Debo comenzar pidiendo disculpas a los colaboradores de Upsalón y de El Cuentero que nos acompañan. Algunas coincidencias entre una y otra publicación, y señales recibidas desde ese magma que llamamos el contexto, me llevarán por un camino distinto del que seguiría el dedo que baja o sube lentamente por el índice de una revista. Omitiré casi todos los nombres, no recomendaré ni elogiaré un texto en particular (aunque mencionaré, de ésta o de aquélla, alguno que otro) y pido que ninguno se sienta excluido ni sospeche que lo pasé por alto (aunque hay trabajos sobre los que mi vista se deslizó en veloces diagonales).
Algunos días atrás conversaba con Omar Pérez, quien había terminado de cumplir sus labores como jurado del Premio de poesía de La Gaceta de Cuba, sobre la pobreza de lo presentado a ese concurso. Excluyendo los cuadernos premiados o mencionados, Omar percibía una falta de intensidad, de riesgo, de ambición de conocimiento, que, a su juicio, se extiende a casi toda la poesía que se está publicando hoy en nuestro país. No hablamos de corrección, de oficio, de experimentación formal, sino de una entidad más inasible, más interna o entrañable. Estuve de acuerdo con él, y le dije que, según mi criterio, esa percepción podía aplicarse también al cuento. En El Cuentero, entrevistado por Rogelio Riverón, Alberto Garrido declara que cuando lee a algunos escritores actuales tiene la impresión de que “han salido de un mismo molde, de una fabriquita ilegal de escritores instantáneos”. Aquello que Omar Pérez y yo tratábamos de definir, de definirnos, en una conversación mojada con sucesivos rones que no hicieron sino añadir más palabras, más inexactitudes, está mejor dicho por Norge Espinosa en el ensayo que abre esta Upsalón: “Para los poetas que entraron de golpe en el mundo cultural cubano de los años 80, la confianza en sí mismos y en la poesía como una expresión plausible de lo vivido y (sobre todo) lo por vivir, era una fe rotunda a la que entregar todos los esfuerzos”. Ese asunto de fe, como titula Norge su descarga apocalíptica, era quizás lo que Omar y yo echábamos en falta, lo que Garrido extraña del grupo de cuentistas a que perteneció más o menos por las mismas fechas: inicios de los 80. Aunque el texto de Norge se refiere, en lo esencial, a su generación, la visión que ofrece de lo que se escribe hoy en la Isla no es nada halagüeña: “la miseria de la poesía cubana”, dice, tajante.
Pero recibiría aún una cuarta señal que, ya sin dudarlo más, me obligó a tomar este camino para enlazar las dos publicaciones. Terminada la lectura de Upsalón, llegó a mi bandeja de entrada un extraño mensaje: desde Tenerife, Gustavo Sabás del Pino envía un artículo, tirado como botella al mar, con la solicitud de que sea incluido en cualquier revista, como respuesta a la diatriba que Ernesto Pérez Chang, en Cubaliteraria, dedicó a lo que llamamos, comúnmente, El Taller del Chino, es decir, el Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Sabás del Pino me devolvía al El Cuentero, y me hacía abrir esos artículos en Cubaliteraria a los cuales antes pasé por alto. Lo curioso que me resultó, en la primera, rápida lectura, no fueron las divergencias entre ambos, sino la coincidencia. Porque, al final de su defensa de Heras y su vocación pedagógica, Sabás reconoce que un solo argumento le parece digno de mención en Pérez Chang: aquel que “habla de la existencia de una homogeneidad – quiroguense, hemingwayana – en los textos de los jóvenes escritores”.
Estoy en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. La mayoría de los colaboradores de Upsalón y El Cuentero rondan la edad de Gustavo Sabás del Pino. Quiero decir: estoy en el sitio donde una pregunta como ¿qué pasa en la literatura cubana?, o incluso, ¿qué pasa en la literatura? debe ser la incitación de cada día, y aspiro a encontrarme ante personas que, por la edad, supongo irreverentes, iconoclastas, con una ambición aún no desgastada por los trabajos y los días. Esa ambición, esos deberes asumidos cuando se escoge el ejercicio de la literatura y el arte, deben conducir a respuestas complejas, poliédricas: a la medida de la misma inconformidad con que se lee a los contemporáneos.
Norge Espinosa en su ensayo cita una molestia semejante de Osvaldo Sánchez, un poeta ya apenas recordado, que dejó una estela de sagacidad y audacia en su breve paso por las letras cubanas: “La poesía de los 80 no ha logrado aún colocar el problema del hombre cotidiano a un nivel filosófico, es decir, elevándose más allá del rasante fenoménico de la actividad ética –la conducta y su enjuiciamiento– para profundizar acerca del debate del hombre sobre sí mismo, su esencia y su posibilidad. La intención es opinante, pero falla en intelectualización.”. Bien leído, lo que Osvaldo detectaba como incapacidad de la poesía a fines de los 80, y Norge hace extensivo hasta nuestros días, es un resultado, no una causa. Y si algo me molesta tanto en el ensayo de Norge como en la entrevista a Garrido y, sobre todo, en la polémica en torno al Taller del Chino, es la simplicidad con que se piensan las causas. ¿Puede la hegemonía de un taller literario devastar la cuentística de un país? La falta de fe, ¿impide la aparición de grandes escritores? ¿El vivir en país extraño castra al creador?¿Y Emile Cioran, para resolver ambas preguntas en un sólo ejemplo a mano en las páginas de Upsalón? La sistematicidad y omnipresencia del discurso oficial, ¿puede modelar una literatura única, a imagen y semejanza de su propio tedio? La precariedad material, ¿empobrece necesariamente el espíritu? La pereza crítica, ¿se prolonga en la literatura? A todas estas preguntas podríamos responder negativamente, pero tal vez algunas de ellas, mezcladas, confundidas, sirvan para comenzar a explicarnos estas dudas que, como he intentado demostrarles, parecen estar en el ambiente.
Hace unos tres años publicamos en La Gaceta de Cuba un texto de Rufo Caballero, “Agua bendita”, que daba cuenta de cierta desustanciación en las artes plásticas. Lo he recordado ahora, al leer a Norge. ¿Hay enlaces entre una manifestación y otra? ¿Tendrán que ver con ese “criticismo de superficie” a que el mismo Rufo se refiere en “La ofrenda”? Nuestro pensamiento, ¿no es muy parcelado y también provincial? ¿Ocurrirá algo semejante en Colombia, en Argentina, en México, en España? ¿Podemos relacionar nuestra cultura, fluidamente, con lo que ocurre en otros ámbitos de este planeta?
Obviamente, no tengo respuestas, pero traer ante ustedes este manojo de preguntas me provoca un placer mayor que el de hallar algo que pueda exhibir como verdad, ya sea como mi verdad. Y si estas interrogaciones proceden de la lectura de dos revistas recién nacidas, apenas en pañales, el placer es absoluto. Soy, como muchos ustedes saben, un revistero viejo: casi la mitad de mi vida la he pasado entre revistas y creo en ese espacio privilegiado que crean en una cultura como la cubana, hecha secularmente a la presencia de publicaciones periódicas. Hace algún tiempo, ante ciertas acusaciones recibidas en La Gaceta, colocamos en la puerta estas palabras de Pedro Henríquez Ureña: “Ninguna obra intelectual es producto exclusivamente individual, ni tampoco social: es obra de un pequeño grupo que vive en alta tensión intelectual.”. Los números que he leído de El Cuentero y Upsalón son, sin duda, dignos de elogio. Sin embargo, aprecio una diferencia entre ambas revistas que no quiero dejar de mencionar. La primera es nacida de una voluntad institucional; la segunda aparece debido a la acumulación de esa “alta tensión” a que se refiere Henríquez Ureña. Las dos maneras son legítimas, pero me gustaría que El Cuentero situara también a su base a un “pequeño grupo” generador, en el que la heterogeneidad que hoy se aprecia en la publicación gane en intensidad al ser alimentada por un discurso de intenciones más concentradas.
Voy a terminar con otra anécdota. A fines de los 80, cuando la beligerancia de los jóvenes artistas desbordaba la estabilidad institucional, a un amigo que casi me doblaba la edad le preguntaron qué creía de lo que pensaban los jóvenes. Respondió que él pensaba igual que los jóvenes. La diferencia, explicó, estaba en la expresión: los jóvenes decían lo que pensaban; a él los años le habían puesto un buey sobre la lengua. Upsalón es una revista de aquellos que aún dicen lo que piensan. Otra publicación quizás rechazaría, incluso con buenas razones, alguno de los trabajos que se incluyen en ella, o hubiese solicitado moderación a sus autores. Me parece bien que esos textos estén en Upsalón, y que sean provocadores. Por eso agradezco a quienes me invitaron a decir estas palabras que me permiten contaminarme con su irreverencia. Me acerco a ustedes con la ilusión de que revistas como éstas me ayuden a espantar ese buey que los años hacen avanzar, fatalmente, hacia mi lengua.