estas notas para el recuerdo he mencionado sólo a algunos; a otros, por razones de tiempo y espacio, no he podido nombrarlos. Pero todos han dejado su huella, a veces anónima, siempre útil y loable, en nuestro entorno editorial y literario.
La Habana, abril de 2006
