En el invierno del 2004, durante una conversación telefónica con el escritor Félix Sánchez, supe que su novela Zugzwang acababa de obtener el Premio UNEAC de ese año. Meses después, cuando nos encontramos en Ciego de Ávila, ciudad donde reside, Félix tuvo la generosidad de leerme un fragmento que me familiarizó con la historia y los personajes. Suelo dudar de las lecturas en voz alta: al final el texto que leo en silencio es otro. No obstante, aquel primer contacto con Zugzwang despertó mi interés y me mantuvo al acecho de su publicación hasta la más reciente feria del libro, en que pude adquirirla.
Tuve, eso sí, cierto recelo con el título al principio. Temía que el término zugzwang fuera desconocido para la mayoría de los lectores, de la misma manera que lo había sido para mí. En los diccionarios corrientes no aparece, como es de suponer, y la primera referencia a él en la novela tiene lugar en la página 102. Ahí, por fin, uno de los personajes nos aclara que se trata de una palabra de origen alemán y que se utiliza en el ajedrez para calificar una situación “en que debes jugar, es tu turno, pero ninguna jugada es buena. Solo te queda no hacer la peor y confiar tu futuro a un error del contrario”. Con el tiempo he ido perdiendo ese recelo hacia el término de marras: he comprobado que está mucho más difundido de lo que yo imaginaba.
Zugzwang (Ediciones Unión, 2005) comienza con la descripción de una vista nocturna del Golden Gate, el puente metálico que une ambas riberas de la bahía de San Francisco. Los puentes, “como símbolo universal de los cruces y las fugas” así los considera el narrador-personaje serán uno de los principales motivos del libro, asociados a las fronteras, esas “líneas divisorias” ubicuas, fatales, que nos confinan en mundos distantes entre sí aunque a veces ocupen un mismo espacio físico. La novela cuenta la historia de un hombre, viudo y padre de dos hijos exiliados, que se prepara a cruzar al otro lado de “la línea” para escapar del desasosiego que le causa vivir a ambos lados a la vez; sin embargo, deberá enfrentar la oposición del fantasma de su mujer, quien se aferra rabiosamente a su pasado. ¿De qué línea se habla? ¿Cuál es el otro lado? ¿El otro lado del Estrecho? Atravesar una frontera, experiencia ecuménica que en las postrimerías del siglo XX y los albores del XXI han tratado hasta la saciedad los escritores y los noticiarios de todo el mundo, como anécdota, aún contextualizada en nuestro cosmos insular, nada novedoso parecería aportar a estas alturas. Aquí, sin embargo, se narra la tentativa de cruzar una frontera, invisible pero cierta, y la historia es en sí misma original, al menos en lo referente al corpus narrativo cubano. Este es uno de los aspectos que agradezco en la novela.
El cruce al otro lado se realiza a través de un ritual riguroso en que la nueva realidad es asimilada paulatinamente, por ósmosis, mediante la aspiración de los olores de esos ambientes limpios e iluminados que empiezan a aparecer en la ciudad, de la relación con los que ya se encuentran instalados detrás de la frontera, del contacto con los objetos que habitan el otro territorio. Se trata de un desplazamiento interior y de una transfiguración del espacio privado que harán desaparecer como por acto de pura magia la vieja y lóbrega realidad.
La realidad exterior funciona, a primera vista, como el espacio donde se inscriben los contextos existenciales de los personajes y en el que el referente histórico busca solo dotarlos de una biografía. Sin embargo, en esta historia, aparentemente circunscrita al ámbito íntimo, subyace una de las grandes obsesiones del autor: la Historia. El conflicto entre el protagonista y el espectro de Leonor, su mujer, encarna una lucha entre dos mundos opuestos, alegoría quizás del drama cotidiano de una nación que se debate entre el fantasma de una utopía que se busca resucitar a toda costa y el nuevo rostro de una realidad de signo opuesto que pretende imponerse. Leonor, patriota ferviente, nieta de ilustres mambises, cuadro de la Federación, se niega a ver lo que sucede a su alrededor e intenta frustrar el proyecto de su marido marchando día y noche por toda la casa con su uniforme de miliciana y sus medallas. Quiere, a fuerza de marchas, ceremonias solemnes, imágenes de episodios heroicos y fechas patrias, imponer su verdad, que es la de una utopía aferrada a sus símbolos y ajena a la vida real.
El autor ha sabido expresar la confrontación mediante un peculiar simbolismo: medallas, banderas, diplomas, por un lado; por otro, una parafernalia de productos del mercado en divisa con sus precios incluidos, el Ford Fairlane de 1957, el bungalow; entre ambos, los símbolos de la cubanidad. Sin embargo, no se propone aquí una nueva utopía a través de lo cubano como en el cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo, de Senel Paz, o en la novela de Abel Prieto El vuelo del gato, por solo citar dos ejemplos. Lo que prepara el protagonista es una auténtica fuga, una fuga en solitario que no deja lugar para la esperanza fuera de su salvación personal, así se lleve de recuerdo la imagen del tocororo en pleno vuelo o de la palma real. Porque para él no hay salida, no existe jugada correcta posible en ese juego que intenta abandonar.
A propósito de los símbolos, habría que hablar también de cierta intención paródica, manifiesta a través de una especie de saturación de esos elementos y de la apelación a estereotipos. La imagen de Leonor marchando con sus medallas o la del protagonista queriendo retratarse junto a la bandera flameante, la palma y el tocororo mueven a risa.
No quiero develar aquí todas las claves de mi lectura para no echar por tierra otro de los aciertos de Zugzwang: la de saber mantener la curiosidad del lector hasta la última página. Félix muestra en este sentido una habilidad especial, maneja con eficacia la técnica del dato escondido: dosifica muy bien la información, omite elementos que activan la imaginación y nos obligan a llenar los espacios en blanco. Pero a este astuto narrador no le basta con ello, quiere también descarriarnos con métodos tramposos: pone pistas falsas, introduce súbitas mudas, apela a toda clase de triquiñuelas. Es en fin una concepción de la literatura como juego; un juego de apariencias, de espejismos y brumas que seducen y mantienen vivo el interés del lector obligándolo a participar en la construcción de los sentidos del texto. Por lo tanto quien quiera adentrarse en las páginas del libro deberá deponer toda actitud pasiva y jugar como lo hace un ajedrecista: desconfiando de toda pieza movida por el adversario, tratando de adivinar sus intenciones.