El hombre no puede fijar ningún comienzo para la poesía, es algo que lo acompaña desde siempre y para siempre, como nacimiento incesante, alentando en las entretelas de las complejas y al mismo tiempo sencillas analogías del universo. Puede, a su gusto y disfrute, fijar una de sus múltiples eclosiones inaugurales y así lo hizo Lezama para Cuba al detener su mirada en aquellos ramos de fuego que los marinos del Almirante observaron en el cielo cerca de nuestras islas; así lo hace también Vitier cuando invoca aquella respuesta indígena de que nuestra tierra era isla y al mismo tiempo infinita. Tampoco se puede terminar un poema, como nos enseña Paul Valery, solo podemos abandonarlo en un punto, dejarlo ahí y echarlo a navegar... Así es el juego ¿o el fuego? de la poesía.
Para Luis Rogelio Nogueras y Eliseo Diego se escriben estas pobres reflexiones, para aquellos dos poetas muertos que deben tener su propio club en el paraíso de la poesía, donde sostener pláticas sabrosas sobre todas las divertidas trampas cultas, enigmáticas y poéticas que iba tendiéndonos la poesía del uno o acerca de los abismos en cuyos bordes de pronto se detenía, dejándonos sin aliento, la poesía del otro. Pero yo quiero recordar una vez en que confluyeron sus sabidurías y nos ofrecieron, no ya la olímpica carcajada inextinguible sino la espléndida y humana sonrisa isleña atrapada en unos cuantos versos, amablemente iniciada por Nogueras y muy bien correspondida por Diego.
El número 114 de 1985, de la revista Cine Cubano, cuya jefatura de redacción ejercía Luis Rogelio Nogueras, es uno de los más notables de la colección, ya que además de celebrar los 25 años del nacimiento de la publicación, rendía tributo a Wichy Nogueras, acabado de morir en julio de ese mismo año. Un manojo de testimonios-despedidas debidos a amigos del poeta como es el caso de Nelson Herrera Ysla y Víctor Casaus, entre otros no menos entrañables, y a algunas mujeres, amigas o enamoradas, siempre avatares de "Blanca Luz" –Marilyn Bobes, Isis Armenteros, Milagros González-, quedarán allí transidos de belleza y de perplejidad ante la increíble, la inaceptable desaparición de Nogueras, con sus cuarenta años agravados por una especie de adolescencia crónica que lo convertían en algo así como las antípodas de la muerte.
Entre estos textos que realmente son como joyas, porque tienen la rara virtud de ser artículos luctuosos y conmovidos, escritos con contención, belleza y oficio, como si todos los autores hubieran sentido que a Luis Rogelio Nogueras era imposible dedicarle abandonos emocionales, muy justificados pero nada literarios, como ocurre a menudo en estos casos; entre esos textos, resplandece uno de Eliseo Diego, titulado “Una curiosidad literaria”. 1
Si lo que escribo ahora contemplara preocupaciones genológicas yo estaría ante un grave problema: ¿cómo clasificar este artículo? ¿Prosa periodística, narrativa, poesía, testimonio, crítica literaria, investigación? Gracias a Dios esto no es una tesis doctoral, así que ¡pásame la botella!, como dice Marlow en un cuento de Joseph Conrad. Y mejor entramos en el más puro reino de la patraña poética, sin duda presidido por la verdad. Eliseo retoma un texto de Nogueras y continúa las delirantes disquisiciones que conformaron unos años antes uno de sus heterónimos: “Nada”, atribuido a Yves Moor. Los comentarios y testimonios de Eliseo se remiten a la composición publicada en El último caso del inspector (1983), de Nogueras. Existe una íntima relación entre este libro de Wichy y Diego. Escrito en forma de antología, en la que el autor fabula coleccionar los poemas de un grupo de poetas de las más disímiles épocas y culturas, cada uno precedido por una nota que presenta al supuesto autor y todo el conjunto encabezado por una dedicatoria a “Blanca Luz” –ese personaje ideal que también creó Nogueras-, y por tres exergos, uno de ellos, de Eliseo Diego, que es un fragmento de un texto suyo en que explica la gestación de uno de sus libros:
Quisiera decir enseguida cómo sucedió que teniendo ganas de leerlo, y no hallándolo, así completo, por más que lo busqué, en muchos sitios diferentes, decidí por fin escribirlo yo mismo. Pareciéndome que habrá otras razones más graves para hacer un libro, pero ninguna más legítima.2
Con lo cual se legaliza también el acto poético por el que escribe esta antología inventada, que termina con un poema cuya nota da por sentado que Luis Rogelio Nogueras nunca existió. Legalización que alcanza de rebote otra vez al propio Diego para justificar el alucinante diálogo entre dos poetas acerca de un tercero inventado por Nogueras y supuestamente traducido, según él, por Diego...
En realidad, el poema “Nada”, atribuido a Yves Moor, aparece por primera vez en Imitación de la vida (1981), pero allí nada se dice del hipotético traductor del texto. Los conocedores de la poesía nogueriana sabemos que sus poemas pasan de uno a otro poemario, y que en el caso de los apócrifos o heterónimos, van conformándose desde su primer libro para convertirse en toda una sección en Imitación de la vida y luego en todo este libro escrito en forma de antología que es El último caso del inspector. Sucede que en este último los textos reunidos en forma de antología, supuestamente escritos en las más diversas lenguas, suponen otros tantos textos en su lengua materna, y Nogueras, en su posición asumida de antologador deberá señalar a los traductores. Por el libro desfilarán otras tantas y muy reales personalidades cubanas a las que se atribuyen las fantásticas traducciones. A Eliseo le toca la autoría de la traducción de “Nada”, el poema del niño prodigio norteamericano.
¿Qué hará Eliseo Diego ante la divertida provocación? Como buen poeta que es fabricará un original y una explicación para su protagonismo en la propuesta de Nogueras. Todo ello conformará este artículo-poema-fábula distraídamente titulado “Una curiosidad poética”, como para que nosotros pudiéramos preguntar ¿cuál curiosidad poética?, ¿la que narra o la que enmascara?
El texto de Diego funcionará imitando la estructura del heterónimo y para ello escribirá una presentación de las circunstancias fabuladas en que tradujo el poema, aportando toda una historia acomodada a su propia biografía y luego nos presenta el pretendido original en inglés. Con deliciosa festinación poética se pone a salvo de toda suspicacia por parte de un angloparlante, quien puede notar tal vez que está de algún modo forzada la escritura en inglés desde su español materno y nos dice que tengamos en cuenta que el autor es un niño y que “la traducción” –que es el original de Nogueras— es mejor, con lo cual asume una sorprendente e imposible vanidad de traductor. E incluye, para que el lector compare, el texto en inglés –original fabricado por Diego— y el poema de Nogueras –atribuido a Yves Moor, y cuya traducción se otorga a Diego.
Todo este conjunto conforma el artículo, mediante el cual Eliseo ha recogido el guante arrojado por Luis Rogelio y ha proseguido la fábula de este niño prodigio que escribió su primer libro de versos al año de nacido y que luego de realizar varias obras eruditas, murió a los diez años. El complejo de alusiones construido por estos textos solo puede disfrutarse leyéndolos. Pero ilustremos un ejemplo: tal vez movilizado por el sonido del apellido de Yves Moor, Nogueras apunta que “La crítica ha señalado en más de una ocasión el notable parentesco que existe entre los primeros poemas de Yves Moor y ciertas baladas populares irlandesas”. Con ello nos remite asociativamente a Thomas Moore, cuyas Melodías irlandesas –fueron traducidas por Mendive en el siglo XIX. Eliseo, a su vez, describirá de esta manera su relación con el asunto:
Sucede que en una de sus visitas a mi casa, mencionó el caso de este infante casi increíble, y sucede que por un azar no menos increíble ya tenía yo noticias, digamos que directas, no sólo de Yves, sino de toda su familia. En uno de mis desdichados viajes a los Estados Unidos, allá por los años 50, conocí a la hermana menor de Yves, la joven –hablo de aquellos años– Lenore Moor.
Era una muchacha de aspecto frágil, cabellos color de lino, y rasgos delicados, si bien de carácter enérgico y opiniones muy firmes sobre el universo entero. En realidad, su único defecto real era el que Nogueras atribuye a la joven Blanca Luz –“hermosa criatura” a la que dedica su libro. 3
Con este fragmento vuelve a tenderse un puente con El último caso del inspector, cuya dedicatoria reza: “Dedico este libro singular al recuerdo imborrable de Blanca Luz, frágil y hermosa criatura cuyo único defecto fue no haber existido nunca.” Y el nombre de “Lenore”, por su parte, apunta hacia un poema homónimo de Edgar Alan Poe y a toda su corte de mujeres fantasmales. Cada palabra añade así una nueva asociación posible, activa un registro de significación que amplía vertiginosamente el campo semántico, iluminando una zona y otra y otra... Es algo así como una irradiación transtextual, que va movilizando diversos textos procedentes de culturas diferentes, poniendo a prueba la capacidad del lector para descubrirlos.
El poema de Luis Rogelio Nogueras bajo la máscara de Yves Moor no puede separarse de su nota ficticia, ya que la invención literaria del autor es parte inseparable del texto poético; el artículo de Eliseo Diego es poemático también, como todo lo que escribió, e incluye la composición de su amigo, más su traducción, enmascarada de original del heterónimo nogueriano. En la lectura de todas esas piezas literarias entrelazadas consiste el juego. Pero como botón de muestra, podemos leer el poema y su traducción y cada quien que construya, como quería Nogueras, frente a su Lógica, su propia Fantástica:
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NOTHING, by Yves Moor (1922-1933)
Nothing I own |
NOTAS
1 Cine Cubano (La Habana) 25 (114) : 13-16 ; 1985.
2 Diego, Eliseo. “ Prólogo”. En su: Por los extraños pueblos, 1958.
3 Ob. cit., p. 13.